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IGADI 21 de Novembro de 2016 Toro Hardy

¿Podrá Trump controlar las fuerzas que desató?

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            Franklin D. Roosevelt hizo del obrero industrial, el “hombre olvidado”, una pieza central de su “New Deal”. Eso le ganó al partido Demócrata la lealtad de las masas trabajadoras blancas por décadas. A partir de Reagan dicha lealtad comenzó a tambalearse. Sin embargo las mismas votaron por Bill Clinton, por Gore y por Obama. La elección del 2016 parece haber puesto punto final a las lealtades generadas en tiempos de Roosevelt, dando lugar a un rediseño del mapa electoral estadounidense. Con la deserción en masa del voto obrero blanco, los Demócratas ven escapársele de las manos estados que consideraban vitales para que la aritmética del colegio electoral les abriera las puertas de la Casa Blanca. Ello los reduce al control de unos pocos estados de las costas Atlántica y Pacífica del país que, aunque poblacionalmente mayoritarios, resultan insuficientes para ganar la mayoría de los llamados votos electorales.

            El éxito político de Trump se centró en haber cambiado por completo la naturaleza del debate político en Estados Unidos. En los últimos ochenta años ésta giró en torno a la dicotomía más Estado o menos Estado. Mientras los Demócratas encarnaban lo primero, los Republicanos propulsaban lo segundo. Trump reconfiguró los términos del debate llevándolo a una nueva dicotomía: apertura al mundo versus cerrazón. Su triunfo lleva a la presidencia al primer proteccionista declarado desde la Segunda Guerra Mundial.

Trump ha prometido dejar sin efecto a la Asociación Tras Pacífica y a renegociar el TCLAN y otros “terribles” acuerdos comerciales vigentes, a la vez que ha amenazado con sacar a su país de la Organización Mundial de Comercio. Allí radicó la fuerza de su mensaje ante los sectores obreros blancos, los cuales han visto desaparecer sus empleos y su seguridad laboral ante la búsqueda del obrero de menores costos que dichos acuerdos implicaban.

            El problema que se le plantea a Trump, una vez triunfante, es que cerrazón económica y vuelta del empleo fabril no representan una misma cosa.  Más allá de los acuerdos comerciales, la globalización de la economía se posibilitó gracias a los gigantescos avances en las tecnologías de la información, el transporte, las comunicaciones o la logística portuaria. Fueron ellos los que permitieron el seguimiento, control y movilización de infinidad de piezas, componentes y productos industriales que se desplazaban en las más diversas direcciones, dando sustento a las llamadas “cadenas de suministro”. Ello permitió recurrir al obrero de menores costos, en cualquier parte del planeta donde se encontrara, no sólo para la elaboración de los numerosos componentes de un mismo producto sino para el ensamblaje final de éste. Desde hace algunos años, sin embargo, la nueva robótica y la tecnología agregativa tienden a hacer cada vez más innecesarias a las cadenas de suministro.

            ¿Para qué dar tantas vueltas y pasar tanto trabajo, persiguiendo al obrero me menores costos, cuando las nuevas tecnologías permiten producir en casa a costos tanto o más económicos? El aumento dramático en la destreza fabril de los robots industriales ha ido acompañado por una caída igualmente dramática de sus costos. A un precio promedio de 24 mil dólares por unidad éstos resultan asequibles hasta para las pequeñas industrias. A la vez, la tecnología agregativa (o de impresión 3D) avanza a pasos agigantados. Las impresoras de Carbón 3D, aparecidas en abril de 2016, resultan 100 veces más rápidas que sus predecesoras. No en balde, y sin necesidad de alardes proteccionistas, cantidad de empresas estadounidenses han estado volviendo al redil doméstico dentro de lo que en inglés se conoce como “onshoring”. Así las cosas, por más que Trump ponga candados al comercio internacional los empleos no volverán a los obreros de carne y hueso que respondieron a su mensaje.

            No en balde una vez ganadas las elecciones éste se apropió del tema Obama-Clinton de la inversión en infraestructuras. En esta área si resultaría factible generar los empleos que evitarían que su nueva masa de votantes reaccionase furiosamente ante las promesas incumplidas. En efecto, las inversiones estadounidenses en infraestructuras ocupan el rango número 23 a nivel mundial, dedicándosele a este rubro solamente el 2,4% del PIB frente al 5% en Europa y el 9% en China. De acuerdo a la Sociedad Americana de Ingenieros, el país debería gastar US$ 450 millardos en los próximos cinco años únicamente para mantener las infraestructuras en su estado actual (Edward Luce, Time to Start Thinking, London, 2012).

 El millón de millones de dólares que según Trump se dedicarán a infraestructuras puede resultar la salida perfecta al laberinto en el que se encuentra. El problema es de donde sacar el dinero. Para el sector privado ésta es un área de rentabilidad menor y por ende poco atractiva. Para la mayoría Republicana del Congreso, controlada por conservadores fiscales, se trata de un anatema. Para la Fracción Demócrata resultaría un absurdo convalidar el éxito de una Administración Trump, permitiéndole apropiarse de una iniciativa salida de su bando.

            Todo parece indicar que Trump enfrentará serios problemas para controlar las fuerzas que desató.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais