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Revista ZETA (Venezuela) 14 de Marzo de 2013 Mansilla Blanco

La geopolítica vaticana

El cardenal argentino José María Bergoglio asumirá un papado inmerso en una notoria crisis

El hecho histórico y hasta sorprendente que supone la elección del primer jesuita e hispanoamericano en ocupar el cargo de Sumo Pontífice, en este caso en manos del cardenal argentino José María Bergoglio, parece determinar una operación de carácter cosmético por parte del Vaticano, orientado a intentar potenciar un giro si cabe progresista en una Iglesia católica acosada por una crisis profunda de credibilidad.

Es indudable que el cardenal argentino José María Bergoglio, de 76 años, acaba de hacer historia. Será el primer jesuita proveniente de un país latinoamericano en ser entronizado como nuevo Sumo Pontífice, adoptando el nombre de Papa Francisco. Será, por tanto, el primer Papa no europeo desde que el sirio Gregorio III ocupara este cargo en el siglo VIII.

Con todo y ello, en el cónclave vaticano se impuso una variable focalizada en la geopolítica del catolicismo. La razón principal se debe a que la Iglesia católica comienza a observar a América Latina, el continente con mayor número de católicos creyentes, como el escenario clave de preservación de la fe, a pesar de la creciente proliferación de credos evangélicos y sincréticos en esa región.

Europa pierde la hegemonía

Bergoglio no aparecía entre los “papables” con mayor favoritismo, al menos en comparación de otros cardenales latinoamericanos como los brasileños Joăo Braz de Aviz y Odilio Scherer. Por tanto, el cónclave de 115 cardenales provenientes de 51 países finalmente decidió dar curso a la sorpresa y a un aparente giro geopolítico para la Iglesia católica, en particular rompiendo la tradicional (y hasta excluyente) preponderancia europea en el Vaticano.

Precisamente, el tentativo final de la hegemonía europea y, particularmente, italiana a la hora de elegir a los Papas, traduce un cambio geopolítico muy probablemente orientado en “refrescar” y hasta modernizar la imagen de la Iglesia católica. Ya en su carta de despedida, el anterior Papa Benedicto XVI pidió a Europa “una reflexión” mucho más plural que permita “salvar al catolicismo”.

El marcado tono conservador del Vaticano parece estar complicando la proliferación de la fe católica en Europa. Antes del cónclave que eligió a Bergoglio, el cardenal Christoph Schönborn no tuvo empachos en declarar que en Europa, “la Iglesia es vista como un cuerpo extraño”. El marcado secularismo de la sociedad europea y la radicalidad reaccionaria del Vaticano contra temas considerados tabú, como el matrimonio homosexual o el uso de anticonceptivos, son algunas de las razones que explican por qué la fe católica pierde creyentes en Europa.

El secularismo y la demografía pueden explicar, de algún modo, esta nueva realidad. Son cada vez más escasos los números de sacerdotes ordenados mientras la edad de los existentes aumenta considerablemente, atendiendo al mismo tiempo a numerosas parroquias. Del mismo modo, la separación entre la Iglesia y el Estado es una realidad notoria en una Europa cada vez más laica y secular. Por tomar un ejemplo: en un país tan católico y conservador como Irlanda, el ministro de Educación, Ruairi Quinn, anunció recientemente un plan para limitar el papel de la Iglesia en las escuelas públicas.

Esta realidad no se limita al espacio estrictamente europeo. En EEUU una investigación del National Catholic Reporter estimó que un 60% de los católicos apenas concede importancia a la Iglesia en materia de moralidad sexual mientras que una parroquia de cada cinco no tiene párroco.

El peso latinoamericano

Pese a la pérdida de creyentes, Europa sigue dominando los cónclaves y la cúpula vaticana. Pero la demografía católica parece estar cambiando esta geopolítica que bien pudo influir en la reciente elección del nuevo Papa.

América Latina tiene el 42% de los 1.200 millones de fieles católicos a nivel mundial, pero su representación en el cónclave vaticano apenas fue del 16%. Siguiendo con estas proporciones, África, el continente donde más ha aumentado la población católica en los últimos años, conservando actualmente un 12% de los fieles, tuvo una representación del 9,4% en el cónclave cardenalicio. Asia es otro continente en ascenso, con un 10% de la población católica mundial pero igual proporción en el cónclave que la representación africana: un 9,4% Por tanto, la necesidad de renovación traducida en un giro de carácter geopolítico determinado por la demografía católica, fue la primera perspectiva que permitió la elección del cardenal Bergoglio como el nuevo Papa Francisco.

La Iglesia católica es aún considerada como la institución más respetada a nivel social en América Latina, siendo países como Brasil, México, Perú o Colombia los que mayor población católica conservan. La potenciación de las peregrinaciones, en especial la de la Virgen de Guadalupe en México, la Virgen de Luján en Argentina o del Señor de los Milagros en Perú, es igualmente un factor que refuerza el reciente peso geopolítico latinoamericano en el Vaticano.

Otro factor que pudo influir en esta eventual renovación de la Iglesia católica con la elección papal del cardenal Bergoglio, es el avance de los credos evangélicos y otras manifestaciones de religiosidad popular, como la santería y otros credos sincréticos, a nivel latinoamericano. El Vaticano manejaría, por tanto, un efecto simbólico traducido en la elección de un Papa latinoamericano, con la intención de preservar y renovar la fe católica en América Latina, es especial con la finalidad de amortiguar y frenar el avance de otros credos.

Las polémicas del nuevo Papa

El origen jesuita de Bergoglio pareciera enfocar la imagen de un progresismo en la Iglesia orientado a recuperar una credibilidad muy cuestionada en los últimos tiempos. Un aspecto clave que determinará en qué medida el conservadurismo tradicional del Vaticano se verá obligado a abrir nuevas perspectivas ante temas polémicos como el matrimonio homosexual, el uso de preservativos, el matrimonio para los sacerdotes e incluso el ordenamiento de mujeres sacerdotes.

Aquí la realidad puede resultar divergente. La elección de Bergoglio parece suponer que la reforma y una mayor descentralización política de la cúpula vaticana pueden suponer la prioridad central para el Vaticano. Pero su elección no esclarece la posibilidad de una mayor horizontalidad de la tradicional verticalidad política vaticana. Incluso, la perspectiva de incluir a laicos en esta reforma de la curia puede convertirse en un problema político de notable intensidad para el nuevo Sumo Pontífice.

En este sentido, resulta dudoso que el nuevo Papa pueda revertir las luchas intestinas vaticanas que muy probablemente motivaron la renuncia del anterior Sumo Pontífice Benedicto XVI, en especial ante la puja de poder interna entre el cardenal Ángelo Sodano, decano del Colegio de Cardenales; y el cardenal Camarlengo Tarcisio Bertone, el Nº 2 del Vaticano tras el Papa. En este sentido, el de las luchas intestinas, puede resultar sintomático el hecho de que el propio Bergoglio aparentemente pidió no ser votado por la curia cardenalicia para ser elegido como el nuevo Sumo Pontífice.

Todo ello estará salpicado por la caída de credibilidad en la imagen de la Iglesia católica, en especial ante el impacto del escándalo de Vatileaks en 2011 que reveló las entrañas de corrupción y poder en el Vaticano, y en especial ante los casos de pederastia en la curia cardenalicia, especialmente en EEUU. El reto de modernización y renovación de la Iglesia estará muy probablemente determinado en cómo el Vaticano logrará revertir estos escándalos pero, principalmente, en cómo el nuevo Papa Francisco logre equilibrar el pulso político de los cardenales Bertone y Sodano.

Polémicas de las que no escapa el propio cardenal Bergoglio. En su natal Argentina, las Abuelas de la Plaza de Mayo le han llegado a acusar de presunta connivencia con la dictadura militar argentina (1976-1983), incluso por su silencio ante los casos de bebés robados y de sacerdotes críticos desaparecidos. En este sentido, el silencio de Bergoglio a la hora de condenar los crímenes de la dictadura militar ha sido una acusación permanente por parte de diversos sacerdotes argentinos.

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