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La Vanguardia 20 de Outubro de 2014 Giné Daví

La contradictoria diplomacia de Qatar

El sol imperante en Doha hace resplandecer los espectaculares rascacielos e infraestructuras levantadas entre sus amplias, limpias y arboladas avenidas llenas de lujosos coches. Solo al atardecer se puede observar como van saliendo de las obras unos vetustos autobuses que trasladan fuera del centro de la ciudad a los miles de esforzados trabajadores extranjeros que día a día siguen construyendo más y más edificios que componen una enorme burbuja inmobiliaria. Ello no preocupa a los privilegiados qataríes que disfrutan de una de las mayores rentas per cápita del mundo en un país que cobija el 15% de las reservas mundiales de gas.

Qatar es, gracias a los petrodólares, un gran “hub” internacional de negocios, finanzas, cultura y ocio. Y compite con Dubai y Abu Dhabi por ser el principal núcleo de comunicaciones intercontinental del Golfo. Pero las ambiciones de Qatar, que es miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), chocaron con los intereses y los recelos de las Monarquías árabes vecinas cuando el anterior emir Hamad bin Khalifa al-Thani también se propuso convertir su país en una potencia diplomática e influenciar políticamente, a través de la cadena Al Jazira, en todo el mundo musulmán.

Qatar desarrolló una exorbitante pero discutible y contradictoria política exterior. Allí está la mayor base militar de EEUU en la región, sede del CENTCOM, el mando supremo estadounidense en Oriente medio y Asia central. Es un aliado de Washington pero a la vez apoyó a grupos islamistas operativos desde Marruecos al Yemen. Y en Egipto financió a los Hermanos musulmanes, cuya cúpula encontró cobijo en Doha donde  también los talibanes afganos tienen una oficina de representación. Qatar aplica unas pragmáticas políticas de modernización e internacionalización en una sociedad impregnada de conservadorismo religioso y tribal y menos abierta a los cambios que la clase dirigente del país. Apoyó las primaveras árabes pero su sistema político peca de déficits democráticos. Impulsa una diplomacia “deportiva” pero su designación por la FIFA para organizar los Mundiales de Fútbol 2022 es discutida.

El actual emir Tamim bin Khalifa al-Thani, que sustituyó a su padre en junio de 2013, ha tenido que rebajar sus ambiciones diplomáticas. La creación del Estado Islámico en Irak y Siria disparó todas las alarmas. Qatar está en el punto de mira de una parte influyente del mundo musulmán y de la diplomacia occidental.  Se espera un realineamiento de Qatar con sus socios del CCG tras anunciarse el 13 de septiembre  la salida de la cúpula política de los Hermanos Musulmanes que disfrutan en Doha del altavoz de Al Jazira para atacar duramente a los regímenes de Arabia Saudita y Egipto. La crisis dentro del CCG llegó a su punto álgido cuando en agosto la aviación de los Emiratos Árabes Unidos bombardeó a las milicias radicales, posiblemente financiadas por Qatar, que asedian el aeropuerto de Trípoli. Si se confirma el acercamiento con Riyad y Abu Dhabi, estos decidirán retornar sus embajadores a Doha.

Tomás Alcoverro explicaba, el 22 de agosto, en un excelente artículo, como Qatar financió a algunos de los grupos yihadistas que han convertido Oriente Medio en un avispero. Pero también lo han hecho Arabia Saudita y sus aliados del Golfo, actuando en connivencia con EEUU y algunos países europeos. Y sin olvidar otros actores como el régimen teocrático de Irán e incluso Rusia. Todos son responsables, en mayor o menor medida, de un conflicto que mata o aterroriza a la población civil de Irak y Siria. Unos y otros alimentaron un conflicto para aprovecharse de los viejos enfrentamientos entre sunitas, chiítas y otras ramas del Islam. Todos intervienen en la compleja partida geoestratégica que se juega en el Golfo pero que afecta, desde el Norte de África hasta el sudeste asiático, a la frágil estabilidad política y económica del mundo musulmán.

Ahora que los yihadistas radicales ya han infestado la región, Occidente impulsa una heterogénea y confusa coalición internacional contra el “Califato” asentado en Irak y Siria. También estarán las monarquías árabes sunitas del CSG. También Qatar. Se necesitará mucho tiempo y persistencia para acabar con el Estado Islámico. Y habrá más sufrimiento para la población civil. Pero si no se logra acabar con la barbarie del Estado Islámico, se acentuará aún más la crisis económica y social de una región que sacia la sed de recursos energéticos de medio mundo.

Cuando viajé a Qatar en febrero, me acerque al mercado “Souk Waquif” en el barrio viejo de Doha. Un oasis donde los qataries disfrutan de un agradable ambiente que conjuga tradición y modernidad. Pero a unos centenares de kilómetros se debate su futuro. Los conflictos no se resolverán solo por la vía militar. Requerirá reformar los anquilosados sistemas políticos y económicos de Oriente Medio y dar respuesta a las justas esperanzas que las generaciones jóvenes depositaron en las primaveras árabes.

Las petromonarquías árabes acumulan unos enormes excedentes de divisas, unos “fondos soberanos” que invierten principalmente en Occidente. Lo justifican en la conveniencia de diversificar unas economías dependientes de las exportaciones energéticas. Una parte de los fondos soberanos árabes deberían destinarse a financiar el desarrollo económico y social del mundo musulmán. Pero no lo hacen. No debe sorprender que siga creciendo la frustración y el resentimiento de millones de musulmanes pobres.

 

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