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IGADI 11 de Abril de 2016 Toro Hardy

Los británicos y Europa: ambivalencia y vaivenes

Como miembro de la Unión Europea el Reino Unido parecía haber asumido un matrimonio a largo plazo con el continente europeo. No obstante un referéndum a celebrarse el próximo 23 de junio determinará si el matrimonio sigue o si las partes se divorcian. Ello constituye un capítulo más de la inmensa ambivalencia que los ingleses han tenido frente a sus vecinos del continente y que ha conformado una historia signada por flujos y reflujos.

            En 1558 los franceses reconquistaron la última posesión inglesa en territorio francés: Calais. Era la presa remanente de una largo período de ocupaciones inglesas en ese país y su caída cerraba un capitulo. A partir de ese momento, y salvo por una participación limitada en tres conflictos europeos en el siglo XVIII, los británicos volcaron su atención hacia los amplios espacios marítimos. Con el tiempo esto les permitiría transformarse en la mayor potencia imperial que ha conocido la humanidad. El darle la espalda a Europa tuvo sin embargo sus costos. La política hegemónica de Napoleón, a comienzos del siglo XIX, hizo que Gran Bretaña despertara violentamente de su sopor insular para verse sometida a un bloqueo continental que abarcaba desde Rusia hasta España.

            Ello les hizo comprender que un continente controlado por una potencia hostil les representaba una amenaza mortal. Tras la derrota napoleónica el aislamiento precedente fue sustituido por el llamado “compromiso continental”. El mismo se asentaba en la idea de que no era posible desentenderse de los asuntos europeos. Su participación en dichos asuntos quedaba circunscrita, no obstante, a casos extremos en los que el equilibrio europeo se viese amenazado. En virtud de tal política se negaron a participar en el denominado “Sistema de Congresos”, mediante el cual los países que vencieron a Napoleón se juntaron para perseguir a las ideas liberales y nacionalistas que emergían en Europa.

            Poco a poco, sin embargo, los límites que se habían fijado se relajaron. Gran Bretaña comenzó así a involucrarse en los dimes y diretes que sacudían a Europa, formando alianzas por acá, participando en guerras por allá y ofreciendo protección por acullá. El resultado de este deslizarse en los asuntos europeos fue la pérdida de un millón de hombres en los campos de batalla franceses y turcos durante la Primera Guerra Mundial. Finalizado este terrible conflicto el Reino Unido constató incrédulamente los extremos a los que había conducido su involucramiento continental. Era una repetición de la incredulidad con la que un siglo antes habían contemplado las consecuencias de su aislacionismo. Y si el resultado de aquel los había hecho volver a Europa, el resultado de su involucramiento continental los conducía ahora de regreso hacia un nuevo aislacionismo.

Para adelante y para atrás

            El país volvía así a sumirse en el sopor insular, lo que venía acompañado por un énfasis en sus propios problemas económicos y por el abandono de las políticas armamentistas. Ello los hizo desoír los llamados de Churchill, quien alertaba frente a los riesgos de una Alemania que se hacía cada vez más poderosa y agresiva. El año 1939 vino nuevamente a despertar con violencia a un país que creyó poder mantenerse al margen de los problemas continentales. Esto los condujo a un conflicto que hubiese podido evitarse de no ser por su inacción frente a las manifestaciones iniciales del expansionismo nazi.  Repitiendo la experiencia de la era napoleónica Gran Bretaña debió enfrentarse de nuevo a todo un continente hostil, soportando durante dos años el peso de una guerra solitaria.

            El fin de la Segunda Guerra Mundial implicó la renovación de su política continental. La misma, sin embargo, encontró un contrapeso en su nueva relación privilegiada con Washington. Esta ambivalencia de prioridades entre Europa continental y EEUU hizo que De Gaulle viese con profunda desconfianza a los británicos y se opusiese a su entrada a la Comunidad Europea. De alguna manera su estrecha vinculación a Washington venía a convertirse en una prolongación de sus viejos impulsos hacia los horizontes marinos.

            Aunque Reino Unido no fue uno de los seis fundadores de la Comunidad Europea en 1957, logró incorporarse a esta organización en 1973. Fue, eso sí, uno de los signatarios de Tratado de Maastricht que dio nacimiento a la Unión Europea en 1993. Nunca, sin embargo, se incorporó a la zona del Euro o al Acuerdo Schengen, buscando salvaguardar su especificidad en materias monetaria y de acceso a su territorio. Pero a pesar de esta distancia frente a los países más comprometidos con la Unión Europea, todo parecía indicar que su futuro se hallaba unido a ésta.

            Nuevamente, sin embargo, la ambivalencia británica frente a Europa llega a otro de sus puntos álgidos. La inmigración masiva y el terrorismo que sacuden al continente, unidos a la tormenta económica que asoló a la Eurozona, parecieran estar saturando los límites de su compromiso europeo, amenazando con otra vuelta atrás.

 

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