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Diario El Correo 5 de Maio de 2014 Ríos

La corrupción en China: ¿Estado o Partido?

Si no se combate la corrupción, esta acabará con el país, pero si se combate, acabará con el Partido. Esta frase, bastante común en China, pudiera retratar el dilema del momento político del país. Desde su llegada a la máxima jefatura del Partido y del Estado, Xi Jinping impulsa una lucha sin cuartel contra la corrupción que no parece distinguir ni rangos ni protectores. Habitualmente, estas campañas se asocian con las luchas de poder y son frecuentes al inicio de un mandato para deshacerse de enemigos y consolidar bases propias de lealtad. Así, la derrota de los hipotéticos rivales equivale al fin de la campaña en la que acostumbran a predominar factores subjetivos evitando adoptar medidas estructurales que mitiguen las posibilidades de reiteración de las viejas inercias o, lo que es lo mismo, impongan restricciones incómodas.

Por el momento, la preocupación por la mejora de la gobernanza, que debería incluir medidas en este sentido, apunta a claves relacionadas con la desburocratización, especialmente en relación a la economía, aunque encuentra en el impulso anticorrupción un aliado sustancial para poner coto a las capillas conservadoras y los intereses corporativos que anidan en los sectores monopolistas, blanco predilecto de la actual ola de reformas. 

En algo más de un año, miles de funcionarios chinos han sido investigados, expulsados del Partido, procesados y condenados, tanto en el aparato central como territorial, tanto en las estructuras del Partido como del Estado, en los grandes monopolios públicos o en otros ámbitos poco comunes como las universidades. La “limpieza ética”, presentada como una exigencia irrenunciable para mejorar la credibilidad social del PCCh, se traduce en un clima de presión, sospecha y temor que no todos pueden resistir. Hasta la fecha, más de medio centenar de altos cargos han optado por el suicidio.

La intensidad de la campaña y el hecho de que afecte a “intocables” como Zhou Yongkang, ex jefe de los servicios de seguridad, o Xu Caihou, comisario político del ejército, ambos ya retirados, parece haber enervado la preocupación de dirigentes veteranos temerosos tanto de que la propia ola les afecte (caso de He Guoqiang o el ex vicepresidente Zen Qinghong, antiguos miembros del máximo sanedrín chino, o el general Guo Boxiong, ex miembro del Buró Político) o que erosione la unidad y la cohesión interna. El hecho de que tenga en el punto de mira a figuras muy próximas a alguno de los actuales miembros del Comité Permanente del Buró Político (caso de Shen Weichen, en su día brazo derecho del conservador Liu Yunshan) sugiere que nadie, en activo o jubilado, está libre de riesgo.

Si, como ha trascendido, es cierto que Jiang Zemin y Hu Jintao, anteriores secretarios generales del PCCh, han recabado de Xi Jinping una mayor prudencia en la conducción de la campaña o, lo que es lo mismo, el respeto hacia los “intocables”, la intensidad de la campaña podría haber llegado a niveles de máximo riesgo para la preservación de la propia unidad del Partido, amenazando con quebrar el consenso interno. Otras fuentes, incluso refuerzan esta hipótesis aludiendo a diferencias de criterio entre Xi Jinping y el primer ministro Li Keqiang y al aumento de las reticencias que las políticas de este último despiertan en los sectores más conservadores quienes le acusan de excesivo entusiasmo liberal en su ajuste estructural.

El número y la posición de los involucrados en las corruptelas y, en algunos casos, sus vínculos con todo tipo de mafias, revelan la gangrena moral que atenaza el presente y futuro del PCCh. No obstante, este vive preso de una inevitable contradicción. De una parte, invita a la ciudadanía, que en general presta su apoyo a las medidas expeditivas, a colaborar mediante la denuncia; de otra, elude aflojar el control sobre los medios de comunicación cuyo tratamiento de estos temas en condiciones de mayor libertad podría incidir en una mejora sustancial de la transparencia y la credibilidad.

En este contexto, los avances de esta campaña, la mayor que se recuerda en China en mucho tiempo, tienen como hándicap principal el no ofrecer una alternativa sistémica al combate contra la corrupción, entre otras cosas, porque elude la adopción de mecanismos independientes revestidos de autoridad suficiente para supervisar el ejercicio del poder. Así, todo queda a expensas del nivel de importancia que el liderazgo de turno conceda a esta cuestión y de su empeño personal. La necesidad de una acción duradera y persistente capaz de modificar los hábitos y comportamientos, tanto de funcionarios como de la propia sociedad, contrasta con la brevedad del horizonte de ejercicio de los líderes que la impulsan. La tolerancia cero que ahora se preconiza puede ser efímera si no se sistematiza y la falta de interés en su objetivización explica la desconfianza respecto a la parcialidad de estas iniciativas por más que se asegure que tanto ataca a “tigres” como a “moscas”.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais