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25 de Xaneiro de 2021 Toro Hardy

Estados Unidos: Racionalidad e instinto

En las siete décadas comprendidas entre 1861 y 1932 los Demócratas sólo lograron colocar dos inquilinos en la Casa Blanca, constituyendo un partido claramente minoritario. Durante ese tiempo, la base fundamental de los Demócratas estuvo conformada por la población blanca del Sur. Ello hizo de este un partido abocado a mantener a raya a la población negra en los antiguos estados que habían conformado la Confederación. El triunfo de Franklin Roosevelt en 1932 habría de representar un punto de inflexión y despegue para dicha agrupación política.

Impulsado al poder por la depresión económica, la llegada de Roosevelt determinará un relanzamiento del partido, transformándolo en fuerza política predominante por varias décadas. Su “New Deal” desencadenaría una dinámica de ambiciosas políticas progresistas en materia económica y social. Ello atraería al seno de este partido a las masas obreras del Norte y a los sectores minoritarios del país, incluyendo a parcelas importantes de la población negra que hasta ese momento había sido un coto cautivo Republicano. Aunque dichas políticas traerían no pocos problemas en relación a los blancos del Sur, base tradicional del partido, estos no desertarán de sus filas. Los Demócratas se transformaban así en una potente aunque muy disímil coalición.

Una coalición sometida a inmensas contradicciones, tal como lo evidenció el propio gobierno de Roosevelt. A objeto de obtener el apoyo de los poderosos congresantes Demócratas del Sur para su agenda, este se vió obligado a garantizarles la inamovilidad de la correlación de fuerzas en su parte del país. Ello implicaba dejar intactas las políticas segregacionistas que allí imperaban. A partir del sucesor de Roosevelt, Harry Truman, esta situación comenzo a cambiar y el partido Demócrata daría sus primeros pasos a favor de los derechos civiles de la población negra. 

La política de los derechos civiles conceptualizada por Kennedy e instrumentada por Johnson a la muerte de aquel, consolidará a los Demócratas en esta dirección. Ello haría que los “Dixicratas”, nombre dado a los Demócratas del Sur, se sintiesen fuera de lugar en el partido que antaño habían dominado. De manera paralela, la candidatura presidencial Republicana de Barry Goldwatter en 1964 les representará la oportunidad de volcarse hacia esa tolda. La misma se sustentaba en la deconfianza hacia el gobierno federal y en la pomoción de los derechos de los gobiernos estadales y locales. En otras palabras, mientras el fuerte gobierno federal propulsado por los Demócratas atacaba el segregacionismo que ellos mantenían en el Sur, los Republicanos apuntaban a fortalecer la autonomía que ellos persegían. A partir de ese momento, los blancos de Sur emigraron en masa a las filas Republicanas. 

El paso del Sur blanco al partido Republicano resultó paralelo a la pérdida de presencia e influencia de quienes tradicionalmente habían controlado a dicho partido: los conservadores moderados del Noreste. Crecientemente marginados en un partido que se volcaba cada vez más hacia la derecha, estos perdieron aún más asidero con la llegada en avalancha de los antiguos Demócratas del Sur. 

Una migración política en sentido contrario comenzó así a tener lugar, con los moderados Republicanos del Nordeste moviéndose hacia las filas Demócratas. De tal manera, los Republicanos pasaron a conformar su nueva columna vertebral en el Sur y en los espacios rurales el Medio Oeste. En ambos casos, se trataba de poblaciones blancas signadas por un cristianismo militante y por valores conservadores que penetraban los resquicios más profundos de la sociedad. 

Curiosamente, los relajados californianos se unieron por un tiempo a la columna vertebral anterior en una coalición de conveniencia. La misma, conocida como el “cinturón del sol”,  giró en torno al rechazo común a un gobierno federal fuerte. Llegados los noventa, sin embargo, los californianos se sintieron cada vez más fuera de en medio del estilo y los valores propios del Sur y del Medio Oeste. Con la partida de aquellos, los Republicanos pasaron a consolidar su condición de partido “blanco”, de “tierra adentro”, de fuertes tonos religiosos y volcado hacia la nostalgia de un país más homogeneo.

Trump logró hacer una contribución importante a esta base Republicana al atraer a ella a los obreros blancos del llamado “Cinturón del Herrumbre”. Desplazados por la globalización, ellos aportaron sus propios tonos nostálgicos en relación al pasado y a la homogeneidad racial perdida. Ello ha contribuido a reiterar la uniformidad racial y cultural del partido, haciendo de este un movimiento sustentado en la identidad. 

Por contraposición, los Demócratas representan hoy una variada coalición de razas, identidades y culturas. En tanto tal, las políticas constituyen los medios naturales para mantener la cohesión en medio de la diversidad. Así las cosas, mientras la racionalidad da sentido existencial a los Demócratas, es el instinto de preservación de su identidad el que mueve a los Republicanos. 

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