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IGADI 4 de Febreiro de 2015 Toro Hardy

La caída de los precios del petróleo: cuando sólo el paranoico sobrevive.

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Los últimos años han evidenciado cambios tectónicos en el mercado global de la energía. Paradigmas y certidumbres se han visto arrasados, haciendo de la inestabilidad lo único permanente. En el mundo de la energía de hoy podría replicarse la frase de Andy Grove en relación al de la tecnología de la información de hace poco más de una década: sólo el paranoico sobrevive.

Cambios tectónicos en la energía

En 2008 Estados Unidos se veía enfrentado al declive inevitable de su era petrolera con sus reservas tocando pico, tal como lo señalaban los especialistas.Sin embargo, tal como lo referíael experto petrolero Daniel Yergin en un artículo publicado en el New York Times del 25 de enero de 2015, en los últimos siete años la producción doméstica de ese país aumentó en un 80%. De acuerdo a las proyecciones de su Departamento de Energía de hace una década para 2025 dicho país debía estar importando el 70% de sus requerimientos petroleros. Para 2014, sin embargo, Estados Unidos había logrado aumentar su producción a más de 9 millones de barriles diarios, la mayor desde 1983. Más aún, de acuerdo a las estimaciones que se manejaban a mediadosdel año pasado, para 2020 podían estar extrayéndosemás de 14 millones de barriles al día. La entrada en escena de la fracturación hidráulica y de la perforación horizontal, quepermitió acceder al petróleo de lulita que se encuentra en los esquistos, un tipo de roca porosa que contiene grandes cantidades de hidrocarburos en sus poros y capas, cambió todo.

También en 2008 años Estados Unidos era el mayor importador mundial de gas licuado natural, con gastos anuales en ese sector de 100 millardos de dólares. Hoy, y gracias al gas extraído del esquisto, Estados Unidos no sólo se ha transformado en el mayor productor global de gas natural sino que se apresta a convertirse en uno de los mayores exportadores del planeta. Hace un lustro el mundo se adentraba en un renacimiento de la energía nuclear, anunciándose gigantescas inversiones en esta área. Luego de Fukushima la energía nuclear ha retrocedido por doquier. No sólo se han paralizado las nuevas inversiones sino que el cierre de plantas se ha convertido en realidad en múltiples frentes. Cinco años atrás la energía solar aparecía como una apuesta incierta dados sus costos exorbitantes. No obstante, tras la sobrecapacidad a la que condujo la construcción masiva de paneles solares en China, el precio de esta energía se redujo en 60%.

Hasta hace un año atrás nadie cuestionaba el dominio del mercado europeo por parte del gas ruso. De hecho, en 2011 Qatar había intentado inundar al mercado europeo con su gas licuado natural, apuesta que para el año siguiente ya había abandonado. De igual manera en 2012 Noruega logró sacudir la posición de dominio rusa en este sector. Para 2013, no obstante, dicha situación ya había sido revertida con Noruega evidenciado un 5% de contracción en sus suministros y Rusia un 16% de expansión en los suyos. Tras los inesperados eventos de Ucrania en 2014 tanto Rusia como la Unión Europea comenzaron un proceso de disociación. La primera volcándose masivamente hacia los mercados asiáticos y la segunda aproximándose a Estados Unidos y a proveedores alternativos.

En 2008 se pensaba que una demanda sostenida, una producción bordeando sus límites, la ausencia de nuevas reservas y la capacidad de los países ricos de asimilar precios energéticos más altos, habían definido una nueva y larga era petrolera de precios altos. No en balde Rex Tillerson, Presidente de ExxonMobil, señalaba: “Para 2030 la población mundial debe estar llegando a los 8 millardos de personas. En la misma medida en que la población crezca alrededor del mundo, también nuestras economías crecerán y ese crecimiento requiere de energía. Incluso con los desarrollos que se realicen en materia de eficiencia energética, la demanda mundial de energía deberá haber crecido en alrededor de un 40 por ciento para ese año” (Newsweek Special Edition, December 2006-February 2007).Hasta el verano de 2014 los precios se encontraban todavía sobre los 110 dólares y, sin embargo, para comienzos de febrero del 2015 los mismos se habían desplomado por debajo de los 46 dólares. De acuerdo al reconocido experto petrolero venezolano-iraquí Mazhar Al-Shareidah, entrevistado por El Universal el 25 de enero de 2015, cuando los precios vuelvan a subir se mantendrán en el entorno de los 50 dólares por barril, haciendo de los niveles de precio de 100 dólares algo ya inalcanzable.

¿Por qué caen los precios del petróleo?

De los cambios anteriores es menester analizar el más reciente, que es también el de mayor impacto: la drástica caída de los precios del petróleo. Esta situación no sólo proyecta sus ondas expansivas a los más remotos puntos del planeta sino que,a la vez,altera los planes de expansión de la industria petrolera estadounidense, socavando gran parte de los logros obtenidos a través de su revolución del esquisto.

Con Irak, Libia, Siria y Nigeria en serios problemas geopolíticos, los precios deberían haberse movido hacia arriba y no hacia abajo. No obstante, desde los 110 dólares por barril en que se encontraban en verano del año pasado los precios bajaron a menos de 46 dólares, para comienzos de febrero de 2015. Ello implica una caída porcentual superior al 58%. ¿Qué ha ocurrido, entonces, que justifique este derrumbe estrepitoso? La respuesta no admite dudas: la demanda se ha aflojado y la oferta se ha expandido.

La economía global se encuentra indudablemente débil. El PIB de Japón cae. Alemania la locomotora europea ha visto también caer el suyo, pareciendo dirigirse hacia una recesión. Europa, arropada por la austeridad, luce cada vez más anémica. China encuentra cada vez más difícil mantener el crecimiento de su PIB en apenas un 7%. Estados Unidos, aunque aparece como la estrella ascendente del mundo desarrollado, evidencia una recuperación débil de acuerdo a estándares históricos. El FMI debió bajar en tres ocasiones sus proyecciones de crecimiento para la economía mundial en el año que acaba de concluir, llevándola finalmente  a  3,3%. Sin embargo, de acuerdo al Resumen Ejecutivo “Situación y Perspectivas de la Economía Mundial en 2015”, publicado por la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York en enero de este año, la economía mundial terminó creciendo apenas 2,6% en 2014, con un estimado de 3,1% para el 2015.

No obstante, la debilidad de la demanda no puede explicar por sí sola una caída tan drástica en los precios petroleros. Máxime en momentos de tanta inestabilidad para algunos productores relevantes. Así las cosas, lo fundamental de la respuesta debe buscarse en la oferta. Es decir, en una sobreproducción petroleradesvinculada de las realidades de la demanda, que para finales de octubre del 2014 sobrepasaba en 2,8 millones de barriles diarios a la de exactamente un año antes. Aquí encontramos que la responsabilidad principal recaería en dos actores: Estados Unidos y Arabia Saudita. 

A la búsqueda de responsables

El caso estadounidense, sin embargo, pareciera ser más transparente: 80% de incremento en su producción petrolera en apenas siete años como resultado de la revolución del esquisto, lo que lo ha llevado a su mayor nivel de producción desde 1983. Las razones de Arabia Saudita, al subir su producción a casi 10 millones de barriles diarios en medio de una situación como la actual, están en cambio más sujetas a la especulación. Aunque, desde luego, para algunos Washington y Riad pudiesen haber fraguado algún acuerdo en la opacidad. En cualquier caso buscar la repuesta por vía de Arabia Saudita luce como lo más apropiado.

Cuando se habla de Arabia Saudita habría que incluir allí también a otros dos estados que caen dentro de su órbita: Kuwait y Emiratos Árabes. De acuerdo a información proporcionada por Reuters el 17 de noviembre de 2014, dichos países estaban produciendo y exportando al tope de su capacidad. Esto último venía a sumarse a la producción del petróleo de esquisto (o de lulita) en Estados Unidos, la cual alcanzó 9,2 millones de barriles diarios en enero de 2015, según información del Departamento de Energía de Estados Unidos citada por el New York Times el 15 de enero pasado.A decir de los analistas tres razones podrían estar impulsando la decisión de Arabia Saudita, y por extensión de sus otros dos socios del Golfo, a sobre producir con miras deliberadas a deprimir los precios.

Tres escenarios

La primera sería la de desalentar la producción de esquisto en Estados Unidos. La segunda, sostenida fundamentalmente por fuentes no occidentales, apuntaría exactamente a lo contrario. Es decir, a una concertación entre Arabia Saudita y Estados Unidos destinada a colocar contra las cuerdas a sus rivales geopolíticos: Rusia e Irán. La tercera sería la de expandir sus cuotas de mercado en Asia, frenando el posicionamiento de sus competidores en esa región.

En relación a la primera, referida al petróleo de esquisto estadounidense, cabría señalar que según fuentes citadas por Andrew Critchlow en The Telegraphel 14 de noviembre de 2014, Estados Unidos podría llegar a producir 14,2 millones de barriles diarios en 2020. Ello, a no dudarlo, garantizaría una larga era de precios petroleros bajos. Así las cosas, Arabia Saudita podría tener interés en lanzar un ataque preventivo contra la sobreproducción estadounidense. Según fuentes citadas por Tim Bowler de BBC News el 16 de octubre de 2014 y por Grant Smith y Dan Murtaugh de Bloomberg el 15 de octubre del mismo año, para sacudir hasta los tuétanos al mercado al petróleo de esquisto los precios debían caer por debajo de 60 dólares por barril, situándose incluso a 50 dólares. Al llevar los precios a esos niveles, se indicaba, los sauditas podían sacar del mercado a una importante cantidad de productores,introduciendo un elemento de incertidumbre sobre la rentabilidad de ese tipo de petróleo apto para desestimular las inversiones futuras en ese sector. Lo cierto es que los precios se sitúan hoy por debajo de las cifras referidas.

La opción de la conjunción Washington-Riad, aun siendo vista como absurda por la mayoría de los analistas occidentales y resultando crecientemente poco creíble ante el daño que se está causando al sector petroleroestadounidense, merece ser evaluada. El objetivo de la misma sería colocar contra las cuerdas a sus respectivos rivales estratégicos: Moscú en el caso de Washington y Teherán en el caso de Riad.De hecho, el columnista estrella del New York Times, Thomas Friedman llegó a preguntarse, en un artículo publicado allí el 14 de octubre de 201,si detrás de la baja de los precios no se encontrarían las manos estrechadas de Estados Unidos y Arabia Saudita.

 Nada tendría mayor sentido estratégico que lo anterior.¿Cómo no recordar que la caída de los precios del petróleo, a partir de septiembre de 1985, desató la crisis económica de la Unión Soviética y puso en movimiento una dinámica que condujo a su implosión? De la misma manera, por lo demás, fue la recuperación y aumento sostenido de los precios petroleros lo que devolvió a Moscú parte de su influencia perdida. Si en conjunción con las sanciones que le han sido impuestas por Occidente, Moscú debe sobrellevar una merma en la sabia vital de su economía, el impacto e pura y simplemente devastador. De su lado,Arabia Saudita lidera al bloque sunita enfrentado al chiita que encabeza Irán y ambos países han venido librando una guerra en Siria por vía de intermediarios. Cuando apenas Teherán comenzaba a levantar cabeza gracias a la flexibilización de las sanciones internacionales empujadas por Occidente, el duro golpe de la caída de los precios petroleros limita fuertemente sus opciones políticas. Desde un punto de vista realista la única razón por la que podría alegarse una negativa estadounidense a participar en un esquema de esta naturaleza, y ello tiene inmenso peso, es porqueamenaza conechar por tierra la revolución energética que ha servido de turbina a su crecimiento económico. Sin embargo, aun descartando la posibilidad de una conjunción Washington-Riad, el argumento de una acción unilateral por parte de Arabia Saudita y sus socios, para asfixiar económicamente a Irán, tiene inmenso sentido geopolítico.

La tercera opción perseguida por Arabia Saudita sería la de ganar cuotas de mercado en Asia. Ello tiene también mucho sentido. En la medida en que Estados Unidos ha ido aumentado aceleradamente su producción petrolera, en ruta hacia la autosuficiencia energética, muchos de sus proveedores externos han ido quedándose en el aire. A ello se une la contracción y la poca halagüeña perspectiva del mercado europeo. Esto ha determinado una carrera generalizada de exportadores hacia el mercado asiático, donde se localiza el grueso del crecimiento de la demanda petrolera. Para Arabia Saudita y sus otros dos socios una acción contundente sustentada en volúmenes y niveles de precio que sólo ellos pueden asumir, permitiría un posicionamiento privilegiado en ese mercado. Sus bajos costos de producción y su flexibilidad para aumentar éstaestán en capacidad para arrinconar a muchos de sus socios de la OPEP, capturando a sus clientes. Tan evidente pareciera la intención en este sentido que aparte de empujar los costos a la baja, dichos estados redujeron el precio de su barril para el mercado asiático.

Lo cierto es que las tres consideraciones anteriores tienden a confluir en un claro ganador: Arabia Saudita y su órbita. Así las cosas el argumento más válido para sustentar la caída de los precios está directamente ligado al  interés de estos tres países por socavar la producción de petróleo de lulita en Estados Unidos, por arrinconar económica y geopolíticamente a Irán y por garantizarse mayores cuotas de mercado en Asia. Siendo así, ellos resultan los artífices y mayores beneficiarios del proceso en curso.Desde luego, ello conlleva también costos económicos pero al parecer, según sus criterios, suficientemente manejables.

A condición de…

Dado que los costos de producción de Arabia Saudita son de apenas 6 dólares por barril, cabría suponer a primera vista que los perjuicios económicos derivados de una baja de precios petroleros serían inexistente. Pero no es así. Mantener la estabilidad política y social de ese reino requiere de ingentes gastos sociales a lo que debe adicionarse costosos proyectos de infraestructura en desarrollo. Para  mantener la rueda en marcha, con el barril de petróleo a los precios actuales, habrá que echar mano a las reservas internacionales. Siendo éstas de 750 millardos de dólares ello no pareciera ser sin embargo un problema inminente. Esta situación se reproduce claramente en el caso de Kuwait, aunque se ve confrontada a otras variables en el caso de Emiratos Árabes. Este último disfruta de una diversificación económica, y por ende de un margen de maniobra sustancialmente mayor, que los dos reinos anteriores. En cualquier caso dentro de una correlación de costos y beneficios, los tres estados asumen que los beneficios prevalecen, lo cual justifica su jugada de generar un baja en los precios petroleros.

 Esto último, desde luego, a condición de que los precios puedan volver a subir una vez que sus objetivos hayan sido logrados. Y aquí es donde el panorama podría llegar a complicárseles. Sobre todo si, como afirman algunos analistas, cuando los precios vuelvan a subir nunca lo harán a los niveles preexistentes. En este sentido apuntaría, por ejemplo, el aumento de las reservas estratégicas de Estados Unidos, lo cual haría mucho más rígido el panorama. Según anunciaba la U.S. Energy Information Administration, reseñada por Bloomberg y Reuters el 29 de enero de 2015,  gracias a los bajos precios prevaleciente Estados Unidos logró aumentar sus reservas estratégicas a 407 millones de barriles, las mayores desde 1982. En otras palabras, la posibilidad de que los precios suban cuando Arabia Saudita y los suyos decidan contraer su oferta, podría no resultar tan fácil.Desde luego, para ellos todo podría reducirse a una simple ecuación en la que los mayores volúmenes de mercado, resultantes de sacar del mismo a muchos de sus competidores, podría compensar los menores precios que conformen el “nuevo normal”. Sin embargo, todo esto son aún especulaciones pues por definición al reducir la oferta aumentarían los precios.

Ganadores y perdedores

En principio una etapa de bajos precios del petróleo perjudicaría a sus mayores exportadores. En este renglón caen, básicamente, los miembros de la OPEP y Rusia. No obstante, como veíamos, no todos los países OPEP se encuentran en la misma posición. Mientras Arabia Saudita y los suyos elevan sus apuestas aspirando a importantes ganancias, otros como Irán o Venezuela, para quienes las exigencias presupuestarias exigen un precio por barril superior a 100 dólares, se ven arrinconados. Para unos los costos son plenamente redimibles mientras que para otros no hay redención posible ante los mismos. Esta dicotomía coloca a la OPEP en lo que posiblemente sea su mayor crisis histórica.Para Rusia esto puede implicar un período extremadamente difícil en la medida en que sus altos vuelos geopolíticos van a contracorriente de su mermada situación económica. La confluencia de las sanciones económicas occidentales y de los bajos precios de un renglón de exportación fundamental, la coloca en situación crítica. De acuerdo a Jonathan Eyal, en un artículo publicado en el Straits Times el 15 de diciembre de 2014, el petróleo representa el 75% de sus exportaciones globales al tiempo que sus exigencias fiscales requieren de un precio por barril de 90 dólares.

Teniendo claro lo anterior, cabría preguntarse quienes están llamados a sacar provecho de este período. Según una fuente citada por Dave Shellok en el Financial Times del 29/30 de noviembre de 2014, esta caída de precios podría arrojar beneficios del orden de los 550 millardos de dólares para los importadores petroleros, lo que equivaldría al 0,7% del PIB global. Más aún de acuerdo a Jonathan Eyal, ya citado, si los precios se mantienen bajos a lo largo del 2015 ello traería consigo una transferencia de ingresos desde los exportadores petroleros hacia los principales consumidores occidentales, del orden de 1,3 billones de dólares. Para Daniel Yergin, también citado anteriormente, en conjunto podría producirse una transferencia neta desde los países exportadores hacia los países consumidores que podría alcanzar los 2 billones de dólares. A primera vista, entonces, para la economía mundial y para los importadores habría motivo de mucho optimismo. Las cosas, sin embargo, no resultan tan simples.

Los costos de la tríada

La tríada de economías industrializadas es la que tradicionalmente deriva mayores beneficios de los precios petroleros deprimidos. Cabría suponerse así que Japón, quien ha venido importando volúmenes crecientes de petróleo desde la crisis de Fukushima, debería mirar con buenos ojos la baja en sus precios de importación. Pero ello no es necesariamente así. Desde comienzos de los noventa esta nación se encuentra sumida en la deflación. La misma constituye la antítesis de la inflación, es decir, un proceso en el que las expectativas de precios más bajos disuaden las compras y el consumo, determinando un círculo vicioso de ganancias menores, cierre de empresas y desempleo. Mientras el gobierno actual había logrado inducir una pequeña inflación susceptible de estimular a su economía, la caída de los precios petroleros revertirá los logros obtenidos. Desde la perspectiva japonesa los costos de esta situación podrían resultar mayores que los beneficios resultantes de un ahorro en su factura energética.

También en la Unión Europea se confronta una tendencia deflacionaria, producto de la austeridad fiscal que Alemania impuso a sus miembros. Según refería Associated Press el pasado 28 de noviembre, el Banco Central Europeo intenta estimular la inflación pasando del 0,3% actual al 2%. Este esfuerzo, a no dudarlo, se verá nulificado por los bajos precios del petróleo. Así las cosas, mientras el Presidente de dicho banco logró vencer las fuertes resistencias  del Consejo de la institución, para poner en práctica en enero de este año un programa de compra de bonos gubernamentales que estimule a sus economías, el impacto deflacionario  inducido por los precios petroleros amenaza con hacer de éste un esfuerzo vano.Tal como señalaba Paul Krugman en un artículo publicado en el New York Times el 30 de noviembre de 2014, una Europa arropada por la deflación se apresta a experimentar su propia década perdida. En definitiva, caer en la deflación contrarrestaría con creces cualquier beneficio que los consumidores derivasen de una disminución de la factura energética.

En Estados Unidos los menores costos petroleros podrían ayudar al crecimiento económico, pero en mínima medida. Según Goldman Sachs, citado por The Economist el pasado 25 de octubre, una sumatoria de bajos precios petroleros y bajos intereses sólo añadirían un 0,1% al crecimiento de su economía en 2015. En contrapartida los costos serían decididamente altos. En primer lugar, y dada la correlación inversa entre precios del petróleo y valor del dólar,los menores precios petroleros incrementarán el ya inflado valor del signo monetario estadounidense, desestimulando aún más sus exportaciones. En segundo lugar, y mucho más significativo aún, ello no sólo desestimulará radicalmente los nuevos desarrollos de petróleo de esquisto, sino que borrará del mapa a los productores menos eficientes. Ello iría a contracorriente de una industria que se había transformado en el dinamo del crecimiento económico de ese país. En tercer lugar, y según fuente del Deutsche Bank citada por Andrew Critchlow en The Telegraph,ya citado, en su carrera hacia una mayor producción de petróleo de esquisto,el Departamento de Energía estadounidense estimulo una peligrosa burbuja de deuda en ese sector. Bajo las actuales circunstancias, según refería dicha fuente, la misma podría explotar, proyectando una crisis sistémica sobre el conjunto de su economía. Según refería Bloomberg, el 31 de enero de 2015, en los últimos cinco años la industria petrolera estadounidense ha recibido inversiones superiores a los 1,4 billones de dólares, las cuales sufren ahora el embate de los bajos precios. De acuerdo a la misma fuente entre junio de 2014 y comienzos del nuevo año, 393 millardos de dólares en inversiones han sido borrados del mercado como resultado de la contracción de precios.

Las gradaciones del gris

En síntesis, la triada del mundo desarrollado no tiene demasiadas razones para celebrar lo que ocurre en el mundo petrolero. Si alguien podría hacerlo serían China, India y, en general, las economías emergentes no exportadoras de petróleo. Según señalaba el U.S. Energy Information, en fecha 24 de marzo de 2014, China ocupa el primer lugar mundial como importador de petróleo, con un monto de 11 millones de barriles diarios a largo de 2014. Según informa la misma fuente, pero en fecha 26 de junio de 2014, India fue el tercer importador mundial de petróleo en 2013 con un monto de 3,7 millones de barriles por día. De acuerdo a esta última información, China e India combinados representarán la mitad del crecimiento de la demanda global de petróleo hasta el año 2040.  A no dudarlo si alguien puede alegrarse con el panorama petrolero actual son estos dos países. Pero no en todas las economías emergentes el cuadro es tan nítido. Tomemos como ejemplo el caso de Brasil, el cual simboliza la ambivalencia que en la actualidad confrontan muchas economías emergentes.

La dualidad tierra fértil-petróleo asume una connotación muy particular en Brasil, uno de los mayores productores agrícolas mundiales que dispone, a la vez, de importantes desarrollos petroleros. Brasil ocupa el primer lugar del planeta en la producción de café, azúcar y jugo de naranja, el segundo en productos de soja y el tercero en maíz y grano de soja. El derrumbe de los precios petroleros conlleva inmensos beneficios a su agricultura ya que los fertilizantes constituyen uno de los egresos fundamentales asociados a este sector. Ello, en la medida en que los fertilizantes son esencialmente productos del petróleo. No obstante los desarrollos petroleros resultan en sí mismos una actividad económica de la mayor significación para Brasil.

Tal como señalaba Nick Cunningham en la publicación Oil Price de fecha 11 de agosto 2014, la apuesta brasileña era la de estar explotando 5 millones de barriles diarios de petróleo para 2020. Dado, sin embargo, que se trata de yacimientos costas afuera y a gran profundidad, dicha apuesta se hace insostenible bajolos actuales precios. Más aún Petrobras, la empresa cuasi estatal de petróleo de ese país, debió endeudarse hasta la medula para adquirir los equipos requeridos para explotar tales yacimientos. Así las cosas, a la gigantesca pérdida de oportunidad de dejar inacabados desarrollos ya iniciados, se sumaría la fuerte deuda adquirida, la cual ha transformado a Petrobras en la más endeudada de las grandes empresas petrolíferas.

Sin embargo, en la ecuación de costos y beneficios entran también el etanol y los subsidios a la gasolina. Por un lado la gigantesca industria del etanol brasileña, que se encontraba ya en terapia intensiva, recibe un nuevo golpe en su rentabilidad con los bajos precios petroleros. En sentido inverso, los bajos precios del petróleo harán innecesarios los subsidios a la gasolina, lo que representa un importante ahorro al Estado. Así las cosas, de un lado de la balanza están los fertilizantes abaratados y fin de subsidios a la gasolina. Del otro, se encuentran desarrollos en curso que perderían rentabilidad, una Petrobras que entraría en crisis profunda y un etanol moribundo. Situaciones como éstas evidencian la complejidad implícita en la caída de los precios.

En definitiva la actual situación petrolera genera ganadores y perdedores claros pero también situaciones ambiguas en las que son las gradaciones del gris, y no el blanco y el negro, quienes prevalecen. Sólo el tiempo podrá determinar si Arabia Saudita y sus socios, quienes pusieron en movimiento la dinámica que actualmente se confronta, terminaran ganando más de lo que pierden o si, a la inversa, se arrepentirán de sus acciones. Por lo pronto debemos concluir recordando la frase de Andy Grove con la queiniciábamos el artículo, en este mundo sólo el paranoico sobrevive. 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais