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ESGLOBAL 30 de Abril de 2020 Mansilla Blanco

Océano Índico: nuevos actores geopolíticos, más volatilidad

A los Estados que tradicionalmente han tendido intereses en las aguas del Indico se unen otros emergentes que despliegan también sus estrategias económicas y de seguridad ¿Estamos ante el nuevo “Gran Juego” geopolítico del siglo XXI?

El control por las rutas y esferas de influencia dentro del Océano Índico comienza a generar una gran atención para los grandes actores de la geopolítica global del siglo XXI. Ello explica el interés por controlar sus esferas de influencia por parte de potencias como China, India, EE UU y Francia, entre otros. Pero es cada vez mayor la presencia de potencias emergentes como Rusia, Turquía, Irán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Pakistán, Australia e Indonesia. En este marco se debe también destacar el papel de actores insulares dentro del espacio Índico como Sri Lanka, Maldivas, Mauricio, Seychelles, Madagascar, Comoros y Vanilla.

El Índico es el tercer océano más importante del mundo, con 77 millones y medio de kilómetros cuadrados, un 20% de la superficie terrestre. Cuenta igualmente con la presencia de 37 Estados ribereños, agrupando una tercera parte de la población mundial, destacando países de enorme peso demográfico como India y, más geográficamente alejados, China e Indonesia.

Por sus aguas transita el 60% del comercio mundial de petróleo y el 70% del transporte de contenedores de mercancías. Toda vez, cabe destacar su proximidad con los Mares de Bengala y Malaca, el Mar del Sur Meridional de China, el Cuerno de África y el extremo oriental africano, el Estrecho de Bab el Mandeb, el Mar Rojo, el Canal de Suez y el Golfo de Adén, el Mar Arábigo y la entrada al Golfo Pérsico y Oriente Próximo a través del Estrecho de Ormuz.

¿Cuáles son las estrategias de los nuevos actores?

A pesar de su distancia geográfica, de todos los actores emergentes en el Océano Índico, Rusia ha sido el más prolífico en su actividad. Esa presencia ya era palpable desde tiempos de la Guerra Fría, pero la Rusia de Vladímir Putin ha confeccionado en los últimos años una estrategia de actuación mucho más definida.

Moscú calcula su presencia en el Océano Índico como un marco consecuente con su estrategia Pivot to the East (Giro al Este), impulsada en 2012, así como la Estrategia de la Gran Eurasia (2016). La seguridad es el pilar fundamental de la actuación rusa en el Índico, con énfasis en el combate a la piratería que afecta las rutas marítimas comerciales. Pero otras perspectivas geopolíticas explican también la presencia rusa en la zona.

La Doctrina Naval 2030 establecida por Putin en 2017, implica para el Kremlin tres prioridades a largo plazo en este océano: el ya mencionado combate a la piratería, así como al terrorismo y el tráfico de drogas; el fortalecimiento de la estrategia rusa hacia el Antártico a través de la promoción de investigación científica marina con los países de la zona; y asegurar un marco de “pacificación, estabilidad y buenas relaciones” con los Estados del Índico, en la medida en que estas expectativas puedan apuntalar la presencia naval rusa.

Putin apuesta por el pragmatismo en el espacio Índico, con capacidad de interlocución con diversos actores, algunos de ellos rivales geopolíticos. Mantiene relaciones fluidas con India y China, toda vez impulsa actuaciones, principalmente de cooperación militar y de seguridad, con el “eje euroasiático” que mantiene con Turquía, Irán y Qatar en Oriente Medio, particularmente tras la intervención rusa en el conflicto sirio a partir de 2015. Para Moscú, su presencia en este océano supone un pilar de seguridad estratégico de enorme importancia por sus conexiones hacia el Golfo Pérsico.

El grupo de actores emergentes en el Índico lo completan países como Turquía, Irán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, cuyas expectativas parecen más bien colaterales y, en algunos casos, contextualizadas dentro de sus relaciones con los actores internos y externos más influyentes de la zona, como son los casos de India, China, EE UU y Rusia.

El pasado otomano persuade al Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, a propiciar una especie de neotomanismo dentro de la nueva doctrina geopolítica de Ankara. Esta perspectiva se ha observado en escenarios como el espacio euroasiático, Oriente Medio, el Mar Rojo y ahora en el Océano Índico. Al igual que EAU y Arabia Saudí, Turquía enfoca su atención en la seguridad de sus rutas de transporte por el Índico, el Golfo de Adén y sus entradas al Mar Rojo y Golfo Pérsico. Esto explica la apertura turca de bases navales en el estratégico (e inestable) Cuerno de África.

Ankara tiene una base naval en el puerto sudanés de Suakin, por su parte, Riad abrió la suya en Yibuti. EAU, con apoyo egipcio, estableció una base naval cerca de Eritrea, con posibilidad de apertura de otra en Somalia. Esto interpreta una rivalidad entre Turquía, Egipto y EAU por el control naval del Mar Rojo y el Cuerno de África, y de allí su incidencia al espacio Índico. En otros contextos que confirman su interés por extender su radio de influencia en la zona, el Gobierno turco ha sido un firme defensor de la minoría étnica rohingya, de confesión musulmana, perseguida en Birmania, de mayoría budista.

Los choques de ejes geopolíticos en Oriente Medio parecen tener incidencia en la configuración de nuevas esferas de influencia dentro del Índico. Arabia Saudí, EAU y Egipto compiten así con el eje euroasiático de Turquía, Irán y Qatar, rivalidad que también incide en el conflicto de Yemen, otro paso estratégico muy próximo al Océano Índico.

Riad viene acelerando relaciones muy estrechas con las islas Comoras y Maldivas, incluyendo cooperación antiterrorista, con la intención de cercar y contener el radio de actuación iraní. EAU hace lo mismo con las islas Seychelles y, desde 2019, ocupa la presidencia de la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA por sus siglas en inglés), un grupo político panregional.

Por su parte, Irán también ha extendido su influencia a través del Simposio Naval del Océano Índico (IONS). Debe también señalarse que, a pesar de su conexión saudí, Comoras y Maldivas  mantienen relaciones estables con Teherán. Por su parte, India ha mostrado su preocupación por la creciente confrontación entre Riad y Teherán en la zona.

Con menos incidencia pero también con intereses específicos, otros actores emergentes como Australia, Pakistán e Indonesia contribuyen a recrear la multipolaridad geopolítica del Océano Índico.

Camberra ha venido trabajando en agendas diplomáticas y comerciales con las islas del Índico, con intereses muy cercanos a los estadounidenses, europeos y japoneses. Así, Australia, que mantiene soberanía sobre las islas Coco (Keeling) y Navidad en el Índico, ha confeccionado una alianza con India, EE UU y Japón, para contener el emergente peso de China en la región.

Por otro lado, Pakistán busca igualmente equilibrios geopolíticos regionales con India y China que le permitan tener presencia en las aguas del Índico y garantizar la estabilidad del transporte marítimo a sus puertos. Particularmente estratégico para Islamabad es mantener el control de sus puertos de Karachi y Gwadar, que le dan acceso marítimo al Índico.

Al mismo tiempo, el Gobierno paquistaní mantiene relaciones estratégicas con China, determinadas por el proyecto de las Rutas de la Seda tanto en su versión terrestre como marítima. Esta relación estratégica entre Islamabad y Pekín preocupa a la ya mencionada alianza entre India, EE UU, Australia y Japón.

Por su parte, Indonesia organizó en marzo de 2017 la primera Cumbre de líderes del IORA, promocionando la Carta de Jakarta como mecanismo de integración económica y comercial en el Índico, junto al impulso de foros de concertación política. Esta perspectiva fortalece la visión indonesia de procrear en el Índico una estructura institucional de consensos y de equilibrios regionales que eviten una radicalización de los intereses geopolíticos de los actores involucrados.

A estos actores emergentes se unen las principales naciones insulares del Océano Índico, donde destaca el sexteto conformado por Sri Lanka, Maldivas, Mauricio, Seychelles, Madagascar y Comoras. Sus intereses geopolíticos vienen en gran medida condicionados por su capacidad de autonomía ante las grandes potencias.

En este sentido, el redescubrimiento de la importancia geopolítica del Índico ha provocado un reforzamiento de la identidad propia en estas islas, así como su capacidad para manejar con mayor independencia sus respectivas agendas, a través del establecimiento de mecanismos mutuos de cooperación. Paralelamente, estos Estados insulares ha mostrado su preocupación por los riesgos que corren al verse involucrados en la puja de intereses geopolíticos entre las grandes potencias.

Los jugadores tradicionales: China, India, EE UU, Francia, Japón

Probablemente, el principal foco de rivalidad geopolítica en el Océano Índico sea la creciente competitividad entre India y China por asegurar esferas de influencia en la zona. La rivalidad sino-india en el Índico presagia la creación de una especie de nuevo orden estratégico en la zona.

Pekín enfoca en dos intereses estratégicos: el avance a través del Índico del proyecto de las Rutas de la Seda, en particular su necesidad de asegurar vías de transporte para sus mercancías, así como de aprovisionamiento de petróleo. Destacan aquí las conexiones chinas con los puertos paquistaní de Gwadar, el de Hambantota (Sri Lanka) y Kyauk Phyu (Birmania). El otro pilar es la seguridad, tomando en cuenta problemas específicos como la proliferación de la piratería, las redes de contrabando y las tensiones geopolíticas, que implican una mayor presencia china a través de bases militares en el Cuerno de África.

China ha aumentado sus relaciones económicas con islas Mauricio, Seychelles, Madagascar, Maldivas y las Comoras, y además mantiene su primera base militar exterior en Yibuti, ex colonia francesa en África Oriental, donde París también mantiene un centro militar operativo estratégico. Madagascar es el otro objetivo del gigante asiático para establecer una base militar. Con Rusia e Irán, Pekín ha venido impulsando recientemente ejercicios militares conjuntos en el Golfo de Omán y el Océano Índico, un aspecto a tomar en cuenta ante el actual estado de tensión entre Teherán y Washington.

Por su parte, India mantiene una activa presencia económica y política en el Índico Occidental en torno al Golfo de Bengala (Bangladesh, Sri Lanka), que busca contrarrestar el peso económico y geopolítico de China en Vietnam, Tailandia, Camboya, Malasia y Singapur. Nueva Delhi también impulsa importantes relaciones económicas y de cooperación militar con Francia, EE UU y Japón.

En 2018, la Marina india desplegó una estrategia naval denominada P-8i con incidencia en islas como las Seychelles, La Reunión (departamento de ultramar francés), Andamán y Nicobar (Estrecho de Malaca), Cocos y Diego García, donde Washington tiene una base militar naval. Esta estrategia naval india busca combatir la creciente proliferación de piratería en el Índico y el Golfo de Adén, pero también ejercer un cerco estratégico hacia China.

Nueva Delhi ha expresado esos temores ante recientes acuerdos de Pekín con las islas Seychelles para aprovisionamiento de barcos chinos en su ruta al Golfo de Adén en su lucha contra la piratería. La geoestrategia china de las Rutas de la Seda también pasa por Bangladesh y el Golfo de Bengala, observados por India como su retaguardia marítima.

Ante la rivalidad sino-india en el Índico, Washington tiene una presencia militar estratégica a través de la V Flota con cuartel general en Bahréin. Al mismo tiempo, mantiene una de sus instalaciones militares más importantes en la isla de Diego García, en el archipiélago de Chagos, en pleno centro del Océano Índico.

Francia, antigua metrópoli colonial en la región, también refuerza su presencia con la ya mencionada base de Yibuti, así como en las islas de La Reunión (con cooperación india) y de Mayotte, en las Comoras. Por su parte, Japón tiene intereses económicos en las islas del Índico, así como forma parte de una especie de entente militar con India, EE UU y Francia, cuyo objetivo es contener a China.

 

¿Estamos ante una ‘guerra fría’ en el Índico?

Se puede intuir que los intereses y rivalidades geopolíticas existentes entre una multiplicidad de actores internos y externos en el Océano Índico traducen escenarios de  volatilidad y posibles conflictos a mediano plazo. Uno de esos ellos se enfoca en la proyección global de China. No obstante, este aspecto podría verse obstaculizado por el costo económico, humanitario y eventualmente geopolítico provocado por la pandemia del coronavirus.

Ante los efectos que está causando esta crisis de salud global, que obliga a enfocar todos los esfuerzos por paliar sus efectos, Pekín podría ver momentáneamente ralentizada su proyección exterior y su pretendida aspiración de convertirse en el eje geopolítico principal en el Océano Índico, determinada por su estrategia de las Rutas de la Seda.

Al mismo tiempo, el contexto derivado de la pandemia del coronavirus puede obligar a establecer mayores mecanismos y protocolos de cooperación sanitaria a escala regional. Un aspecto que, al mismo tiempo, podría resultar beneficioso para China a la hora de disminuir posibles focos de tensión geopolítica, abriendo así nuevos mecanismos de cooperación regional derivados del combate de esta pandemia.

Paralelamente, la tensión entre EE UU e Irán tras el asesinato en enero pasado del general iraní Qasem Soleimani tiene una incidencia específica en la geopolítica del Índico. Los distintos ejes geopolíticos en los cuales Washington y Teherán están inmersos, junto con otros actores (Rusia, Turquía, Arabia Saudí) pueden traducir la eventual posibilidad de disparar una carrera armamentista en la región. Un foco de alto riesgo tomando en cuenta que esa misma situación se vive, con mayor intensidad, en el Sur de Asia.

El combate a la piratería, el contrabando, tráfico de drogas e incluso la cooperación antiterrorista parecen constituir temas de consenso dentro de las agendas de los diversos actores involucrados en el Índico. Con todo, suponen riesgos para la seguridad de la región, que obligarán a fortalecer los mecanismos de cooperación regional.

A ello debe agregarse la proximidad de otros conflictos persistentes. Destacamos así el de India-Pakistán, Afganistán, la rivalidad sino-india, el yihadismo e islamismo radical en el Cuerno de África y sureste asiático, y su posibilidad de expansión en naciones insulares islámicas como Comoras, Maldivas y Sri Lanka. Estos factores pueden atizar conflictos étnicos, socioeconómicos y religiosos en el espacio Índico, con repercusiones de cara a los intereses de las grandes potencias por el control de las rutas marítimas y las explotaciones de petróleo y minería, especialmente en África Oriental.

En el siglo XIX, Rusia y Gran Bretaña inauguraron la puja geopolítica por Asia Central denominándola “el Gran Juego”. Puede que el Océano Índico reproduzca esa misma perspectiva en pleno siglo XXI, constituyéndose en el Gran Juego alternativo por la consecución de la hegemonía global.

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