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IGADI 11 de Xaneiro de 2016 Toro Hardy

Estados Unidos y el fin de su matriz petrolera

La Unión Europea se encuentra involucrada hasta la médula en materia de energía renovable. Dos iniciativas dan cuenta de ello. La primera es la llamada Tercera Revolución Industrial, endorsada por su Parlamento en 2007 e implementada por varias agencias de la Comisión Europea así como por los 27 estados que la integran. El segundo es el del Cluster (racimo) de Investigación Europea sobre el Internet de las Cosas, cuerpo creado por la Comisión Europea. En ambos casos el objetivo es desarrollar infraestructuras para el siglo XXI sustentadas en la Internet. Sin embargo, mientras en el primero el énfasis es puesto en la creación de una red de energía renovable, en el segundo el componente energético formaría parte de una red mayor y más ambiciosa que persigue integrar y controlar al conjunto de sus actividades económicas por intermedio de la Internet.

            La Tercera Revolución Industrial, la más relevante en términos energéticos, se sustenta en varios pilares. El primero busca convertir a los inmuebles de Europa en mini centrales generadoras de electricidad, lo cual se lograría dotándolos de paneles solares, máquinas para convertir la basura en energía o cualquier otro mecanismo apto para producir energía renovable. El segundo buscaría dotarlos de métodos adecuados para conservar esa energía, contrarrestando así los altibajos en su capacidad de generación (ejemplo, la noche o la falta de sol en el caso de los paneles solares). El tercero se sustentaría en redes trasmisoras de energía eléctrica bidireccionales que replicarían a las redes de Internet. Así los inmuebles podrían recibir electricidad, en caso de que su capacidad generadora o de almacenaje resultase insuficiente, de la misma manera en podrían transmitir sus excedentes de electricidad a un centro receptor. Este último se ocuparía de redirigirlos a quien los necesitase. Los vehículos eléctricos, de su parte, nutrirían sus baterías en los propios estacionamientos de los edificios.    

            Alemania va a la vanguardia de la Unión Europea en la persecución de este de paraíso de la energía verde representado por esta iniciativa. Hasta el presente ha convertido a un millón de edificios en pequeñas plantas de generación de energía renovable, mientras trabaja en el desarrollo y puesta en práctica de mecanismos de almacenamiento de esa energía por vía del hidrógeno. A la vez está ensayando las redes de “Energía-Internet” en seis regiones del país.

            Ahora bien, así como Alemania va a la cabeza de Europa, Europa va a la cabeza del mundo en sus planes de impulsar una economía sustentada en la energía verde. China y Japón, en sus propios términos, hacen también esfuerzos muy importantes en el campo de la energía renovable. La gran pregunta, entonces, es que hace Estados Unidos. La respuesta a la misma la da Jeremy Rifkin, mayor especialista mundial en estudios prospectivos y artífice de la Tercera Revolución Industrial. De acuerdo a sus palabras: “En esta materia Estados Unidos no está en nada. Las compañías energéticas llevan la voz cantante y ellas han convencido al país que es independiente energéticamente y de que el cambio climático es una falacia. Así las cosas, sigue atado a los combustibles del siglo XX” (Todd R. Miller, “The Arquitect of Germany’s Third Industrial Revolution: an Interview with Jeremy Rifkin”, Huffpost Business, May 12, 2015).

            Las palabras de Rifkin no tomaban en consideración sin embargo una variable importante. Estados Unidos cuenta en la actualidad con el Presidente más ambientalista de su historia. De acuerdo a Daniel Yergin: “Más que ningún otro Presidente, Obama ha buscado darle el sector de la energía una orientación renovable. En efecto, ha elevado las apuestas de la energía renovable al nivel de destino nacional: ‘La nación que dirija al mundo en la creación de estas fuentes de energía’ ha señalado ‘será la nación que conduzca la economía global del siglo XXI’” (The Quest, London, 2012).

            Sin embargo la revolución del esquisto, sinónimo de independencia energética estadounidense y motor de crecimiento de su economía, ancló fuertemente a ese país en la matriz de la energía fósil. Ello, más que ninguna otra consideración, neutralizó los esfuerzos de Obama hacia la energía renovable. ¿Para que pensar en esta última, en efecto, cuando el país podía estar produciendo 14 millones de barriles diarios de petróleo en 2020? 

            Esta realidad, sin embargo, cambió en el momento en que Arabia Saudita lanzó un ataque preventivo destinado a cortar de raíz la rentabilidad del petróleo de lutita. Al abrir el chorro de su petróleo al máximo, sabiendo que ello generaría una estrepitosa caída en los precios, Riad buscó acabar con la revolución del esquisto. No era desde luego tarea fácil dada la alta flexibilidad de la industria del esquisto, donde es fácil salirse cuando la rentabilidad baja y reentrar cuando sube. El problema, sin embargo, es que a nadie le interesa ser picado dos veces por un alacrán. ¿Quién querrá a volver a invertir en una industria que puede desmoronarse cada vez que un exportador excedentario de petróleo decida aumentar al tope su producción? A todo efecto práctico el petróleo de lutita fue herido en el corazón.

            Ahora bien sacar de escena al petróleo de lutita significa romper el anclaje de Estados Unidos con la matriz energética petrolera y dar alas a Obama en su cruzada por la energía renovable. No en balde el papel protagónico de Washington en la reciente Cumbre del Cambio Climático en París. Mientras la economía estadounidense respaldase a la matriz petrolera, ésta difícilmente se vería desplazada. A la inversa, sus días de ésta contados. Máxime cuando el salto tecnológico en materia energética y la voluntad mayoritaria de la comunidad internacional apuntan en la misma dirección.

            Con su acción Riad logrará que el grueso de sus reservas petroleras se quede bajo tierra y con ello, de paso, la de buena parte de sus socios de la OPEP.

 

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