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17 de Decembro de 2019 Toro Hardy

La reacción frente al gran capital

Tras el colapso económico del año de 1929, el keynesianismo sentó  las bases del papel interventor del Estado en la sociedad norteamericana. En los años treinta el “New Deal” de Franklin Delano Roosevelt definió la orientación a seguir y, en los años sesenta, Lyndon B. Johnson con su “Gran Sociedad” amplió la vocación ductora e incluyente del Estado. De su lado, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la Social Democracia y la Democracia Cristiana proyectaron sobre la Europa continental al Estado asistencialista, promotor y regulador. Otro tanto haría el laborismo en el Reino Unido. Todo ello entrañaba una alta valoración del sentido de lo colectivo.

Para el momento en que se produce el colapso del comunismo, sin embargo, el mundo occidental venía de regreso de las visiones sociales incluyentes, así como de la concepción de un Estado que intervenía para preservar el interés colectivo. El binomio Reagan-Thatcher puso en marcha un retorno a las raíces del individualismo liberal, haciendo de este nuevo liberalismo –neoliberalismo- un fenómeno mundial.

Al comenzar el siglo XXI el mundo giraba alrededor de un agresivo individualismo que había hecho del lucro su valor más emblemático. Desde que Konrad Peutinger se transformó en el primer gran cultor del lucro, a comienzos del siglo XVI, nunca se había llegado a tales extremos. Según escribía Cynthia Crossen, Editora Senior de The Wall Street Journal: “Deepak Chopra exhorta a sus seguidores a pensar en términos de prosperidad y a dejar que sus espíritus se dejen imbuir por la conciencia del lucro. La riqueza ha dejado de ser un hecho para transformarse en un estado de ánimo, en una apertura mental proclive a su materialización”. (The Rich and How They Got that Way,London, 2001).

El resultado del individualismo y del afán de lucro desatados, sirvió de sostén a los excesos financieros que pusieron en marcha a la crisis devastadora por la que atravesó el capitalismo a partir del 2008. A varios años de dicha crisis, sin embargo, la desconexión entre el lucro desmesurado de unos pocos y la preservación del empleo de muchos, sigue resultando alarmante. La economía global se ha transformado en una feroz competencia entre el sudor de la mano de obra de menor costo y las tecnologías supresoras de empleo. Los rezagados de este proceso, quienes no encuentran capacidad de respuesta frente a lo uno o lo otro, se contabilizaban por cientos de millones. Entre tanto, deacuerdo a un Reporte de Forbes de marzo 2017, para ese momento habían 2.043 billonarios con una riqueza combinada de 7.6 millón de millones de dólares. Ello representaba más que la riqueza combinada de 152 países.

Poco a poco, y por distintas vías, comenzaron a evidenciarse las reacciones contra ese estado de cosas. El Papa Francisco se hizo adalid del ideal social de lo colectivo. En su Mensaje de la Celebración del Día Mundial de la Paz del 1 de enero de 2016, el Pontífice señalaba: “Hay muchas razones para creer en la capacidad del ser humano de actuar conjuntamente y en solidaridad sobre la base de la interconexión y la interdependencia, demostrando preocupación por los más vulnerables entre nuestros hermanos y hermanas y en función del bien común. Esta actitud de responsabilidad mutua encuentra sus raíces en nuestra vocación fundamental de fraternidad y vida en común”.


Por otras vías, apereció la prédica populista. Esta ha pasado a cobrar inmensa fuerza en Estados Unidos y Europa, luego de haberlo hecho en el mundo en desarrollo. El denominador común de todos estos movimientos y partidos populistas es su carácter anti sistema. Todos ellos se postulan como cabal representación del pueblo frente a las élites. El populismo de izquierda centra su animadversión en condiciones económicas adversas, identificadas con las política desarrolladas por la élite dominante. El populismo de derecha extiende su rechazo a los inmigrantes, sin por ello dejar de lado el tema del desplazamiento económico.

Dos de los cuatro pre candidatos presidenciales  con mayor fuerza en la contienda del partido Demócrata, se inscriben dentro de esta tendencia. De hecho, Elizabeth Warren quien se perfila como probable ganadora, ofrece desmembrar a las grandes empresas tecnológicas y aplicar fuertes regulaciones a los sectores financieros y tecnológicos estadounidenses. Desde la crisis financiera del 2008, ésta viene hablando de depurar en profundidad al sistema financiero estadounidense. Ahora su mensaje se ha ampliado a multiplicar las oportunidades de los excluidos.

La fuerza del dinero nunca había sido mayor que ahora. De hecho, un reporte del Foro Económico Mundial del 19 de octubre de 2016 señalaba que de las 100 mayores entidades económicas del mundo 69 eran corporaciones y sólo 31 estados-naciones. Sin embargo, la reacción al interior de los estados-naciones contra el poder del gran capital, se hace cada vez más potente.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais