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8 de Febreiro de 2021 Toro Hardy

Inteligencia Artificial y control político

En su obra 21 Lecciones para el Siglo XXI, Yuval Noah Harari señala que a finales del siglo XX las democracias superaban a los regímenes autoritarios pues resultaban más eficientes en el procesamiento de la información. La democracia, refería, distribuye el poder para procesar la información y la toma de decisiones entre múltiples centros, involucrando por tanto a diversas instituciones. Los gobiernos autoritarios, por el contrario, concentran la información y el poder en un punto único. Dada la tecnología del siglo XX, concentrar demasiada información y poder en un solo punto resultaba manifiestamente contraproducente pues no existía la capacidad para procesar tanta información. Ello, inevitablemente, afectaba el proceso de toma de decisiones y multiplicaba el margen de error.

Esto, según Harari, propició el rezago de la Unión Soviética frente a Estados Unidos y jugó un papel importante en su colapso final. Las cosas sin embargo han cambiado y, tal como nos indica, el péndulo estaría moviéndose en dirección contraria. Con la aparición de la Inteligencia Artificial es ya posible procesar cantidades enormes de información de manera centralizada. Más aún, dicha tecnología hace que los sistemas centralizados se vuelvan mucho más eficientes que los difusos en el procesamiento de datos. Así las cosas,  concluye, la principal desventaja de los regímenes autoritarios del siglo XX va camino a convertirse en su ventaja decisiva en el siglo XXI.

Según se infiere de lo anterior, lo que fue una gran ventaja comparativa de los estadounidenses en relación a los soviéticos, podría ahora convertirse en una manifiesta ventaja de China frente a Estados Unidos. El capitalismo político estadounidense, donde al igual que en el capitalismo económico son numerosos los agentes que intervienen en el procesamiento de la información y la toma de decisiones, podría ahora volverse una rémora. Por el contrario, la concentración del poder y de la toma de decisiones en China podría transformarse en uno de sus mayores activos.

Desmenucemos el planteamiento anterior para comprenderlo mejor. La Inteligencia Artificial se identifica con algoritmos susceptibles de replicar la capacidad de decisión humana, a través del aprendizaje resultante del procesamiento de datos. Ello, por extensión, implica que a mayor cantidad de datos procesados mayor capacidad de aprendizaje y, por ende, mejores niveles de toma de decisiones. Desde luego, a diferencia de los humanos, los ordenadores no sólo están en capacidad de trabajar 24 horas al día, siete días a la semana, sino de procesar y analizar volúmenes masivos de información.

Ahora bien, tanto en Estados Unidos como en China los agentes primarios encargados de recabar, procesar y analizar la información son compañías privadas y no los gobiernos mismos. Los siete gigantes de la Inteligencia Artificial en nuestros días son Google, Facebook, Amazon, Microsoft, Baidu, Alibaba y Tencent. Las cuatro primeras de dicha empresas pertenecen a Estados Unidos y las tres restantes a China. La diferencia fundamental entre ellas es que mientras las estadounidenses se precian de preservar su autonomía frente a las autoridades de su país, y de trazar una clara línea divisoria frente a estas, en China se da una relación simbiótica entre dichas empresas y el gobierno central.

En Estados Unidos la información amasada por dichas empresas se entiende como un producto comercial destinado a enriquecer a sus accionistas. Cualquier interferencia gubernamental es no sólo no deseada sino abiertamente rechazada. A la vez, la preocupación principal de las autoridades estadounidenses consiste en evitar el abuso de una posición de dominio por parte de dichas compañías, buscando proteger el derecho a la privacidad de los usuarios. También en China el objetivo primario de dichas empresas es de naturaleza comercial. Sin embargo, entre éstas y el gobierno central existe una puerta giratoria, mediante la cual toda la información de la que disponen dichas empresas es puesta al servicio de las autoridades. Más aún, el gobierno central es promotor activo de la vulneración de la privacidad de los usuarios, como una fuente invalorable de control sobre sus ciudadanos.

La diferencia en su aproximación a las autoridades por parte de las empresas de ambos países tiene sus causas. En Estados Unidos éstas se labraron su espacio por sí mismas, ante una política de manos libres en ese campo por parte del gobierno. A ello se une la cultura anti gobierno propia de Sillicon Valley. En China, por el contrario, la búsqueda acelerada de primacía tecnológica por parte del Partido Comunista, llevó a brindar todo tipo de apoyos y subvenciones a las empresas de este sector. Pero más allá de esta estrecha cercanía, existe un andamiaje legal que las obliga a pasar al gobierno toda la información obtenida. 

Las diferencias, sin embargo, no terminan allí. El Partido Comunista chino no sólo dispone de acceso privilegiado a toda la información recabada por el sector privado, sino de la capacidad para concentrar e instrumentar la misma en un punto único. En Estados Unidos, la información no sólo fluye con extrema dificultad hacia sus autoridades, sino que éstas se encuentran representadas por centros difusos, sometidos a rivalidades interinstitucionales.

A no dudarlo, China dispone de una ventaja inconmensurable en este campo.
 

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