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IGADI 15 de Setembro de 2014 Toro Hardy

Los trotes de Washington: Del repliegue a la sobre expansión

La guerra de Afganistán contribuyó de manera decisiva al agotamiento económico de la Unión Soviética y a la necesidad de adentrarse en un proceso de reformas que condujo a la implosión de su sistema. Osama bin Laden, quien jugó un papel protagónico en la yihad islámica que enfrentó a los soviéticos en Afganistán, quiso repetir la misma experiencia con Estados Unidos. En palabras de Joseph Stiglitz buscó “desangrar a Estados Unidos hasta llevarlo a la bancarrota”.  Al golpear el orgullo y la sensación de estabilidad de una potencia hegemónica apostó por una sobrerreacción que la dejaría exhausta.

Bush cayó claramente en la trampa de bin Laden al poner en marcha todos los mecanismos del poder imperial. Si bien los costos combinados de Afganistán, Irak y la seguridad doméstica (“homeland security”), contabilizados en millones de millones de dólares, no condujeron a la bancarrota económica, si dispararon exponencialmente los déficits fiscales y la deuda pública. Para el columnista del Washington Post Ezra Klein existiría incluso una relación de causalidad entre la invasión a Irak y la potente crisis económica de 2007-2008.

El pesado fardo de la deuda pública ha potenciado a la vez la disfuncionalidad del sistema político estadounidense conduciéndolo a sucesivos bloqueos institucionales. No en balde la palabra austeridad domina el léxico político de ese país. Es así que Obama asumió como prioridad el retorno de las tropas en Irak y Afganistán y la reducción significativa de los gastos de defensa. El presupuesto para el 2015 contempla el menor número de uniformados militares desde 1940.

Los planes de repliegue planteados por Obama chocan, no obstante,  con tres nuevos retos superlativos en el plano internacional. Dos de ellos son herencias dejadas por administraciones pasadas, mientras que el tercero es de su propia hechura. El EIIL (Estados Islámico de Irak y el Levante), Rusia y China convergen como puntos de tensión que habrán de echar por tierra la aspiración estadounidense de reducir sus compromisos internacionales y los costos económicos asociados a ellos.

En la génesis de EIIL concurren la yihad islámica que Estados Unidos ayudó a reclutar y a armar para enfrentarse a los soviéticos en Afganistán (y que luego regresaría bajo nuevo ropaje para espantarlos un 11 de septiembre), así como los demonios desatados al golpear la falla tectónica entre los mundos sunitas y chiitas al invadir a Irak. Ahora Washington debe confrontar en EIIL a una confluencia de la yihad islámica con vestigios de la Guardia Republicana de Saddam Hussein, en medio de un entorno enardecido por la confrontación étnico-religiosa y por el debilitamiento de las estructuras estatales. Si bien el costo en sangre no se plantea elevado para Washington, no ocurrirá lo mismo con la factura económica de los bombardeos, los cuales se prolongaran por años.

Rusia, de su lado, reasume su condición de adversario estratégico dentro del contexto de una nueva Guerra Fría. La génesis de la actual crisis ucraniana, detonante de la dinámica anterior, se remonta al desplome de la Unión Soviética. Si en aquel momento se hubiera transformado a la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en eje de la seguridad europea, como insistentemente lo pedía Rusia, la evolución de los acontecimientos hubiese sido otra. En su lugar no sólo se dejó a cargo de esa función a una institución nacida y alimentada para adversar a Rusia, como lo era la OTAN, sino que se procedió a una expansión sistemática de ésta hacia el Este.  Ello, unido a otras muchas iniciativas tendientes a disminuir el poder remanente de Rusia, terminó haciendo crisis al cruzarse la línea roja representada por Ucrania. Ahora Washington confronta la amenaza de 8.500 misiles nucleares y de un ejército repotenciado y moderno. Hacer frente a ello requerirá de ingentes gastos armamentistas, particularmente en sistemas anti misilísticos.

Las fuertes tensiones con China, por su parte, son resultantes de la política del “pivote” Asia, desarrollada por Obama. La misma busca contener a China y hace causa común con quienes mantienen diferendos marítimos con aquella. Al hacerse partícipe de las controversias regionales y al oponer el peso del “status quo” a una China que busca superar las inequidades heredadas de sus tiempos de debilidad, Washington compra para sí un conflicto de alta intensidad potencial. Los costos económicos aquí involucrados son inmensos ya que se desafía lo que John Mearsheimer ha denominado como el “poder paralizante de la distancia acuática”.

Hay un axioma claro: Estados Unidos tenderá a hacerse más débil en la medida en que sobre extienda su fortaleza. Es así como se agotaron los grandes imperios de la humanidad. Con una deuda pública que supera los 17 millones de millones de dólares Washington no está para esos trotes.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais