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Anuario Ceipaz 21 de Agosto de 2014 Ríos

La disyuntiva asiática: ¿Estados Unidos o China?

La región de Asia-Pacífico vive momentos convulsos marcados por su creciente protagonismo económico, que incluye una fiebre negociadora para conformar plataformas de integración así como ambiciosos tratados de libre comercio, y también el ascenso de dinámicas de confrontación que tienen como principales referencias a Estados Unidos y China que mutuamente se acusan de atizar las tensiones y fomentar los riesgos de una escalada bélica. Si la Casa Blanca llama la atención sobre las provocaciones territoriales chinas, Beijing denuncia el auge de lo que denomina el militarismo estadounidense en la región con vistas a contener su emergencia. En los últimos tiempos, ambos países desarrollan un diálogo de sordos reiterado tanto en los encuentros bilaterales como multilaterales que evidencian, de una parte, que China rechaza de plano que la presencia militar estadounidense sirva de garante de la seguridad regional y, de otra, la reivindicación de una seguridad conducida en exclusiva por los asiáticos que redundaría en la afirmación de su liderazgo en Asia-Pacífico.

Parámetros de una rivalidad en ascenso

Asia está cambiando y su futuro se presenta en gran medida incierto. Las décadas precedentes se han caracterizado por el predominio de EEUU que ahora, con la consolidación de la emergencia china, llega a su fin, planteando a los países de la zona claras disyuntivas respecto a su futuro. El crecimiento de China, la primera economía de la región y la segunda del mundo, su incremento constante del gasto militar, la proyección cada vez más notoria de sus intereses poniendo en cuestión la estabilidad de antaño determina una evolución estratégica en permanente cambio. El espejo de esta transformación es el incremento de la tensión en torno a las reclamaciones marítimo-territoriales.

A la vista de ello, los países de la región están modernizando y ampliando sus capacidades defensivas y en algunos casos, profundizando sus relaciones y alianzas con EEUU. Es el caso de Japón, Corea del Sur o Filipinas, e incluso también de Vietnam, aunque las percepciones y enfoques de cada uno no son del todo idénticos.

China cuenta con unas dimensiones, en todos los planos, totalmente asimétricas en relación a los países de la zona, en especial, con los países de ASEAN. No obstante, lo que deja traslucir el ascenso de las polémicas territoriales que le enfrentan, al norte, con Japón, y al sur, con Vietnam y Filipinas, esencialmente, es la competencia por la soberanía y el poder en la región en un marco de rivalidad claramente ascendente. El debate que se produce en Asia-Pacífico o entre China y EEUU no es de carácter ideológico sino que se relaciona directamente con la afirmación de los intereses en la zona  de una China cada vez más poderosa en un contexto marcado por una creciente debilidad de la imagen política y la credibilidad estratégica de Washington, con un capital de influencia a la baja tanto en función del resultado de las acciones llevadas a cabo en países como Afganistán o Irak o lo que algunos califican como “indecisión” en Siria o Ucrania.

China, por su parte, en paralelo a la afirmación rotunda de sus intereses en la periferia inmediata, desarrolla una ambiciosa política que incluye la promoción de los intercambios económicos y comerciales, inversiones a gran escala, préstamos en condiciones ventajosas, cooperación tecnológica y educativa, etc., creando una tupida red de vínculos que no tienen competidor posible. Se trata de una oferta difícil de rechazar por los países de la región que, sin olvidar el papel jugado por Beijing en la crisis financiera de 1997 y reconociendo su beneficioso actuar en ciertos planos, no acaban de sintonizar con  unas reivindicaciones territoriales que si bien el PCCh ha asumido datan de la época nacionalista (KMT), casi todos consideran desproporcionadas, muy especialmente en el Mar de China meridional.

En la reacción de EEUU, utilizando el doble argumento de garantizar la libertad de navegación y facilitar el equilibrio de intereses regionales, prima cada vez más la apuesta por la contención, tratando de sumar a sus tesis a tres pesos pesados de la región: Japón, India y Australia, en torno a los cuales redefine y estimula unas alianzas militares que, por otra parte, sirven en bandeja el argumento a China de que trata de recurrir a la fuerza para cercarla e impedir su emergencia. La “agresividad” de la política estadounidense se complementa con un proyecto de integración económica, el TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), que tiene como característica esencial la inflexibilidad en la defensa del libre comercio en beneficio de los exportadores nacionales pero en detrimento de los intereses inmediatos de los países que intenta atraer a su órbita. Esta rigidez contrasta con la flexibilidad china a la hora de negociar tanto en plano bilateral (Corea del Sur), trilateral (Corea del Sur, Japón) o multilateral (RCEP, Acuerdo de Asociación Económica Integral). Como es sabido, el TPP es liderado por EEUU con exclusión de China y el RCEP es liderado por China con exclusión de EEUU.

Las ambiciones chinas, traducidas en la reclamación de soberanía sobre determinadas islas en disputa, la instalación de explotaciones petroleras en aguas cuestionadas, la habilitación de zonas de identificación de defensa aérea o zonas de control de pesca, la construcción de faros o balizas en islas disputadas, etc., reflejan claramente la voluntad de ganar terreno y proyección, anticipando posiciones en tanto EEUU no alcance un mejor posicionamiento en la zona (prevé en pocos años trasladar hasta el 60 por ciento de su flota a la región).

En paralelo, China reclama un orden de seguridad regional que reduzca y aleje las posibilidades de influencia de EEUU y sobre todo evite que el caos pueda instalarse en sus inmediaciones de igual forma que ha ocurrido en otras áreas del planeta en las que recientemente se ha prodigado el intervencionismo occidental (desde Oriente Medio al Norte de África). A cada medida adoptada por China para avanzar de facto en sus posiciones, los países de la zona advierten, más allá de los gestos, de la falta de medios concretos por parte de EEUU para proteger sus puntos de vista frente a China, lo cual desemboca en una clara división de pareceres entre las principales capitales afectadas.

En el Sudeste asiático, por ejemplo, de los cuatro países que tienen disputas con China (Brunei, Malasia, Vietnam y Filipinas), solo este último puede decirse que es un aliado indiscutible de EEUU. Vietnam aun confía en que una negociación bilateral con Beijing pueda amortiguar las tensiones y pondera las acciones en tal sentido, como el desmantelamiento de la plataforma petrolera que la China National Petroleum había instalado en aguas cercanas a las islas Xisha o Paracel. Los otros dos asienten cuando China habla de exageración de los problemas. El peso económico de China influye igualmente en la actitud de Singapur, Indonesia, y por supuesto en la de Laos, Tailandia, Myanmar y, naturalmente, Camboya. Otro tanto podríamos decir en Asia oriental, donde el enfrentamiento sostenido por Japón no es secundado a pies juntillas por el otro aliado estadounidense en la región, Corea del Sur, con quien China podría firmar este mismo año un TLC. En cuanto a Taiwan, se comparte la preocupación por el aparente abandono de la política tradicional continental caracterizada por la moderación, tomando buena nota de una importante dependencia económica y la necesidad de contar con su visto bueno para poder optar a los foros de integración regional. Al mismo tiempo, Taipei promueve iniciativas propias como la Iniciativa de Paz para el Mar de China Oriental (2012).

El comercio entre China y los países de ASEAN se incrementó un 4,8% en el primer semestre de 2014 alcanzando los 220.690 millones de dólares y el monto de las inversiones sumó 120.000 millones de dólares a finales de junio. En 2013, el volumen comercial sumó 444.000 millones, con un incremento del 10,9%. China es el mayor socio de ASEAN y esta es su tercer socio.

La estrategia de Japón, a sabiendas de que la posición económica de China le confiere una superioridad notoria ante los vecinos más pequeños, consiste en multiplicar sus inversiones y vínculos económicos en la zona. En 2013, por ejemplo, los países de ASEAN han visto aumentar las inversiones japonesas hasta un 17,3%, mientras que las inversiones en China evolucionan a la baja: un 50% menos en los seis primeros meses de 2014. Entre 2012 y 2013, Shinzo Abe visitó los 10 países de ASEAN con un mensaje sin disimulo a favor de promover el acercamiento mutuo para contener a China. Aunque ambos países maniobran recientemente para lograr un consenso moderador de cara a la cumbre de la APEC que debe celebrarse en Beijing en noviembre de 2014 y tratan de mitigar los efectos económicos de sus desavenencias, nada parece indicar que esta competencia por la influencia y el liderazgo regional vaya a modificarse sustancialmente.

El otro pilar de esta ecuación es Australia, cada vez más inmersa en la estrategia militar estadounidense para la región, aceptando la presencia de más tropas, multiplicando los ejercicios navales y aéreos y  abrigando una mayor presencia de cazas y bombarderos de la US Air Force.

El giro en la actitud de Japón, el aumento de los acuerdos de defensa, especialmente con Filipinas y Australia y, en menor medida, con otros países de la zona, así como las discusiones para la instalación de un escudo anti-misiles refuerzan la denuncia china del carácter profundamente agresivo del “Pivot to Asia”, por más que se señale que el reforzamiento del dispositivo militar tenga por único objeto alcanzar un escrupuloso equilibrio, a su vez garantía de la paz en la región. China va aun por muy detrás de EEUU en capacidades defensivas y no cuenta con aliados militares ni bases en la región.

En lo que se refiere a India, la actitud es más compleja, fundamentalmente por la subsistencia de poderosos vínculos con Rusia. De hecho, por ejemplo, Nueva Delhi, a pesar de su reciente acercamiento a Washington, secundó a Moscú en el contencioso de Crimea y Ucrania. India y EEUU mantienen importantes divergencias en el ámbito económico y comercial. Su tradicional política de no alineamiento dificulta la plasmación de una alianza estratégica a pesar de las reservas que mantiene, claro está, en relación a China (especialmente por las diferencias territoriales en Arunachal Pradesh y Aksai Chin), con quien comparte espacio en los BRICS. Pero EEUU no ceja en su empeño de cortejar a India para reforzar la cooperación en materia de seguridad e incluso aproximarla a Japón, convirtiéndola en compradora de sus equipos militares.

¿Qué papel pueden tener los países de la zona para influir en el devenir de los acontecimientos? Japón, India, Indonesia o Australia, pero también otras pequeñas potencias de la región, tienen a su alcance la posibilidad de adoptar políticas activas para una gestión apropiada y constructiva de sus intereses, hoy a la sombra del rumbo que dibujen EEUU o China. En tal sentido, tanto podemos encontrar países que parecen haberlo apostado todo por uno o por otro, como también quienes abrazan el no alineamiento y la potenciación de los foros multilaterales.

El presidente chino Xi Jinping igualmente trata de abrir grietas en la aparente solidez de las alianzas de EEUU. Visitó Seúl en julio de 2014, precedido de un claro distanciamiento del líder norcoreano, Kim Jong Un, con quien no ha coincidido desde su acceso a la secretaría general del PCCh en noviembre de 2012 en lo que se interpreta como un ejercicio de presión estratégica para influir en el curso político de Pyongyang. Beijing intenta convencer a Seúl de que hacer depender la seguridad regional de EEUU es totalmente incoherente. El argumento para atraer a Seúl radica en el compartido temor a las afirmaciones de poder de Japón y la negativa a aceptar la nuclearización militar de Corea del Norte. A fin de año podrían culminar el TLC que vienen negociando. La visita a Seúl se produjo a los pocos días de que Japón decidiera enmendar su Constitución para permitir el uso de sus fuerzas armadas en la región, una medida muy impopular también en Corea.

La posición explicitada por China denuncia los intentos de reavivar las alianzas militares  a las que contrapone la propuesta de activar mecanismos para una seguridad común sin intervención exterior. El “concepto chino de seguridad en Asia” apunta a una seguridad regional sin EEUU.

Washington, por su parte, puso en marcha en 2011 la estrategia Pivot to Asia buscando un pretendido “reequilibrio” de las influencias de modo que a través de iniciativas políticas, económicas y militares lograra preservar su influencia estratégica en la región trasladando un mensaje de tranquilidad a sus aliados. La raíz esencial de este proceder apunta a contrarrestar el poder creciente de China en la zona económica más dinámica del planeta. Pese a ello, tras tres años de implementación de esta política, que China ha contestado con vehemencia discursiva y fáctica, no se han despejado las dudas sobre su operatividad en un marco de dudas sobre la economía de EEUU que incide en recortes en materia de defensa, además de las incertidumbres que planean sobre la política interna de Washington y la reconsideración de su política exterior, antaño más dispuesta a hacer valer su peso a través del ejercicio de un liderazgo global en materia de seguridad que hoy está en entredicho. La percepción de que la Administración Obama prefiere liderar desde atrás se afianzó en el caso de Libia y reafirmó en episodios como Siria, Irak o Ucrania, con lo que sus proyecciones de poder despiertan incógnitas que no escapan a los países de la región y que China intenta aprovechar para hacer avanzar sus reclamaciones.

China y EEUU: una nueva guerra fría y otras opciones

La relación entre EEUU y China va a marcar el futuro de la seguridad en Asia. Su evolución en un sentido o en otro no está garantizada y los escenarios posibles son bien conocidos. Un primero estaría marcado por el agravamiento de las actuales discrepancias, lo cual podría conducir incluso a una guerra entre ambas potencias. Aunque improbable, no puede descartarse si las tensiones entre China y Japón o Filipinas no se reconducen y un enfrentamiento provoca la implicación directa de EEUU en apoyo de sus aliados. La chispa podría saltar igualmente en Taiwán si el actual clima benévolo se enrarece en virtud de un cambio en la política interna de la isla que apueste por el alejamiento del continente, a diferencia de lo que hemos visto desde 2008 en adelante. El alto nivel de interdependencia económica entre los hipotéticos países afectados y sus graves consecuencias amortiguan esta posibilidad.

Otro escenario vendría marcado por el auge de una guerra fría entre China y EEUU, que algunos consideran ya efectiva a la luz del nivel de las discrepancias exhibidas por las diplomacias de ambos países en diversos foros, a pesar de que, en contraste, el diálogo y los puentes, incluso entre los respectivos ejércitos, han aumentado considerablemente en los últimos años. Un enfrentamiento de naturaleza bipolar como el vivido con la ex URSS obligaría probablemente a los países de la región a decantarse a todos los niveles. En el Diálogo de Shangri-La, celebrado en junio de 2014 en Singapur, el jefe del Pentágono Chuck Hagel acusó a China de “desestabilizadora” por su proceder en las disputas marítimas en su entorno próximo. Hagel destacó, entre otros, que EEUU no reconoce la Zona de Identificación y Defensa Aérea aprobada por China en noviembre de 2013, mientras se deshacía en elogios a Taiwan por su disposición al diálogo (firmó un acuerdo pesquero con Japón y tiene otro en ciernes con Filipinas). Por parte china, tanto el general Wang Guangzhong como la diplomática Fu Ying, no rehuyeron el debate, denunciando las “declaraciones provocadoras” de Hagel, su “lenguaje hegemónico y palabras intimidatorias” que solo sirven para “avivar la inestabilidad y promover los enfrentamientos”. China explica este desarrollo de los acontecimientos por el temor estadounidense a la pérdida de la hegemonía.

¿Están China y EEUU abocadas a reproducir una guerra fría? La secuencia de gestos y acciones de ambas partes dibujan un escenario en que la confrontación parece ganar terreno (graves –e irónicas- acusaciones en materia de ciberseguridad por parte de la justicia estadounidense, informe sobre el considerable aumento de las capacidades militares chinas, etc.). En Shangri-La, EEUU se comprometió a continuar vendiendo armas y a prestar apoyo militar a los aliados y socios con quienes pretende construir una arquitectura regional de seguridad visiblemente enfrentada a China. El eje de esta apuesta, el llamado “reequilibrio estratégico”, descansa en la consolidación de la alianza EEUU-Japón y la irradiación de su influencia en el Sudeste asiático. El gobierno de Abe, con el argumento de la “amenaza china”, ha recibido a cambio el aval de EEUU para modificar su Constitución y convertirse en un país “normal” alterando el legado de la segunda guerra mundial, desairando más que nunca la sensibilidad de los países agredidos en su día. En caso de conflicto abierto, ante la dudosa implicación directa  del Pentágono en una hipotética guerra contra China, vendría quizás el siguiente paso: librarse de la tutela americana. Entonces, la “normalidad” sería completa.

Una confrontación entre China y EEUU sería un desastre y los dos países deben respetar la soberanía del otro, dijo Xi Jinping durante la inauguración de la sexta ronda del DEE (Diálogo Estratégico y Económico) entre ambos países, en julio de 2014, en Beijing. Una gestión constructiva de las diferencias debe incluir el reconocimiento por parte de EEUU de que China no solo es una gran economía sino también un país plenamente soberano que no aspira a ser un simple “hermano menor”.

China reitera que no tiene ninguna intención de desafiar a EEUU en Asia ni de expulsarlo de la región, siempre y cuando respete los intereses clave de China, empezando por no tomar partido en las tensiones regionales entre China y terceros países. Pero EEUU, que niega formalmente tomar partido mientras que su práctica evidencia otra cosa diferente, contempla sus alianzas en la región como una fuerza estabilizadora. Para China, es todo lo contrario. Desde el Renmin Ribao (12 de julio de 2014), el diario oficial del PCCh, se ha instado a ambos países a darse “mutuas garantías” mediante negociaciones y acciones para evitar posibles malentendidos, descalificando la hipótesis de que una nueva guerra fría se abra paso. Por el contrario, ambos deben consagrarse a la conformación de un nuevo modelo de relación entre grandes potencias.

Un tercer escenario nos conduciría a un orden determinado por el liderazgo absoluto de China, con una región dominada por la influencia de Beijing y condicionada por la restauración de los viejos reinos tributarios adaptados a la realidad contemporánea. No faltan voces que advierten de la naturalidad de esta opción a la vista de los factores históricos y geopolíticos que convergen en la región y de la incapacidad de EEUU para contrariar un declive que igualmente consideran históricamente inevitable. Esta perspectiva desataría expectativas preocupantes en aquellos países de la región que no confían en la benignidad de un liderazgo chino (Japón, Filipinas, Vietnam, Indonesia, Corea del Sur y hasta India o Australia). Esto produce cierta ansiedad ante las dudas que provoca el comportamiento futuro de China una vez consolide plenamente su reemergencia vistas sus dificultades para asumir códigos de conducta compartidos y los contornos del fin de su modestia pretendiendo zanjar de golpe los delicados asuntos legados por la historia.

En el otro extremo, pudiéramos imaginar un derrape del ascenso chino, con el agravamiento de sus tensiones políticas internas y el empeoramiento de sus índices económicos. Los riesgos de la actual fase china son elevados y no es descartable del todo que se produzca un apogeo dramático de la inestabilidad que malogre la culminación del dilatado esfuerzo modernizador del país. Si esta hipótesis se conjuga con el mantenimiento de las capacidades militares y tecnológicas de EEUU, reforzadas a su vez con las alianzas con sus socios en la región, Washington estaría en condiciones de perpetuar un liderazgo que hoy enfrenta horas bajas.

Otro escenario apunta a un entendimiento entre EEUU y China, toda vez ambos países sean capaces de crear ese “nuevo modelo de relaciones entre grandes potencias” que Xi Jinping y Obama apuntaron como guía de conducta en la cumbre de Sunnylands (2013). No parece fácil a la vista de la intensidad de las denuncias reciprocas de espionaje, de provocaciones diversas y de desentendimiento en las cuestiones más candentes de la agenda internacional. Ello tendría quizás cierta viabilidad en tanto en cuanto EEUU fuera capaz de admitir las consecuencias de la nueva pujanza china y hacer un hueco a su representatividad e intereses en los foros de la gobernanza global, desmotivando así su interés por abrir camino a nuevas instituciones superadoras del statu quo en un empeño oblicuo por dar paso a un nuevo orden, venciendo las resistencias de los líderes occidentales (la parte de los países del G7 en el PIB mundial pasó del 70% en su momento más álgido a menos del 50% en la actualidad). Por el momento, estos no se han mostrado capaces de infundir esperanzas y tranquilidad al coloso emergente, lo cual directamente conduce a una afirmación de sus intereses y políticas. La propuesta de un G2 o condominio global que en algún momento se formuló como mecanismo para evitar la confrontación, ha caído en saco roto.

No es descartable del todo sin embargo que en un momento dado, ambos países, conscientes de los peligros de la confrontación, apuesten incluso por establecer oficiosamente áreas de influencia que tengan en cuenta los intereses básicos de cada parte. Las autoridades chinas vienen planteando desde hace tiempo la necesidad de que los países terceros respeten sus “intereses centrales” entre los cuales cabe citar su sistema político pero también sus reclamaciones de soberanía. Ello confiere poco margen de negociación y obligaría siempre a EEUU a ceder posiciones en sus planteamientos reconociendo un papel a China en la gestión de los asuntos regionales. Ese marco podría ampliarse a India y Japón formando un directorio capaz de garantizar la estabilidad regional.

Pero no debiera minusvalorarse el alcance de iniciativas que apuntan a una evolución en positivo aunque rodeada habitualmente de polémica dada la actual incertidumbre. En 2014, por primera vez, China participó en los ejercicios navales multinacionales RIMPAC que lidera EEUU, los mayores del mundo. No faltaron en Washington voces clamando contra esta participación por temor al espionaje chino.

Una última opción a tener en cuenta es la co-participación de ambos países en la gestión de instituciones regionales y cooperativas llamadas a desempeñar un papel protagónico en la conducción de las tensiones. La realidad a día de hoy nos evidencia que ambos procuran apadrinar foros afines a sus posicionamientos, con exclusión del rival o competidor estratégico, consciente de que la eclosión de las diferencias obstaculiza sus respectivas ambiciones e impide el tratamiento constructivo de las cuestiones más sensibles.

China y Asia-Pacífico: propuestas y actitudes

China, por ejemplo, ha apostado claramente por revitalizar la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de la Confianza en Asia). La cumbre de esta organización, celebrada en Shanghai los días 20 y 21 de mayo de 2014, puso de largo la política china para Asia. En efecto, revalidando la vigencia de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica promovidos por Beijing en los años sesenta con India y Myanmar, el nuevo concepto de seguridad propuesto abunda en cuatro claves principales: desarrollo, estabilidad, cooperación, y, sobre todo, asiatización.

La CICA fue creada en 1992 a instancias de Kazajstán pero tardaría diez años en realizar su primera cumbre, bajo la sombra de los atentados del 11S. Ello explica que  el terrorismo figure entre los asuntos de mayor importancia en su agenda. Sin duda, para China este es un asunto igualmente importante a día de hoy. Horas después de finalizar la cumbre, una bomba explotaba en Urumqi, la capital de Xinjiang, causando un alto número de víctimas.

Ahora, bajo presidencia china tras el relevo otorgado por Turquía, la CICA encara el reto de erigirse como principal referencia en materia de seguridad de esa nueva Asia que con el 67% de la población mundial y un volumen económico equivalente a la tercera parte del global, podría, en solo tres lustros, representar la mitad del PIB total del planeta.

La heterogeneidad del continente y la multitud de complejidades y tensiones que habitan en su seno aconsejan que cualquier propuesta de entendimiento para la región incorpore valores como el respeto a la diversidad y el diálogo en igualdad de condiciones. Esto obliga a prescindir de tamaños y a desarrollar políticas inclusivas que permitan enfrentar las amenazas comunes.

Convertir Asia en una Casa Común de los asiáticos, abierta al exterior y comprometida con un nuevo orden de seguridad permitiría, sin duda, incrementar la influencia global del continente y garantizar el acompañamiento de las transformaciones económicas de las últimas décadas con avances que preserven la estabilidad blindando la región frente a dinámicas de diverso signo que la subordinen o la hagan más dependiente de actores externos.  

La propuesta exhibida por China en Shanghai apunta al fortalecimiento institucional de este foro, mejorando sus capacidades para pasar página de un concepto de seguridad basado en el axioma de las alianzas militares excluyentes y pilotadas por países ajenos a la región interesados en una perpetuación de sus carencias para preservar su influencia y/o hegemonía. China promueve una nueva arquitectura de seguridad regional con ella como actor dominante. Esa idea, que no es novedosa, abunda en la convicción de que los asiáticos pueden y deben resolver sus problemas por sí mismos, habilitando códigos y procedimientos basados en su especificidad cultural y civilizatoria, sin dejarse enredar por tanto por aquellos que piensan que quien no se alinea con Occidente, simplemente está aislado.

El nuevo concepto de seguridad propuesto por Xi en esta cumbre engloba la seguridad común, la seguridad global, la cooperación en seguridad y la seguridad sostenible. La seguridad común respondería a la necesidad de respetar y garantizar la seguridad de cada país, cualquiera que fuese su dimensión, riqueza o poder, de forma que no se sacrifique en beneficio de la seguridad de otro. Cada país debe tener el derecho de participar en los asuntos relacionados con la seguridad regional y todos deben compartir la responsabilidad de garantizarla, sin que ningún Estado ostente monopolio en estos asuntos.

La seguridad global responde a la necesidad de coordinar las esferas de seguridad tradicional y no tradicionales, incluyendo el terrorismo, los crímenes transfronterizos, el medio ambiente, Internet, etc.

La cooperación en seguridad permitiría avanzar la seguridad en cada país y en la región a través del diálogo y la cooperación. Xi propone que la seguridad de Asia resida en los pueblos de la región, sin perjuicio de cooperar con otros países ajenos, regiones u organizaciones.

La seguridad sostenible implica la necesidad de combinar desarrollo y seguridad para abrir camino a una seguridad duradera. El desarrollo económico, el progreso social y la mejora de las condiciones de vida reforzarían la seguridad, mientras que la pobreza y el atraso serían fuentes de inseguridad e inestabilidad.

El concepto se opone a la idea nipo-estadounidense de basar la seguridad en alianzas militares que solo pueden generar antagonismos, abriendo camino a un modelo otaniano que trasladaría la experiencia europea a la región formando una estructura militar bajo la égida de ambos países.

¿Puede la CICA hacer realidad tan ambicioso proyecto y convertirse en el pivote de la seguridad regional? En ella participan países de Asia occidental, central, meridional y oriental, además de Oriente Medio e incluso Egipto. Japón es observador, como EEUU y países del sudeste asiático como Filipinas, beligerante con China. La colaboración ruso-china, al igual que en la OCS, se afirma como su principal eje vertebrador y el hecho de que las relaciones entre ambas capitales vivan un momento de especial vitalidad insufla posibilidades de consolidación.

Para China, que en los últimos meses ha lanzado numerosos proyectos para la región (desde la revitalización de la Ruta de la Seda hasta los corredores económicos con Pakistán, con Bangladesh, India y Myanmar, y la Ruta Marítima de la Seda), disponer de una plataforma propiamente asiática con credibilidad para gestionar los contenciosos regionales es una cuestión de vital importancia futura. Si la CICA logra consolidarse como un sistema de seguridad multilateral que funcione conforme a parámetros no deudores de los criterios y políticas occidentales al uso, en el desarrollo de Asia y del mundo se atisba otro futuro. Pero por el momento, nos movemos aun en el plano del simbolismo y de las buenas intenciones.

Con esta cumbre, China demostró no solo renovadas capacidades sino también mayor voluntad de iniciativa a la hora de enfrentar los asuntos regionales y globales. El fin de su tradicional modestia debiera derivar en la afirmación de una arquitectura de seguridad basada en la cooperación pero para ello se requiere dotar de credibilidad un lenguaje común y compartido en la región. No es imposible, pero no será fácil a la vista de las poderosas sombras que a día de hoy cuestionan la viabilidad de tal política. 

Por el momento, la estrategia de Beijing parece orientarse a consolidar su influencia económica, solidificar los vínculos con sus aliados más fieles y avanzar posiciones en cuestiones conflictivas con vistas a ganar profundidad estratégica y erosionar la imagen y capacidades de EEUU en la zona. Por su parte, EEUU intenta diversificar sus alianzas, multiplicando los acuerdos bilaterales en materia de seguridad. Igualmente, en la misma línea, Washington apadrina los esfuerzos de Japón para aumentar la colaboración entre sus aliados, especialmente con Australia (2007) e India (2009).

En el ámbito multilateral, cabe destacar la formación en 2005 de la Cumbre de Asia Oriental que a medida que se ha ido ampliando ha ido perdiendo peso específico e interés. En el marco del Foro Regional de la ASEAN y la propia ASEAN, las posibilidades de convertirlos en referentes del nuevo tiempo son limitadas.

El nuevo concepto de seguridad en Asia formulado por Xi Jinping en la cumbre de la CICA consolida esa percepción de la inadaptación de estas estructuras a sus intereses de seguridad proponiendo una alternativa cuyo objetivo último es contrariar el afán estadounidense de anudar sus alianzas en la región. China quiere convertir la CICA en el órgano multilateral principal en el ámbito de la seguridad regional. Pero la CICA no incluye a países clave como Japón, Indonesia o Filipinas. Ni EEUU, por supuesto. Su lema, “Asia para los asiáticos”, refuerza la lógica del liderazgo chino reafirmando una posición ventajosa.

El problema, en suma, radica en la aceptación de los pequeños países vecinos que identifican riesgos en un poder chino sin contrapeso efectivo. Esto es válido principalmente para Filipinas, Vietnam y Japón. Y esto explica que muchos países de la zona opten por descartar su moderación en el plano defensivo y busquen ampliar la cooperación militar con EEUU, con el propósito, ahora sí, de equilibrar. Ahora bien, es evidente que confiarlo todo a una potencia extraterritorial para garantizar su seguridad puede ser un brindis al sol. Es por ello que la colaboración intraasiática parece aconsejable, excluyendo la participación en las fórmulas elegidas, flexibles por naturaleza, tanto de EEUU como de China.

Conclusiones

China ansía un reconocimiento de su recién adquirida posición de potencia regional y ello se plasma en un dominio que hace tabla rasa con las taras pendientes del pasado reciente en que su debilidad le impedía defender cabalmente su territorio.

El poder de China en la región tendrá que ser reconocido en algún momento. Puede verificarse a través de un compromiso entre China y EEUU o a través de un conflicto, lo cual podría llegar a ser desastroso.

China necesita construir en la región un discurso creíble y conciliador capaz de atraer a sus vecinos transmitiendo que un entendimiento con ella no significa subordinación en la práctica ni actualización de aquella superioridad del universo confuciano frente a los estados periféricos. El sistema de tributos preceptúa una jerarquía que le permite cierta finlandización de algunos países, algo similar a la actitud que impone EEUU a América Latina –y también a Europa-.  Será difícil para China imponer en la zona una jerarquía que pase por alto unas relaciones equitativas con independencia del tamaño de los países. El caso de la plataforma petrolera instalada en el Mar de China meridional en aguas reclamadas por Vietnam y la secuela de incidentes que originó, indica que no se puede infravalorar la reacción de los vecinos en un entorno a cada paso más nacionalista.

Sus avances en materia de defensa fueron corroborados recientemente con el anuncio de que está desarrollando un nuevo misil balístico intercontinental, el llamado Dongfeng-41, que se plantea como una respuesta al escudo anti-misiles que promueve EEUU. China efectuó ensayos del sistema terrestre de defensa de misiles en 2013, en el contexto del deterioro de las relaciones con Japón a raíz de la disputa por las islas Daioyu/Senkaku. Sus capacidades aumentan tan visible como rápidamente. En agosto, Japón publicó un Libro Blanco de Defensa (2014) en el cual, según China, crea “tensiones artificiales” al criticar el desarrollo militar y las actividades marítimas de China, exagerando “con malicia” la amenaza china.

En el Foro de Shangri-la (2014), China se mostró más decidida, en correspondencia con una actitud condicionada por una gran capacidad para programar y movilizar recursos, combinando iniciativas diplomáticas, económicas y en el orden de la seguridad. Dichas iniciativas tienen un denominador común, quebrar la credibilidad de EEUU como garante de la seguridad regional.

Habitualmente se considera que las motivaciones que inspiran la reclamación china de determinados entornos marítimo-territoriales están relacionadas con la existencia de hidrocarburos y gas en sus inmediaciones. La energía sería pues la causa. También la pesca. No obstante, de ser así, su explotación sería negociable. Pero si el quid radica en la soberanía, es mucho más delicado.

China tiene importantes opositores en la región, sin embargo, muchos de ellos son también vacilantes. De una parte, todos desconfían pero todos quieren comerciar con el gigante y aprovechar su tirón para mejorar las expectativas económicas beneficiándose de los impactos de su crecimiento. Por ejemplo, Corea del Sur es aliado de EEUU pero igualmente podría aproximarse a China frente a Japón, otro aliado regional de la Casa Blanca.

La fluidez de las propuestas en liza aventura una larga e intensa disputa. Lejos de una pasividad irremediable, los países de la región pueden influir en el curso de los acontecimientos en función de sus propios intereses, particulares y colectivos.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China (www.politica-china.org)

 

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