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IGADI 27 de Maio de 2014 Toro Hardy

La lógica de Putín

Occidente y Rusia tienen lecturas muy distintas de lo que ha ocurrido desde la desaparición de la Unión Soviética, configurando aproximaciones contrapuestas en relación a los temas de Ucrania y Crimea. La perspectiva occidental es de sobra conocida y se expresa en la tesis de los beneficios que han sido extendidos a los países que conformaron la antigua órbita soviética, al hacerlos participes de su sistema de valores, de sus mecanismos de integración y de su sistema de defensa colectiva.

            Para Rusia, en cambio, lo acontecido desde el colapso soviético no ha sido más que una larga sucesión de humillaciones en manos de unos Estados Unidos y una Europa triunfalistas y prepotentes. A fin de cuentas Rusia ha sido gran potencia mundial desde comienzos del siglo XVIII y superpotencia entre finales de la Segunda Guerra Mundial y 1992. El primero de los dos Bush comprendió bien que lidiar con un poderoso animal herido requería de cuidado especial. Según sus palabras: “Tratar con un rival herido es tan complejo como hacerlo con uno que se encuentra en el pináculo de su poder”. Esta constatación de sentido común no fue aceptada por sus sucesores para quienes el vencedor debía imponer sus términos. Ello a pesar de que se confrontaba una implosión y no una derrota militar.

            Primero vino el proceso de reconvertir a la economía rusa mediante la aplicación de la terapia de choque propia del Consenso de Washington. El resultado fue la aparición de una casta plutocrática que se hizo con el control económico del país hasta la llegada de Putin, así como una contracción dramática del gasto social que condujo a la pobreza a 20 millones de personas.  Luego vino la negativa a reconocerle a Rusia una esfera de influencia propia. Esto se tradujo una agenda particular que se fue materializando por etapas sucesivas. Allí cayeron el ingreso a la OTAN de Hungría, Polonia, República Checa, Letonia, Estonia, Lituania, Bulgaria, Rumania, Eslovenia y Eslovaquia, así como la oferta de inclusión de Ucrania y Georgia. Contraviniendo las garantías dadas a Gorbachov se transformó al vecindario de Rusia en una esfera de influencia ajena de naturaleza hostil. El bombardeo a Belgrado y la ocupación de Serbia por parte de la OTAN, así como el posterior reconocimiento a la independencia de Kosovo por encima de las objeciones rusas, cayeron dentro de este mismo capítulo. El apoyo a las revoluciones de los colores en Ucrania, Georgia y Kirguistán, dentro de la llamada “Agenda de la Libertad” impulsada por Washington, también entraba allí. A la vez Estados Unidos abandonaba el Tratado Anti Balístico Misilístico con Moscú, propulsando un escudo anti misilístico en Polonia, Hungría y República Checa. Ello se traducía en la manifiesta minusvalía del armamento nuclear ruso. Entre tanto se buscaba socavar al Consejo de Seguridad de la ONU, único espacio donde Moscú mantiene estatus paritario con Washington. Desde Irak hasta Libia se han circunvalado o manipulado los mandatos del mismo, quitándole significación a la voz rusa.

 

       Paso a paso se ha buscado conducir a Rusia a la más absoluta irrelevancia. Lo siguiente hubiese sido transformar a Crimea en base naval de la OTAN. ¿Cómo no comprender a Putin?

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais