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17 de Febreiro de 2020 Toro Hardy

La agonía del espacio gris

La clasificación tradicional del mundo político en izquierda y derecha se remonta a la Revolución Francesa. La misma era resultado del lugar que ocupaban las bancadas de los radicales y de los moderados dentro de la Asamblea Nacional. El termino cuajó y perseveró en el tiempo por su facilidad descriptiva. Por lo demás, la lógica bipolar en tiempos de la Guerra Fría resultó ideal para dar sustento a esta distinción. El comunismo se identificaba claramente con la izquierda y quien lo antagonizaba lo hacía básicamente desde la derecha.

Tras la caída del Muro de Berlín esta distinción paso a perder todo significado. De hecho, durante los estertores del comunismo en la Unión Soviética, el viejo aparato comunista y quienes lo sustentaban pasaron a ser catalogados como la derecha, mientras que quienes propugnaban un vuelco hacia Occidente y hacia el capitalismo fueron identificados como la izquierda. De igual manera, las mayores críticas al libre comercio -paradigma de derecha durante la Guerra Fría- pasaron a identificarse con figuras de extrema derecha como Ross Perot, Pat Buchanan o Jean Marie Le Pen. De hecho, ello guardaba consistencia con las ideas de un pensador liberal muy anterior como Isahia Berlin, para quien el liberalismo económico es de izquierda por oposición al poder del Estado que es de derecha. En síntesis, los términos derecha e izquierda parecieron perder toda consistencia descriptiva.

Uno de los más reputados intelectuales italianos del siglo XX, Norberto Bobbio, asumió a mediados de los noventa la tarea de interpretar estos dos términos clásicos a la luz de realidades fluctuantes como las referidas. Su obra Derecha e Izquierda  llegó a batir todos los records de tiraje en Europa. El problema de dicho libro es que después de adentrarse en ciento cincuenta y tres páginas de alta erudición política, el lector terminaba tan confundido había comenzado. Lo más que se aproximaba Bobbio a definir donde se situaba cada uno de estos conceptos es cuando señalaba que la libertad podía ser indistintamente de izquierda o de derecha, mientras que la igualdad, en tanto ideal, pertenecía claramente a la izquierda No obstante, aunque las reflexiones de Bobbio no despejasen las dudas, sus reflexiones resultaban esclarecedoras.
         
Entre los párrafos más significativos de aquel libro se encontraba el siguiente: “En un universo político cada vez más complejo como es el de las grandes sociedades, y en particular las grandes sociedades democráticas, la separación demasiado nítida, la visión dicotómica de la política, resulta insuficiente… En un universo plural como lo es el de las grandes sociedades democráticas, donde las partidas en juego son numerosas y en las que se producen convergencias y divergencias que hacen factible las combinaciones más variadas, no resulta ya posible hablar en términos de antítesis: o derecha o izquierda, lo que no es derecha es izquierda y viceversa… La distinción entre una derecha y una izquierda no excluye la representación de una línea continua sobre la cual, entre la izquierda inicial y la derecha final existan posiciones intermedias ocupando el amplio espacio entre los dos extremos. Nada extraño tiene que entre el blanco y el negro aparezca el gris” (Droit et Gauche, París, Editions du Seuil, 1995, pp. 45 y 46).
         
Lo que Bobbio planteaba allí es que el amplio espacio gris constituía la característica dominante del mundo de la política y de las ideas. E, indudablemente, ese era el caso a finales del siglo XX, en medio de una sociedad fluida y cambiante en el que los paradigmas perdían sustento. Como bien lo señalaba Bobbio en su libro: “El espíritu analítico no debe olvidar que la realidad es siempre más rica que las tipologías abstractas” (p. 26). De hecho, en un mundo político dominado por social demócratas y demócrata cristianos o Republicanos y Demócratas, que tendían a moverse y a encontrar convergencias dentro del amplio espacio gris, resultaba difícil pensar en distinciones nítidas entre izquierda y derecha.
         
Ese mundo, sin embargo, está en vías de extinción. En nuestros días, la derecha se mueve cada vez más hacia la extrema derecha y la izquierda hacia la izquierda radical. Entre ambos extremos tiende a instalarse una polarización que no busca ni admite compromisos. Entre Corbyn y Boris Johnson, Podemos y Vox, Sanders y Trump, no hay colaboración que valga. Los populismos desatados de distinto signo se tocan en los extremos, no en el centro. Ambos se respetan más entre si de lo que respetan a los moderados, de la misma manera en que el fascismo y el comunismo se respetaban más entre si de lo que respetaban a las democracias liberales. Ello no significa, sin embargo, que busquen o puedan encontrarse en el espacio gris. El signo distintivo de nuestro tiempo es precisamente la agonía del espacio gris. La incapacidad de encontrar convergencias en el centro del espectro político.
         

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais