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Revista ZETA (Venezuela) 31 de Outubro de 2013 Mansilla Blanco

Geopolítica del Bósforo

El proyecto Marmaray supone la punta de lanza turca para impulsar sus pretensiones de alzarse como potencia emergente global

El recientemente inaugurado proyecto Marmaray de construcción de un canal marítimo bajo el estrecho del Bósforo, supone la piedra de lanza de una serie de proyectos de infraestructuras impulsados por Turquía para ampliar un canal de integración entre Asia y Europa, el cual consolide a Estambul como un centro neurálgico y geopolítico internacional. En perspectiva, esta serie de proyectos de infraestructuras buscan consolidar a Turquía como un polo emergente de desarrollo, visión en la que el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan asienta sus principales ambiciones políticas.

Inaugurado el pasado 29 de octubre, coincidiendo con el 90º aniversario de la fundación de la República de Turquía, el proyecto Marmaray de concreción de un canal interoceánico a través del estrecho del Bósforo y el Mar de Mármara, con la pretensión de servir de puente de unión entre Asia y Europa, culmina un ambicioso sueño que se remonta a tiempos del Imperio otomano, cuando en 1860 el entonces sultán Abdulmecit I propuso la creación de un túnel en el Bósforo.

El proyecto Marmaray tiene más de 13 kilómetros y medio de largo, con unos 1.400 metros bajo el agua, y un coste total de 3.300 millones de euros. Construido por una empresa japonesa, este proyecto permitirá cruzar el estrecho diariamente a un millón y medio de pasajeros, consolidando así a Estambul como la principal ciudad turca y una megalópolis de quince millones de habitantes.

La inauguración del proyecto Marmaray coincidía igualmente con otro acontecimiento histórico: el 560º aniversario de la toma de Constantinopla por parte de los turcos otomanos, ocurrido el 29 de mayo de 1453. Este hecho histórico significó la caída del imperio bizantino y la asunción imperial otomana, lo cual propició el cambio de nombre de Constantinopla a la actual Estambul.

La megalópolis Estambul

La perspectiva histórica de este proyecto consolida una visión impulsada por el actual primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, de consolidar a Estambul como una “megaciudad” de alcance global y un centro neurálgico de la geopolítica internacional, recuperando ese carácter estratégico para la antigua capital otomana, hoy en día el verdadero centro político, económico, cultural y turístico de Turquía.

De este modo, el Marmaray supone una serie de proyectos de infraestructura de carácter faraónico, que se completarán con la ampliación de un tercer puente sobre el Bósforo y un segundo puente para el tráfico de vehículos, cuya inauguración se prevé para 2015. El futuro tercer puente que atravesará el Estrecho del Bósforo tendrá 59 metros de ancho –será el puente colgante más ancho del mundo- y una longitud de 1.275 metros, y unirá la orilla europea y asiática de Estambul desde la localidad de Garipçe hasta el barrio de Poyrazköy, conectando además la Autopista del Mármara con la Autopista Trans-Europea (TEM).

Para 2015 se piensa igualmente inaugurar un tercer aeropuerto para Estambul, cuya perspectiva es consolidarlo como el aeropuerto con mayor capacidad a nivel mundial, con una capacidad para 150 millones de pasajeros.

El cenit de estos proyectos de infraestructuras que unirán por el Bósforo a Asia con Europa será la construcción de un canal artificial por el lado europeo de Estambul, el cual conectará al Mar Negro con el Mar de Mármara, y cuya finalidad será la de agilizar y aliviar el tráfico marítimo por el Bósforo. Este proyecto se prevé inaugurar en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación de la República turca.

Los “sueños imperiales” de Erdogan

Estos proyectos son la piedra angular en las que Erdogan y su partido, el islamista moderado Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco), en el poder desde 2002, intentan modernizar el desarrollo de Turquía, bajo la visión estratégica de consolidarla como una potencia global emergente en el nuevo mapamundi del poder del siglo XXI.

El objetivo estratégico de Erdogan y del AKP es convertir a Estambul en una auténtica megalópolis de carácter global, un centro multicultural modernizado en extremo, que consolide esa visión histórica que siempre observó a Estambul como heredera de la antigua Constantinopla y de las civilizaciones griega, romana, bizantina y otomana, aderezada ahora como una ciudad moderna, cosmopolita, liberal y multicultural.

Pero estos proyectos faraónicos impulsados a partir de esta semana con la inauguración del canal interoceánico Marmaray parecen concretar igualmente una serie de proyectos políticos personalizados para Erdogan y el AKP, destinados a consolidarse como los verdaderos impulsores de la modernización y del resurgir del poderío turco.

Para ello, Erdogan espera impulsar una serie de reformas políticas y constitucionales que le permitan permanecer en el poder hasta 2023, consolidando así a su figura y al AKP como el verdadero poder hegemónico en Turquía, cuyas secuelas serán la transformación y modernización del país como un polo emergente a nivel global. Tres momentos clave para medir estas pretensiones de Erdogan serán las elecciones municipales de marzo de 2014, las presidenciales de agosto de 2014 y las legislativas y generales de junio de 2015.

No obstante, diversos sectores opositores a Erdogan y el AKP critican el tamiz político de estos proyectos faraónicos. En este sentido, llueven las críticas que consideran a Erdogan como un líder autoritario con objetivos incluso mesiánicos, ansioso de concentrar todo tipo de poderes como si de un sultán otomano se tratase. Para otros, el objetivo de Erdogan es pasar a la historia turca como un líder modernizador, equiparándose con el verdadero “padre de la patria turca”, el creador de la actual República turca, Mustafá Kemal Atatürk.

El problema es que las reacciones sociales para Erdogan ya comenzaron en 2013, con las inéditas protestas ciudadanas en la plaza Taksim, fuertemente reprimidas por las fuerzas policiales. Estas protestas emanaron tras la ampliación de un proyecto arquitectónico de Erdogan y de los sectores empresariales y comerciales ligados al AKP, de construir un centro comercial de amplia magnitud en una plaza característica por su floreciente vegetación.

Si bien en el fondo estas protestas de la plaza Taksim tuvieron un trasfondo político contra el presunto autoritarismo de Erdogan, las mismas pueden reproducirse en Estambul toda vez los proyectos arquitectónicos sigan su curso. Por tomar un ejemplo, la construcción del “mega-aeropuerto” supondrá la tala de más de 600.000 árboles, según informa el propio Ministerio de Medio Ambiente.

Por tanto, la intensificación de las protestas de los sectores ecologistas, que resultaron clave en las protestas de la plaza Taksim, puede significar un punto de inflexión para los críticos de la gestión de Erdogan, a pesar de que el proyecto Marmaray goza de popularidad y aceptación social.  En este sentido, en las últimas semanas, la capital turca Ankara se ha visto sacudida por una serie de protestas por la construcción de una carretera que atraviesa una zona boscosa de un campus universitario.

Todos estos proyectos correspondían igualmente a la consolidación de otras ambiciones turcas, tales como la finalmente fallida designación de Estambul como sede de los Juegos Olímpicos 2020, finalmente adjudicado a Tokio.

Una geopolítica “autónoma”

Independientemente de los proyectos faraónicos de Erdogan y del AKP, en el centro de la atención está la potenciación de Estambul (y por ende de Turquía) como un centro neurálgico de la geopolítica global del siglo XXI.

En este sentido, la Turquía de Erdogan busca impulsar una especie de política autónoma que desplace el centro tectónico del poder global de Occidente a Oriente, mudando la visión estratégica de Atatürk de modernizar a Turquía a través de su “occidentalización”. Esa visión de “occidentalización” ya estuvo presente en diversas elites otomanas desde mediados del siglo XIX, observando con atención la potenciación de proyectos de infraestructuras como mecanismo de desarrollo, donde el Bósforo juega el papel clave.

Por tanto, la atención estratégica hacia la ampliación de canales de comunicación a través del estrecho del Bósforo y del Mar de Mármara corresponde a esa longeva pretensión turca de convertir a Estambul como paso comercial e incluso energético desde Rusia y Asia hasta Europa. De allí el giro geopolítico otorgado por Erdogan de observar a Rusia y China como aliados estratégicos (no sin menores roces), un cambio relevante tomando en cuenta que Turquía es un pilar geopolítico para la OTAN y, por consiguiente, para el “atlantismo” de EEUU y Europa.

A pesar de que Turquía sigue estableciendo sus marcos de cooperación con Occidente, como se ve en la guerra que vive Siria desde 2011, esta pretensión “autonomista” de Erdogan le llevó a concretar un acuerdo con China sobre el despliegue de sistemas de defensa aérea, un giro que causó inquietud para la OTAN con bases en territorio turco.

Paralelamente, Erdogan y el AKP se han visto envueltos en duros pulsos de poder interno con los sectores laicos y, especialmente, con el poderoso estamento militar turco, cuyas prerrogativas de poder se han visto política y legalmente obstaculizadas con la reforma constitucional aprobada por referendo popular en 2010.

No obstante, Erdogan juega diversas piezas clave. Detrás de sus proyectos de infraestructura están los intereses de fuertes sectores empresariales y económicos “islamistas” que tienen un fuerte peso político dentro del AKP. Estos sectores, provenientes de la península de Anatolia, han hecho de Estambul su centro neurálgico de poder desde que en 2002, Erdogan y el AKP ocupan la jefatura de gobierno y del Estado.

Al mismo tiempo, estos proyectos buscan “contentar” a una serie de poderes empresariales “fácticos”, muchos de ellos ligados a sectores políticos laicos e incluso a la poderosa industria militar, y que siempre habían observado con recelo a Erdogan, en especial ante su supuesta agenda oculta para presuntamente “islamizar” a Turquía. En el fondo, estos proyectos arquitectónicos y de infraestructuras descifran un trasvase de poder entre diversas elites instaladas en el seno del Estado y la sociedad turca, y que han visto en la liberalización económica de Erdogan una oportunidad para consolidar su poder.

En esta vorágine de pulsos y contrapesos, Erdogan juega sus cartas para convertirse en el “modernizador” de la Turquía del siglo XXI. Pero las protestas de Taksim revelaron que una nueva cultura política y ciudadana está surgiendo en Turquía, cuyos efectos pueden revertir los sueños “faraónicos” de Erdogan. El proyecto Marmaray no es sino la punta de lanza de una serie de acontecimientos que muy seguramente transformarán el mapa geopolítico de Turquía y del estratégico espacio euroasiático, donde Estambul ansía imponer su ritmo y peso.

             

 

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