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El Faro de Ceuta (España) 14 de Xullo de 2013 Alvarado Roales

Marruecos: escenarios de gobierno islamista ante la huida de Istiqlal

La retirada del partido Istiqlal del gobierno marroquí coloca en una delicada posición al primer ministro Abdelillah Benkirane.

“(Abdelillah) Benkirane es nuestro (Mohamed) Morsi”, ha afirmado de forma tajante el secretario general del partido Istiqlal (liberal-nacionalista), Hamid Chabat, estableciendo un paralelismo entre el gobierno del islamista Partido para la Justicia y el Desarrollo (PJD, liberal-islamista) en Marruecos y los depuestos Hermanos Musulmanes en Egipto. En declaraciones a un semanario francófono de la plaza el líder del partido de la balanza asegura que “(Benkirane) actúa como el jefe de un clan, no habiendo comprendido que ahora es el jefe de gobierno y no de un único partido, identificado éste con una asociación de predicación”. Una referencia clara al particular modus operandi del histriónico líder islamista y a la ascendiente que sobre el PJD tiene el Movimiento para la Unicidad y la Reforma (MUR), conocido por sus posiciones reaccionarias. 

Llegado a la secretaría general  en septiembre de 2012, tras un controvertido Congreso que lo enfrentó a los sectores más tradicionalistas de su partido, la conclusión de Chabat no puede ser más diáfana: “El balance de la acción gubernamental es un fracaso total y Benkirane es el principal responsable”. 

Reprochando a los islamistas su falta de concertación con las demás componentes de la coalición de gobierno (el conservador-berberista Movimiento Popular y el ex comunista Partido para el Progreso y el Socialismo), así como su ineficacia ante la delicada situación económica y social que atraviesa el país y reafirmando, de paso, su poder sobre “la familia”, en alusión a los sectores más tradicionalistas del partido nacionalista, Chabat ha terminado por conducir a los suyos fuera gobierno. Una decisión sancionada hace ya dos meses por el consejo nacional del Istiqlal pero en suspenso a instancias de Mohamed VI quien en su rol constitucional de árbitro del juego político (artículo 42) pidió conocer del propio Chabat los motivos una tal deriva. Tras serle remitido un memorando explicativo el rey rechazó en último término inmiscuirse en la crisis que opone a los partidos de la balanza y de la lámpara, a Chabat y a Benkirane. “El Istiqlal es un partido soberano y es a él solo a quien corresponde tomar sus decisiones”, habría sido el veredicto final de Mohamed VI, según ha trascendido a los medios a través del portavoz del partido, Adil Benhamza.

Tras dos meses de suspense, habiendo recibido el visto bueno del jefe de Estado, el 9 de julio cinco de los seis ministros del Istiqlal presentaron su dimisión. Faltó a la cita Mohamed El Ouafa, titular de educación nacional, que se arriesga a sanciones por no seguir la disciplina de partido. “No podíamos participar más de la catástrofe a la que este ejecutivo nos aboca”, enfatizó un ex ministro de anteriores gobiernos, Adil Douiri, uno de los hombres de máxima confianza de Chabat, también secretario general de la Unión General de Trabajadores de Marruecos y alcalde de Fez. Nizar Baraka, Fouad Douiri, Abdessamad Qaiouh, Abdellatif Maâzouz y Youssef Amrani, los ministros dimisionarios, permanecerán en función hasta que se constituya un nuevo gabinete. “Empujaremos al gobierno a elevar el ritmo de trabajo e implementar las reformas que el país necesita desde la oposición”, sostiene Benhamza. El Istiqlal ya ha iniciado un acercamiento con su otrora socio de la Koutla Democrática, durante noventa, la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP, socialdemócrata). Chabat y Driss Lachgar, primer secretario socialista, han mantenido diversos encuentros para fijar una estrategia común desde el parlamento.

Escenarios de crisis

Con la retirada del Istiqlal del gobierno los islamistas se enfrentan a dos escenarios principales: una reforma gubernamental sobre la base de nuevas alianzas políticas o incluso la convocatoria de elecciones anticipadas. La salida más sencilla para desbloquear la actual crisis es la entrada en la coalición gubernamental de un nuevo partido que sustituya al Istiqlal. La alternativa más plausible para el PJD es la Reagrupación Nacional de Independientes (RNI, liberal) del ex ministro de Economía y Finanzas en el gobierno de Abbas El Fassi, Salaheddine Mezzouar. Y ello a pesar de que durante la campaña de las últimas legislativas la formación de la paloma lideró el G8, una coalición de partidos cuyo objeto era cerrar el paso al islamismo político. Los contactos y gestos se han multiplicado durante los últimos días, dotando de cierta credibilidad a esta alternativa de gobierno. 

Próximos a Mezzouar aseguran que el RNI, que cuenta con 52 escaños parlamentarios (frente a los 60 del Istiqlal) no se conformará con ser una solución de emergencia para el PJD. Además de revisar el programa gubernamental, el RNI ambiciona la presidencia de la cámara baja y algunos ministerios clave, algunos de ellos hoy en manos de dirigentes del partido de Benkirane. Aunque numéricamente no es necesario, la nueva coalición gubernamental podría también incluir a la Unión Constitucional (UC, conservador-liberal), que cuenta con 23 escaños en el hemiciclo. La UC ha mostrado su predisposición a entrar en el gobierno y su líder, Mohamed El Abied, ya ha afirmado que “sería una buena ocasión para formar una coalición auténticamente de derechas”, si exceptuamos al PPS.

No obstante, en el seno del PJD algunos responsables no son desfavorables a la eventualidad de convocar elecciones anticipadas. Según estos, un tal escenario permitiría clarificar la situación política actual del país. Un sondeo publicado a finales de marzo por el semanario casablanqués La Vie économique otorgaba a la gestión del PJD un 66% de opiniones favorables. Pero a pesar de no sufrir la formación islamista la usura del poder, la geografía del voto no se alterada de forma sustancial y el escenario postelectoral sería similar al actual, con un panorama político muy fragmentado y necesitado de consolidar nuevas coaliciones para gobernar al país. Quizás sea este el escenario más temible y catastrófico para Marruecos ya que, además de ser costoso para las arcas públicas, podría implicar una tasa de participación ridícula, en un contexto en el que prima la desafección ciudadana y el descrédito de la clase política.

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