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OPCh 7 de Xuño de 2014 Ríos

Fuego cruzado en Shangri-La

En sus tiempos de secretaria de Estado, Hillary Clinton dio por buena la expresión crítica y abierta de las discrepancias con China, sugiriendo a todos acostumbrarse a una “normalidad” basada no solo en la exaltación de las coincidencias y el disimulo de las divergencias. A diferencia de Washington, China siempre ha optado por mostrarse comedida y reactiva, llegando incluso a convertir en rituales los comunicados de desaprobación en asuntos tan sensibles como las ventas de armas a Taiwán o las recepciones al Dalai Lama. Todo ello pasaba a formar parte de un modus vivendi aparentemente aceptado por ambas partes. Pero de un tiempo a esta parte, nadie parece tener pelos en la lengua.

En el Diálogo de Shangri-La, recientemente celebrado en Singapur, el jefe del Pentágono Chuck Hagel acusó a China de “desestabilizadora” por su proceder en las disputas marítimas en su entorno próximo. Hagel destacó, entre otros, que EEUU no reconoce la Zona de Identificación y Defensa Aérea aprobada por China en noviembre último, mientras se deshacía en elogios a Taiwan por su disposición al diálogo (acuerdo pesquero con Japón y otro en ciernes con Filipinas).

Por parte china, tanto el general Wang Guangzhong como la diplomática Fu Ying, no rehuyeron el debate, denunciando las “declaraciones provocadoras” de Hagel, su “lenguaje hegemónico y palabras intimidatorias” que solo sirven para “avivar la inestabilidad y promover los enfrentamientos”.

¿Debemos entender todo ello como un “enriquecimiento” de aquella normalidad aludida por la secretaria Clinton o por el contrario nos invita a pensar en las considerables dificultades que enfrenta la construcción de una relación de nuevo tipo según el formato promovido por Obama y Xi Jinping? ¿Están China y EEUU abocadas a reproducir una guerra fría?

La secuencia de gestos y acciones de ambas partes dibujan un escenario en que la confrontación parece ganar terreno (graves –e irónicas- acusaciones en materia de ciberseguridad por parte de la justicia estadounidense, informe sobre las capacidades militares chinas, etc, etc). En Shangri-La, EEUU se comprometió a continuar vendiendo armas y a prestar apoyo militar a los aliados y socios con quienes pretende construir una arquitectura regional de seguridad visiblemente enfrentada a China. El eje de esta apuesta, el llamado “reequilibrio estratégico”, descansa en la consolidación de la alianza EEUU-Japón y la irradiación de su influencia en el Sudeste asiático. El gobierno de Abe, con el argumento de la “amenaza china”, consigue a cambio el aval de EEUU para modificar su Constitución y convertirse en un país “normal” alterando el legado de la segunda guerra mundial, desairando más que nunca la sensibilidad de los países agredidos en su día. En caso de conflicto abierto, ante la improbable implicación directa  del Pentágono en una hipotética guerra contra China, vendría quizás el siguiente paso: librarse de la tutela americana. Entonces, la “normalidad” sería completa.

Desde la formulación de la estrategia Pivot to Asia por parte de la Casa Blanca, las tensiones entre EEUU y China van en aumento. Beijing acusa a Washington de “perturbador” y explica este desarrollo de los acontecimientos por el temor a la pérdida de la hegemonía. Nada fuera de lo previsible por más que se disfrace de “neutralidad” o de defensa de la “libertad de navegación” por quien ni siquiera ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Mar.

China, de igual forma que opera en otras partes del mundo para contornar los muros que EEUU o la UE pretenden imponer a su irrefrenable emergencia, basa la pugna por la influencia no en la promoción de alianzas militares sino en el fomento del comercio, las inversiones, los acuerdos de integración o los corredores económicos. En 2013,  contribuyó a más del 50% del crecimiento de Asia y en gran medida, los países de la región dependen económicamente de ella. Ese es el tono de la apuesta tradicional de Beijing y, sin menoscabo de sus mejoras en el orden de la defensa, aun a gran distancia de EEUU, no debiera apartarse de él. Así parece acreditarse cuando incluso con Japón (con una caída del 46,8% de sus inversiones en China en los cuatro primeros meses del año) procura deslindar la tensión política y estratégica de las relaciones económicas y comerciales.

El complemento bosquejado en la reciente cumbre de la CICA en Shanghai y el nuevo concepto de seguridad para la región tienen potencial suficiente para una negociación amplia que derive en la plasmación de un marco más cooperativo y sostenible, aunque faltan piezas importantes.

La partida es decisiva y tanto la determinación de EEUU de plantar cara a China como la de ésta de no ceder ante las presiones propias y de sus aliados, especialmente Japón, augura una intensificación de la rivalidad estratégica en un contexto global de recomposición de gran alcance.

EEUU reitera, por activa y por pasiva, que su política no está orientada a contener a China pero sus acciones apuntan a lo contrario, con el riesgo añadido de que el aumento del distanciamiento limita las respectivas capacidades de autocontrol. Para China es de vital importancia fortalecer la vitalidad de su diplomacia y legitimar la solvencia de propuestas como el código de conducta adoptado en Camboya en 2002. Los problemas planteados no son fáciles de resolver y probablemente ninguna de las partes tenga toda la razón de su lado. La torpeza de Occidente a la hora de favorecer la profundización de la alianza sino-rusa debiera tenerla en cuenta igualmente al ponderar aquellas medidas que pueden inclinar a ciertos países a cerrar filas frente a ella, desoyendo el llamado a asiatizar su seguridad y librarse de la tutela estadounidense en la región.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais