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IGADI 4 de Xullo de 2016 Toro Hardy

Estados Unidos y Europa frente al debate equivocado


            En su columna del New York Times de la semana pasada, David Brooks señalaba que la verdadera significación de la candidatura de Trump consistía en haber cambiado por completo la naturaleza del debate político en Estados Unidos. Según planteaba en los últimos ochenta años este había girado en torno a la dicotomía más Estado o menos Estado. Mientras los Demócratas propugnaban lo primero, los Republicanos encarnaban lo segundo. Trump logró reconfigurar los términos del debate, conduciéndolo hacia una nueva dicotomía: apertura versus cerrazón.  Es decir, apertura al mundo y a una sociedad globalizada o, alternativamente, fin del libre comercio, rígidas barreras frente a la inmigración, disminución de los compromisos internacionales y desconfianza frente a lo extranjero. De acuerdo a Brooks, poco importa si Trump gana o pierde la elección, en la medida en que la semilla de su propuesta germinó y habrá de determinar las características del forcejeo político estadounidense en los años por venir.


            El planteamiento anterior tiene como telón de fondo el referéndum británico para permanecer o no dentro de la Unión Europea. También allí el debate se planteó en términos de apertura versus cerrazón, habiendo ganado lo segundo. Es claro que el Brexit desbordó su naturaleza puntual para convertirse en una reacción contra las élites cosmopolitas y su visión de un mundo globalizado. En esencia fue una confrontación entre la pequeña aldea y su añoranza por un claro de sentido de pertenencia y de protección frente a los sobresaltos de un mundo en continua transformación y la aldea global, decidida a derribar barreras y a propiciar un entorno mundial cabalmente integrado.

Sanders y Trump: el denominador común

            El porqué de esta reacción contra la incertidumbre, traída por la  globalización, es fácilmente comprensible cuando se escuchan las cifras dadas por Bernie Sanders. Estas fueron plasmadas por él en un artículo publicado el pasado 28 de junio en el New York Times.  Entre lo allí señalado se encuentra lo siguiente. Las 62 personas más adineradas de este planeta poseen una riqueza igual a la de los tres mil seiscientos millones de personas que conforman la mitad de debajo de la población mundial. El 1% más próspero supera en riqueza al 99% remanente de la humanidad. En los últimos quince años sesenta mil fábricas cerraron en Estados Unidos, mientras 4,8 millones de empleos manufactureros bien pagados desaparecieron del mapa en ese país. Mientras 47 millones de estadounidenses se sitúan por debajo de la línea de la pobreza, los sectores de menor educación en el país han visto reducir su expectativa de vida con respecto a las generaciones precedentes, sucumbiendo crecientemente ante la desesperación, los opioides y el alcohol. Entre tanto el 58% de todos los ingresos generados en el país van a tener a los bolsillos del 1% más rico.

            Ahora bien, tanto Sanders como la izquierda europea centran sus críticas en la naturaleza económica y en los efectos sociales de la globalización. Trump y la ultraderecha europea, por el contrario, van mucho más lejos. La lista de sus villanos desborda a las empresas que externalizan sus empleos para incluir también a los inmigrantes y a todo lo que desde el exterior amenaza con desconfigurar su identidad raigal. Sin embargo tanto los que persiguen una cerrazón limitada como los que buscan un cierre de compuertas amplio y extensivo parecieran estar dando la batalla equivocada. O mejor dicho estarían dando una pelea desfasada. En efecto, la verdadera amenaza en estos momentos no se sitúa en el exterior de sus fronteras sino al interior de éstas.

Entre genios y lámparas

            El mayor riesgo al empleo doméstico en los países ricos no se encuentra en la mano de obra barata del exterior, ni tampoco en los inmigrantes dispuestos a hacer el mismo trabajo por un menor salario. El peligro real proviene de la automatización de las labores productivas dentro de sus propias  economías. Tal como lo señalaron Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, en un célebre reporte de la Universidad de Oxford aparecido en septiembre de 2013, en poco más de una década la mitad de los puestos de trabajo en Estados pueden desaparecer como resultado de la tecnología digital. Situación ésta que tenderá a reproducirse en el conjunto del mundo desarrollado.

           La automatización fue la respuesta de los países de mayor costo productivo para hacer frente a la competencia de mano de obra barata proveniente del exterior, que ellos mismos estimularon. El debate que debería estarse dando en estos momentos en las sociedades del mundo desarrollado no es por tanto el de apertura versus cerrazón, sino el de cuanta tecnología supresora de empleos están dispuestos a aceptar. Para lo primero el debate es ya extemporáneo. Nadie puede devolver el genio de la globalización a la lámpara. Sin embargo por el camino que se va es probable que lo sea también cuando se quiera reaccionar frente al genio de la tecnología.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais