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OPCh 12 de Outubro de 2015 Toro Hardy

La Asociación Transpacífica y el duelo Washington-Pekín

La semana pasada se firmó en Atlanta el acta constitutiva de la Asociación Transpacífica. Se trata del mayor acuerdo regional de comercio e inversiones de la historia y del principal acuerdo en materia comercial desde la Ronda Uruguay del GATT en 1994. El mismo engloba a 12 naciones; 800 millones de seres humanos; 42,7 billones (millón de millones) de dólares de PIB combinados y 40% de la producción global. Sin embargo, a pesar de su amplio alcance, dicha asociación no es más que la vertiente económica de un propósito estadounidense mucho más ambicioso, cuyo objetivo es contener el emerger de China, manteniendo a raya su proyección geopolítica y económica en dicha región del mundo.

Fue así que en 2011 Washington retomó una iniciativa mucho más modesta del año 2005, adelantada por Brunei, Chile, Singapur y Nueva Zelandia, con miras a relanzarla como gran muro de contención económica frente a China. Este último país, desde luego, no está cruzado de brazos. De hecho si bien en esta ocasión el gol lo metió Washington, el gol anterior lo había metido Pekín. La firma constitutiva del Banco de Inversiones de Infraestructuras Asiático en junio del 2015 representó, en efecto, un momento de triunfo para China. En esa ocasión 57 países, incluyendo allí a varios de los aliados más cercanos de Estados Unidos, decidieron contravenir la oposición de esta última nación para seguir a los chinos en esta iniciativa. Así las cosas, ambos rivales se encuentran inmersos en un duelo por la primacía en Asia y el Pacífico.

Desde luego, este último logro de Washington sube fuertemente su puntaje en el marcador y coloca a Pekín en una posición defensiva.  Competidores regionales como Vietnam podrán beneficiarse del libre acceso al mercado estadounidense, a expensas de hacer menos competitivas a las exportaciones chinas hacia ese, su mayor mercado. Ello sin contar con que el juego se libra actualmente de su lado de la cancha. Pekín, sin embargo, reacomoda a su equipo para llevar la pelota a la portería contraria. Para ello está brindando un fuerte liderazgo a dos grandes proyectos. El primero es la Asociación Económica Regional Integral (“Regional Comprehensive Economic Partnership”). El segundo es la llamada Iniciativa del Cinturón y el Camino (“Belt and Road Iniciative”).

La Asociación constituye un acuerdo de libre comercio que abarcaría a 16 economías asiáticas con una población combinada de 3,4 millardos de personas, lo que haría de ella la mayor plataforma de integración económica regional del mundo. Siete de los actuales miembros de la Asociación Transpacífica, incluyendo allí a Japón, estarían llamados a ser miembros fundadores de esta iniciativa, de la cual también formaría parte la India. El “Cinturón y el Camino”, de su lado, es otro megaproyecto que contempla revivir los trayectos terrestres y marítimos de la antigua Ruta de la Seda. Esta última conectó comercialmente a China con Europa y África a partir del siglo I A.C., entrando en decadencia a partir del siglo XV. Tal iniciativa buscaría integrar mediante comercio e infraestructuras a los tres continentes que se beneficiaron de aquella ruta inmemorial, dando origen a un área económica cohesionada.

Tanto China como Estados Unidos evidencian, sin embargo, contradicciones en sus respectivos propósitos. En el caso del primero sus objetivos económicos van a contracorriente de sus ambiciosas y a ratos expansivas estrategias geopolíticas, generando suspicacias y aprehensiones entre muchos de los que estarían llamados a ser sus socios económicos. Washington, de su lado, busca cobrar y darse el vuelto a través de la Asociación Transpacífica. Mientras con una mano persigue ganarse corazones para cerrarle el paso a China, con la otra establece condiciones claramente ventajistas para sus multinacionales que colocan contra las cuerdas a sus socios. El propio Financial Times, paradigma de libre mercado, criticaba esto último en uno de sus editoriales. Luego de destacar el objetivo de contención a China perseguido por Estados Unidos, señalaba: “Washington tiene que ser cuidadoso. Un pacto comercial como el que empuja Estados Unidos, que impone cambios intrusivos y generalizados a las regulaciones nacionales (de sus socios), no constituye la vía más adecuada para ganarse afectos” (“TPP trade deal reinforces ties between US and Asia”, 7 October 2015).

Tanto en un caso como en el otro las contradicciones son expresión de las complejidades domésticas. El Partido Comunista Chino no puede prescindir del nacionalismo como fuente de legitimidad política, de la misma manera en que Obama no puede dejar de privilegiar a sus multinacionales si quiere que el Congreso de su país apruebe el Tratado. Para este último, sin embargo, ni siquiera este mensaje, claramente dirigido a la bancada Republicana, pareciera estarle garantizando la aprobación legislativa requerida.

 De más está decir que si el Congreso no aprobase el Tratado, Washington se metería un auto gol mayúsculo. Sería, sin duda, un éxito mayor y sin esfuerzo alguno para Pekín.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais