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28 de Outubro de 2019 Toro Hardy

Prisioneros de la historia

Siendo las dos mayores economías del planeta, contando con los más avanzados aparatos tecnológicos, buscando objetivos similares en campos tan diversos como el Medio Ambiente, la lucha contra las enfermedades y la no proliferación nuclear y contando con importantes complementariedades económicas, Estados Unidos y China podrían conjugar esfuerzos para transformarse en factores de estabilidad internacional, crecimiento económico planetario y resolución de problemas comunes a la humanidad. Este sería, desde luego, el enfoque deseable y responsable que correspondería a las dos mayores potencias del mundo de cara al siglo XXI. Lamentablemente en ambos casos la carga de sus respectivas historias pareciera resultar mucho más potente que su impulso hacia el futuro.

Luego del llamado “emerger pacífico”, que caracterizó su actitud durante los primeros años del nuevo milenio, China se va afirmando como una potencia nacionalista y revisionista del status quo. El resentimiento almacenado ante el llamado siglo de humillaciones, le compele a mirar hacia el pasado. Luego de haber disfrutado de entre un cuarto y un tercio del PIB global entre 1600 y 1800, según señalaba el historiador económico Agnus Madison, China pasó a transformarse en presa de los apetitos depredadores de países que la superaron.

Las llamadas guerras del opio con Inglaterra (1840-1842 y 1856-1858) le representaron humillantes derrotas militares, la imposición del consumo del opio con su inmensa carga de degradación social y la aceptación de concesiones múltiples que incluyeron la pérdida de Hong Kong.  Ello vino sucedido en1860 por la ocupación anglo-francesa de Pekín. Los tratados de 1858 y 1860 con Rusia le implicaron la pérdida de 2,6 millones de kilómetros cuadrados de territorio al Este del río Ussuri. En 1898, por lo demás, Rusia anexó sus estratégicos puertos de Dalian y Lüshum. La derrota de 1894 frente a Japón le significó la pérdida de Taiwán así como la de su soberanía formal sobre Corea. El tratado de 1885 con Francia le obligó a ceder a este país su soberanía formal sobre Vietnam y el de 1894 con Gran Bretaña le hizo perder la de Burma. En 1897 Alemania ocupó la Bahía de Jiaozhou. En 1900 vino la ocupación de Pekín por una coalición internacional. Todo lo anterior presagiaba tan sólo su peor pesadilla: la ocupación japonesa y los veinte millones de muertos que ésta trajo consigo entre 1937 y 1945.

Superado el paréntesis de decadencia, China vuelve a la posición preeminente que ocupó a lo largo de la historia. Y lo hace no sólo revelándose contra un status quoregional, e incluso internacional, forjado en momentos de su mayor debilidad histórica, sino persiguiendo un modelo de esfera de influencia en el Este de Asia propio de los tiempos en los que era el centro de un sistema tributario. Dentro de este proceso, desconoce incluso la legalidad internacional definida por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y por la Corte Internacional De Justicia, para apelar a derechos marítimos ancestrales. En síntesis, para China no es posible concentrarse en los grandes retos del futuro sin antes superar lo que considera como su acreencia ante la historia.

Para enfrentar el reclamo nacionalista chino, Estados Unidos recurre a tres nociones: la del balance de poder, la de la contención y la del rechazo al apaciguamiento. Se apela así a tres marcos de referencia identificados con tiempos pasados. En virtud del primero Washington se apega a una estrategia asiática definida a finales del siglo XIX por el Almirante Alfred T. Mahan y por el Presidente Teodoro Roosevelt. De acuerdo a la misma, los intereses estadounidenses requerían evitar la consolidación de cualquier hegemonía en el Este de Asia, recurriéndose para ello a una política que promoviese el balance de poder.

La política de la contención fue la estrategia escogida por Washington, tras la Segunda Guerra Mundial, para hacer frente al reto expansionista soviético. El apaciguamiento, de su lado, fue la fórmula mediante la cual Londres y París intentaron mantener bajo control a Hitler, cediendo ante sus exigencias. De acuerdo a la visión prevaleciente en Washington la contención no sólo logro frenar el expansionismo de la Unión Soviética durante décadas sino que llevó a la implosión de su modelo, mientras que el apaciguamiento sólo envalentonó a Hitler haciendo inevitable la guerra. Así las cosas, la manera apropiada de lidiar con China debe ser la de contener su tendencia expansiva y la de negarse a aceptar sus requerimientos de cambio.

Más allá de lo anterior, Estados Unidos se dispone a redistribuir sus fuerzas navales y aéreas localizadas en el exterior dando preponderancia a este escenario. A él deberá haberse destinado el 60% de tales capacidades para el año 2020. En el mismo sentido se ha dispuesto consolidar el poder de su tercera y séptima flotas, con sus 140.000 uniformados, 200 naves de guerra y 1.200 aviones, para afirmar su presencia en los mares al Este de China. La racionalidad de este proceso radica en el precedente de Filipinas y de su invasión por parte de Japón en 1941. Partiendo de aquella experiencia Washington busca evitar que la ausencia de una disuasión adecuada propicie un acto de fuerza por parte de China.

En otras palabras, tanto China como Estados Unidos parecieran resultan prisioneros de la historia. El riesgo de ello no es pequeño. Aquella pudiese arrastrarlos consigo dos mil cuatrocientos años atrás a la Guerra del Peloponeso y a la denominada “Trampa de Tucídides”, según la cual cuando una gran potencia emerge y otra declina la guerra entre ambas se hace inevitable.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais