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IGADI 12 de Outubro de 2013 Toro Hardy

La absurda mentalidad colonial

Durante siglos el sistema internacional se ha regido por principios que remontan su origen al Tratado de Westfalia.  Celebrado en 1648, al concluir la Guerra de los Treinta Años, el mismo sentó las bases del Estado moderno a partir de dos nociones básicas: la exclusividad de un territorio y la exclusión de actores externos en el manejo de los asuntos internos. Las dos nociones anteriores conllevaron de manera natural a una tercera: la igualdad jurídica entre los estados.

       El sistema internacional surgido de Westfalia ha sido, a lo largo de la historia, más un “deber ser” que una realidad. El colonialismo representó sin duda la fractura más evidente de sus principios. En virtud de concepciones tales como la “misión civilizadora”, el “peso del hombre blanco” e incluso “el destino manifiesto”, las grandes potencias occidentales desconocieron el derecho a la existencia independiente de Estados considerados como “no suficientemente civilizados”.

 Paul Leroy-Beaulieu, el más connotado tratadista de la colonización francesa del siglo XIX, señalaba en su texto clásico La colonización entre los Pueblos Modernos, que el mundo podía ser dividido en cuatro grupos: los estados miembros de la civilización occidental; los Estados que se dirigían en esa misma dirección (principalmente Japón); los estados inestables con grados civilizatorios cuestionables y las “tribus bárbaras y salvajes”. De los cuatro grupos anteriores, los dos últimos podían ser objeto de colonización por parte de las naciones occidentales. Para esa misma época, en Inglaterra, John Stuart Mill trazaba una distinción entre la no intervención en los asuntos de los países civilizados y el derecho a la intervención en los “países bárbaros”.

       La mayor parte de la América Ibérica independiente, considerada como insuficientemente civilizada por las grandes potencias occidentales, pudo librarse de las garras colonizadoras europeas gracias a la Doctrina Monroe. La presencia disuasiva del emergente gigante norteamericano, sirvió de importante muro de contención frente a los apetitos europeos. No en balde, bastó la entrada de los Estados Unidos en su Guerra Civil para que Francia se lanzara a la conquista de México.

      Sin embargo, la Doctrina Monroe no solo resultó insuficiente para contener los apetitos europeos sino que, en sí misma, era una noción imperial que definía un coto cautivo a partir de la condición “incipientemente civilizada” de nuestros países. Venezuela, como tantos otros países de América Latina, debió sufrir las consecuencias de ello. Desde la pérdida de gran parte de la Guayana hasta el bloqueo de 1903, pasando por la imposibilidad de estar presentes en el Laudo Arbitral de París de 1898 y en los Protocolos de Washington de 1903 (en los que se decidieron en su detrimento aspectos vitales de su integridad territorial y económica), Venezuela pudo atestiguar en carne propia las terribles hipocresías del sistema de Westfalia.

      El mundo en desarrollo con Asia a la cabeza está demostrando hoy lo absurdo de tales ideas. Se estima que en 2040 el PIB combinado de China e India representara el 52% del PIB mundial. Cuando ello ocurra se reestablecerá la situación que prevalecía en 1820 cuando el PIB conjunto de esos dos países era de 48.9% (T.N. Srinivasan, "Growth, Sustainability and India's Economic Reform", Oxford, Oxford University Press, 2011). Asi las cosas, el predominio occidental no ha resultado mas que un momento artificial en la historia humana. Durante 1.800 de los últimos 2.000 anos, China e India han resultado las economías líderes y en fecha no lejana volverán a serlo de nuevo. Todo ello en medio de culturas ancestrales que anteceden a la occidental.

         La mentalidad colonial occidental no fue más que el sueño acalorado de un momento efímero de gloria.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais