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OPCh 22 de Maio de 2014 Ríos

La Casa Común Asiática

La cumbre de la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de la Confianza en Asia), celebrada en Shanghai los días 20 y 21 de mayo, ha puesto de largo la política china para Asia. En efecto, revalidando la vigencia de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica promovidos por China en los años sesenta con India y Myanmar, el nuevo concepto de seguridad propuesto por Beijing abunda en cuatro claves principales: desarrollo, estabilidad, cooperación, y, sobre todo, asiatización.

La CICA fue creada en 1992 a instancias de Kazajstán pero tardaría diez años en realizar su primera cumbre, bajo la sombra de los atentados del 11S. Ello explica que  el terrorismo figure entre los asuntos de mayor importancia en su agenda. Sin duda, para China este es un asunto igualmente importante a día de hoy. Horas después de finalizar la cumbre, una bomba explotaba en Urumqi, la capital de Xinjiang, causando un número indeterminado de víctimas.

Ahora, bajo presidencia china tras el relevo otorgado por Turquía, la CICA encara el reto de erigirse como principal referencia en materia de seguridad de esa nueva Asia que con el 67 de la población mundial y un volumen económico equivalente a la tercera parte del global, podría, en solo tres lustros, representar la mitad del PIB total del planeta.

La heterogeneidad del continente y la multitud de complejidades y tensiones que habitan en su seno, aconsejan que cualquier propuesta de entendimiento para la región incorpore valores como el respeto a la diversidad y el diálogo en igualdad de condiciones. Esto obliga a prescindir de tamaños y a desarrollar políticas inclusivas que permitan enfrentar las amenazas comunes.

Convertir Asia en una Casa Común de los asiáticos, abierta al exterior y comprometida con un nuevo orden de seguridad permitiría, sin duda, incrementar la influencia global del continente y garantizar el acompañamiento de las transformaciones económicas de las últimas décadas con avances que preserven la estabilidad blindando la región frente a dinámicas de diverso signo que la subordinen o la hagan más dependiente de actores externos.  

La propuesta exhibida por China en Shanghai apunta al fortalecimiento institucional de este foro, mejorando sus capacidades para pasar página de un concepto de seguridad basado en el axioma de las alianzas militares excluyentes y pilotadas por países ajenos a la región interesados en una perpetuación de sus carencias para preservar su influencia y/o hegemonía. Esa idea, que no es novedosa, abunda en la convicción de que los asiáticos pueden y deben resolver sus problemas por sí mismos, habilitando códigos y procedimientos basados en su especificidad cultural y civilizatoria, sin dejarse enredar por tanto por aquellos que piensan que quien no se alinea con Occidente, simplemente está aislado.

¿Puede la CICA hacer realidad tan ambicioso proyecto y convertirse en el pivote de la seguridad regional? En ella participan países del Asia occidental, central, meridional y oriental, además de Oriente Medio e incluso Egipto. Japón es observador, como EEUU y países del sudeste asiático como Filipinas, beligerante con China. La colaboración ruso-china, al igual que en la OCS, se afirma como su principal eje vertebrador y el hecho de que las relaciones entre ambas capitales vivan un momento de especial vitalidad insufla posibilidades de consolidación.

Para China, que en los últimos meses ha lanzado numerosos proyectos para la región (desde la revitalización de la Ruta de la Seda hasta los corredores económicos con Pakistán, con Bangladesh, India y Myanmar, y la Ruta Marítima de la Seda), disponer de una plataforma propiamente asiática con credibilidad para gestionar los contenciosos regionales es una cuestión de vital importancia futura. Si la CICA logra consolidarse como un sistema de seguridad multilateral que funcione conforme a parámetros no deudores de los criterios y políticas occidentales al uso, en el desarrollo de Asia y del mundo se atisba otro futuro. Pero por el momento, nos movemos aun en el plano del simbolismo y de las buenas intenciones.

Con esta cumbre, China está demostrando no solo renovadas capacidades sino también mayor voluntad de iniciativa a la hora de enfrentar los asuntos regionales y globales. El fin de esa tradicional modestia debiera derivar en la afirmación de una arquitectura de seguridad basada en la cooperación pero para ello se requiere dotar de credibilidad un lenguaje común y compartido en la región. No es imposible, pero no será fácil a la vista de las poderosas sombras que a día de hoy cuestionan la viabilidad de tal política. 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais