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IGADI 15 de Xullo de 2014 Toro Hardy

Estados Unidos y su nuevo desafío al sentido común

Cuando Bush invadió a Irak en respuesta al 11 de Septiembre lo hizo en franco desafío al sentido común. No solo lanzaba una operación militar en gran escala en contra de un reconocido enemigo de Al Qaeda sino que gratuitamente se adentraba en la fractura tectónica entre los mundos chiita y sunita. Más allá de los inconmensurables costos humanos y materiales causados por dicha aventura, se crearon las condiciones para amplificar exponencialmente los riesgos del terrorismo islámico. No solo se abrió la caja de Pandora del sectarismo religioso, sino que sus prisiones, sus violaciones a los derechos humanos y sus excesos militares en Irak se convirtieron en la mayor forma de promoción al extremismo. Al invadir a un país que no era ni arte ni parte en su conflicto con Al Qaeda, Washington desató a los mil demonios.

            Como herencia directa de aquella acción Estados Unidos debe vérselas de nuevo con los demonios. Tal como señalan los académicos Bernard Haykel y Cole Bunzel de la Universidad de Princeton, de acuerdo al pensamiento político islámico un Califato se diferencia de un Estado-Nación en el hecho de que no está sujeto a fronteras. La suya es una entidad cuyo objetivo es expandir sus dominios, y por tanto los de su fe, por vía de la guerra religiosa (“A New Caliphate?”, Project Syndicate, 10 julio, 2014). En otras palabras, el objetivo del Califato creado por Al Baghdadi, en territorios tomados a Irak y Siria, es expandirse sobre sus espacios circundantes tanto como la fuerza de sus armas se lo permita. Ello coloca a Arabia Saudita a Jordania y eventualmente al Líbano dentro de su espacio de proyección natural. El primero de dichos países comparte 800 kilómetros de frontera con Irak mientras el segundo tiene 180 kilómetros de fronteras comunes con aquel. Más aún los territorios controlados por Al Baghdadi en Irak colindan ya con ambos.   

            Salvo que Estados Unidos quisiera hacer sus maletas y desentenderse de la suerte del Medio Oriente es obvio que debe responder de alguna manera al problema planteado. Ello sin embargo no le resulta fácil en momentos en que su opinión pública y su clase política no se muestran dispuestas a colocar botas estadounidenses sobre el terreno. Leslie Gelb, reconocido experto en política exterior estadounidense y Presidente Emérito del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York, hacía gala de gran realismo político al proponer una alianza con Irán y con Bashar al-Assad de Siria, como única forma de enfrentar el reto planteado (“Iraq must not come apart”, International New York Times, 2 julio, 2014).  Según su planteamiento ambos regímenes coinciden con Washington en la urgencia de detener al monstruo que emerge antes de que se consolide, de la misma manera en que Assad dista mucho de representar una amenaza  en contra de sus intereses del calibre de la de Al Baghdadi.

            Todo parece indicar, sin embargo, que Estados Unidos está dispuesto a desafiar una vez más al sentido común y a dirigir sus baterías en contra del enemigo equivocado. La reciente decisión de Obama de solicitar 500 millones de dólares para apoyar a los rebeldes que combaten a Assad en Siria así lo demuestra. Ello obligaría a este último a combatir a quien no debe y distraería recursos del frente iraquí donde está el aquí y ahora del problema.

 

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