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Viento Sur 9 de Setembro de 2013 Montoya

Siria: fragmentar para dominar

La sombra de Irak está resultando más pesada de lo que muchos pensaban y está alterando –solo parcialmente, temporalmente– el comienzo de la nueva intervención humanitaria de Occidente en Oriente Medio. Muchos analistas daban por seguro que la operación de castigo de Estados Unidos contra el régimen sirio comenzaría el jueves 29 pasado; los infográficos de los grandes medios preparaban –y siguen preparando, claro, que es solo un aplazamiento– llamativos mapas interactivos para mostrarnos la relación de fuerzas militar en la zona y los previsibles escenarios. Los días de inicio de guerras entra mucha publicidad en los medios y hay que hacer gran despliegue.

Expertillos de la más variada ralea repasan el léxico militar para apabullarnos con las virtudes técnicas de las bombas inteligentes, misiles crucero, drones y el mejorado equipamiento individual de las fuerzas especiales. Los más especializados estudian incluso los últimos catálogos de las principales multinacionales armamentísticas de EE UU y Reino Unido, Lockheed Martin, BAE Systems, Boeing, Northrop Grumman, General Dynamics, Raytheon, EADS Trans-Europa, L-3 Communications o United Technologies, para conocer sus últimas maravillas tecnológicas.

Todas esas compañías quisieran que la nueva agresión de EE UU no sea “limitada en el tiempo y en los objetivos” como prometió el presidente Obama ante el Congreso, sino que sea una guerra en toda regla.

Ellas también padecen la crisis. Según el SIPRI (Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz), esas nueve firmas punteras y las otras 91 que le siguen en el ranking han perdido más del 1% de sus beneficios desde que en 2010 comenzara gradualmente la retirada de las tropas extranjeras de Irak. Y eso son miles de millones de euros, miles de puestos de trabajo. ¡Sin guerras de calado no hay industria armamentística que resista!

¿Qué es lo que ha hecho retrasar el comienzo del ataque de Obama y su fiel escudero Cameron? ¿La espera del informe de los expertos de la ONU que recogieron sobre el terreno pruebas y testimonios sobre el bombardeo con armas químicas del 21 de agosto en los alrededores de Damasco, y su posterior discusión en el Consejo de Seguridad?

Es tal vez lo que algunos esperaban del democratiquísimo presidente Obama, que marcara una clara diferencia con su predecesor, el cruzado George W. Bush. No en vano, en su discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz –sí, recibió el Premio Nobel de la Paz, como Kissinger o Rabin– aseguró que EE UU no repetiría acciones militares unilaterales sin la luz verde de la ONU.

Pero no, el presidente estadounidense ha cambiado de idea. Dejó que lo expresara días atrás ante el Congreso en estos términos su secretario de Estado, John Kerry: “Los expertos no pueden aportar nada que no sepamos ya”, dijo el hombre que diez años atrás, siendo senador del Partido Demócrata, rechazaba con vehemencia la guerra de Irak que entonces anunciaba Bush, si esta no tenía el consentimiento de Naciones Unidas.

Los mismos argumentos, una década después

Kerry repite ahora los mismos argumentos que defendía en aquella época su adversario político y entonces secretario de Estado también, el paloma Colin Powell.

Y tanto Obama como Kerry, como entonces Bush, Rumsfeld y Powell, aportan, a través de su documento Valoración del uso de Armas Químicas por el Gobierno Sirio (http://s3.documentcloud.org/documents/782080/u-s-government-assessment-on-syria.pdf) las pruebas irrefutables contra el régimen de Al Assad, que hacen innecesario, entienden, cualquier informe de los expertos de la ONU. ¿Quiénes aportan esas pruebas? Pues, la siempre confiable CIA, la NSA –sí, la misma del espionaje masivo revelado por Snowden– y demás agencias que componen la galaxia de Inteligencia de EEUU. El equipo de Inteligencia del demócrata Obama no ha preparado ahora siquiera un dossier tan abultado como el que elaboró el equipo de George Bush senior en 1990-1991 concienzudamente para justificar la Guerra del Golfo contra Sadam Husein, ni el que le confeccionaron a medida a su hijo en 2003 para que rematara esa tarea sobre las fantasmagóricas armas de destrucción masiva iraquíes.

No, el informe expuesto por John Kerry contiene exclusivamente las pruebas del ataque químico perpetrado supuestamente por las fuerzas de Al Assad el pasado 21 de agosto en la periferia de Damasco, exceptuando todas aquellas que, por cuestiones de seguridad nacional, por supuesto, no han podido ser aportadas.

¡Tremendo error el de Al Assad! Si se hubiera limitado a matar a los rebeldes y a la población civil con armas convencionales como venía haciendo desde dos años y medio atrás, o si hubiera hecho al menos tan solo ataques químicos en pequeña escala, como los 35 denunciados por la oposición en ese periodo, se hubiera librado del castigo de EEUU.

Porque la represalia es exclusivamente por ese ataque, y, como dijeron Obama, Kerry y el jefe del Pentágono, Chuck Hagel, para que sirva de advertencia a países como Corea del Norte e Irán también. Una acción que llega dos años y medio, 100.000 muertos y seis millones de desplazados después. Solo ahora se ha traspasado la línea roja para Obama. Solo ahora se han desgastado suficientemente los dos bandos como hacer una operación estelar ejemplarizante, debilitarlos aún más para retirarse luego, sin bajas propias, controlando los hilos sin que un soldado ponga sus pies en territorio sirio.

Por ello Obama no quiere esperar el resultado de los análisis de la veintena de expertos de la ONU que trabajaron cuatro días en la zona atacada con agentes químicos, como Bush no esperó el de los cerca de 1.000 inspectores que Hans Blix dirigió durante meses en 2002 e inicios de 2003 en busca de las ocultísimas armas de destrucción masiva de Sadam Husein.

El hombre que aseguraba no actuaría al margen de la ONU no considera ahora importante aportar al Consejo de Seguridad sus propias pruebas contra Al Assad y discutirlas junto con el informe de los expertos, aunque Vladimir Putin se haya comprometido a avalar una acción contra Siria en el caso de que se pudiera demostrar fehacientemente la responsabilidad de su aliado en el ataque químico del 21.

“El sentido común habla por sí mismo”, dijo Putin, “durante una ofensiva del Ejército sirio, cuando en algunas zonas tenían rodeados a los rebeldes, no tiene ninguna lógica regalar un as a los que permanentemente piden la intervención militar, sobre todo el mismo día de la llegada de los inspectores de la ONU, es un sinsentido extraordinario”.

El fantasma de Irak, omnipresente

El desastroso balance político, económico, en vidas humanas propias –más de 6.000, las de los cientos de miles de víctimas locales no cuentan– de las guerras de Irak y Afganistán, planean ahora cada vez que Obama anuncia que se pondrá el traje de Superman para salvar a algún país. Y son...los republicanos, los primeros que le reclaman que respete la legalidad.

Y es esa también la razón principal por la que hasta ahora el presidente no se ha atrevido a llamar golpe de Estado al golpe de Estado de Egipto. De hacerlo, la legislación estadounidense le impediría seguir prestando la ayuda militar de 1.300 millones de dólares anuales que presta a la dictadura egipcia, y los hipócritas republicanos se lo recuerdan.

Los republicanos, especialmente los del Tea Party, saben que deben justificar muy bien ante sus electores cualquier apoyo al presidente, sea sobre el tema que sea. Sus propios cargos están en juego. Por ello le cobrarán caro a Obama cualquier respaldo a su aventura militar e intentarán condicionar sus características.

En un trabajo cuerpo a cuerpo para ganar apoyos antes de la votación que tendrá lugar en el Congreso el próximo día 9, Obama y sus colaboradores han conseguido ya el respaldo del presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Bohener, de su número 2, Eric Cantor y del influyente senador John McCain, pero aún hay que vencer muchas resistencias en el Partido Republicano y no pocas tampoco en el propio Partido Demócrata.

Muchos representantes demócratas temen volver a equivocarse como lo hicieron una década atrás, cuando, al calor de la euforia patriótica post 11S, respaldaron mayoritariamente la doctrina de la guerra preventiva de Bush, su mastodóntico presupuesto militar o su Ley Patriota. En suma, su guerra del Bien contra el Mal,que terminó incluyendo los Abu Ghraib, los Guantánamo o los vuelos de la CIA y tantas otras hazañas.

Para más inri, más del 60% de la población rechaza en esta ocasión según las encuestas, a diferencia de hace diez años, cualquier intervención militar en Siria que suponga algo más que una acción “limitada en el tiempo y en los objetivos”, un “castigo ejemplar”, aunque solo unos centenares –de una población de 300 millones de habitantes– han salido a la calle en protesta por la intervención que se avecina.

Por eso, aunque no tenga obligación legal, el comandante en jefe Obama ha propuesto esa votación en el Congreso del próximo lunes 9. Tiene ya una última parte de su mandato suficientemente complicada, con el fin de la retirada de Irak y Afganistán y otros frentes internacionales abiertos, y a nivel interno con la amenaza de un nuevo bloqueo a causa del debate presupuestario a mediano plazo, como para aparecer siendo precisamente el presidente que introduzca a su país en una nueva guerra de consecuencias impredecibles.

Para colmo, su aliado británico está en aprietos. Se encontró con un inesperado rechazo del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes y discrepancias en las propias filas tories. Los laboristas saben el precio político y en seguridad para el país que supuso dejarse arrastrar por Tony Blair a la cruzada de Bush y parecen haber escarmentado. Cameron argumenta que “Siria no es Irak” y que el cambio fundamental es que ha habido un ataque con armas químicas, que los servicios de Inteligencia británicos atribuyen al régimen de Al Assad porque “la oposición no cuenta con esos medios ni con capacidad para una acción coordinada semejante”. Por eso decide que se trata de una “intervención humanitaria” que “no requiere el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU”.

El resto de Europa está mucho más lejos del debate. Paradójicamente Obama está consiguiendo el principal apoyo del socialista y esperanza para Europa François Hollande, que no quiere ser menos que Sarkozy en Libia, pero el resto de la Unión Europea se mantiene cauta.

La UE no ha logrado ni una postura coherente sobre el embargo de armas; lo impuso un periodo pero después no logró acuerdo para renovarlo.

El hecho de que Estados Unidos –como Israel y un puñado de países– no sea un Estado miembro del Tribunal Penal Internacional, sino que por el contrario lo boicotee activamente, ha inhibido a sus aliados europeos para acusar a Al Assad por crímenes de lesa humanidad o genocidio ante ese tribunal, el único en el mundo con capacidad legal para hacerlo.

Hoy ni están Berlusconi ni Aznar tampoco para secundar a EE UU como hicieron con Bush; Merkel, con elecciones a la vuelta de la esquina, mira para otro lado y hasta Rasmussen, el secretario general de la OTAN, no se atreve a hacer ninguna propuesta de apoyo. Se limita a dar libertad de acción individual a sus miembros como si del voto de un partido en el hemiciclo se tratara.

Los fracasos militares en Irak y Afganistán, la ausencia de un Estado de la OTAN agredido por Siria que lo pudiera justificar y la crisis económica actual, supone un escenario muy distinto al de una década atrás. Y la incertidumbre sobre los objetivos y las consecuencias que puede tener una intervención en Siria.

Los intereses de Rusia e Irán

Meterse a fondo en Siria no es meterse en la Libia de Gadafi, sino mucho más. Acercaría sí a EE UU e Israel a su objetivo más deseado desde hace tres décadas, a Irán, pero este es un durísimo hueso de roer con el que no se ha podido acabar en tres décadas, y es tocar además una pieza del Mediterráneo, con sus pies muy pegados a los del Líbano, fronteriza con Irak, con Turquía, en el centro mismo de la zona más explosiva del mundo actualmente.

Atacar a Siria es atacar al último gran aliado que le queda en la región a Rusia, de un valor geoestratégico vital para este país. Desde los años 70, en plena Guerra Fría, la base siria de Tartus se ha convertido en un emplazamiento clave de la Armada rusa. Es actualmente la única base naval que le queda a Rusia en el extranjero.

Desde 2008, a partir de la guerra en Osetia y los planes de EE UU para desplegar parte de la infraestructura de su escudo antimisiles en Polonia, Al Assad aceptó que Rusia basara en Tartus sus más grandes buques de guerra provistos de armas nucleares, decisivos para su presencia en el Mar Mediterráneo. Rusia no puede permitirse perder Tartus.

Para Irán también supone mucho Siria, no es solo un tapón, como el Líbano, frente a Israel y los países hostiles que le rodean, Turquía, Arabia Saudí, los Emiratos Arabes Unidos, Kuwait. Siria representa mucho más aún para Irán. El Teheran Times daba en 2011 amplia información sobre un proyecto estratégico entre Irán, Siria, Irak y el Líbano que sin duda habría de acelerar desde entonces la intromisión occidental y de varios países árabes en la batalla interna siria.

En esa época se firmaba nada menos que un acuerdo entre esos cuatro países para construir conjuntamente el que podría ser el mayor gasoducto de Oriente Medio y Asia para poder transportar a través de sus territorios gas natural iraní por medio de un conducto de 6.000 kilómetros que en su fase final se sumergiera bajo el Mar Mediterráneo para alcanzar Europa.

Tal acuerdo alarmó inmediatamente tanto a los proveedores habituales de la zona amigos de Occidente, como Arabia Saudí, y especialmente a Qatar, con proyectos de construir también un gasoducto a través de Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía, con vistas igualmente al mercado europeo. Turquía, aspirante a convertirse en potencia regional, casualmente, es el gran transportista de gas de la zona.

Usar a los yihadistas o combatir a los yihadistas

El régimen sirio, con cinco décadas en el poder, ha estado siempre en la mira de EE UU, aunque la dinastía Al Assad ha sido rehabilitada en varias ocasiones, según se ajustara o no a los intereses imperiales en la región.

A pesar de provenir del mismo tronco, del socialismo árabe (que no marxista) del Partido Baas que Sadam Husein, los Assad apoyaron a Irán en los años 80 en su guerra contra el Irak de Sadam Husein financiado y armado por EE UU y otras potencias.

Durante la Guerra del Golfo de 1990-91 Siria participó en la coalición internacional liderada por EE UU, junto a potencias occidentales y monarquías del Golfo que dos décadas después arman y financian hoy a fuerzas rebeldes que enfrentan a las tropas de Al Assad.

A partir de 2003, del inicio de la segunda guerra contra Sadam, los Al Assad dejaron corredores para el paso de combatientes de Al Qaeda hacia suelo iraquí para combatir contra las tropas de EE UU. Hoy día, algunas de esas fuerzas, como Jahbat al Nusra o el Estado Islámico de Irak y del Levante, la rama de Al Qaeda que opera en Siria, combaten a las tropas de Al Assad, al tiempo que ganan cada vez más terreno sobre otras fuerzas islámicas moderadas, practican su guerra sectaria implacable contra ellas y contra los grupos kurdos en todas las zonas que controlan.

En su tradicional dualidad, como Gadafi, los Assad también cooperaron en determinados periodos con EE UU en la captura de dirigentes de la red de Bin Laden que pretendían hacerse fuertes en territorio sirio. La Inteligencia siria, la temible Mujabarat, colaboró durante la era Bush activamente con el programa de secuestros de la CIA, como el de Maher Arar, detenido el 26 de septiembre de 2002 en el aeropuerto John Fitzgeral Kennedy de Nueva York, trasladado y torturado en cárceles sirias durante diez meses. Sin embargo, Siria, en esa misma época y también antes y después, figuró, y sigue figurando, en la lista anual de países violadores de los derechos humanos que elabora anualmente el Departamento de Estado.

Alianzas efímeras puntuales y enfrentamientos posteriores a muerte han sido una constante no solo en la relación de Siria con milicias yihadistas sino también entre EE UU y los yihadistas, desde la primera guerra de Afganistán contra las tropas soviéticas, pasando por Yugoslavia, Libia y un largo etcétera. Unos y otros se usan mutuamente.

Bin Laden, proveniente de una familia muy ligada a la familia real saudí, se terminó convirtiendo en un azote para las monarquías del Golfo, pero de Arabia Saudí, como de los Emiratos Arabes Unidos o Qatar fluyó también dinero y armas para milicias yihadistas que combatieron contra las tropas de Gadafi o las que combaten ahora al régimen de Al Assad. Y esos países son a su vez aliados regionales de peso de EE UU, la pescadilla que se muerde la cola.

EE UU y sus aliados temieron los primeros brotes de la ’primavera árabe’ en Siria, como temieron a los de Túnez, Bahrein, Egipto, Libia, Yemen, haciendo caso omiso a que Al Assad los reprimiera brutalmente. Mientras, los déspotas del Golfo aliados de Occidente –los mismos que respaldaron de inmediato el golpe de Estado en Egipto y extendieron a los militares cheques por 10.000 millones de dólares en un día– buscaban la desestabilización de Al Assad, tan molesto para sus intereses económicos, políticos y religiosos, apoyando para ello de forma abierta a milicias yihadistas.

EE UU no cuenta al menos todavía con una fuerza política alternativa de poder local real y es consciente del peligro yihadista, pero al mismo tiempo no puede dejar que Al Assad las aplaste y recupere el control total de la situación.

Por ello apuesta, junto a Israel, como tantas veces hicieron las potencias coloniales, por el divide y vencerás, por desgastar a unos y otros, por debilitar tanto la capacidad militar de Al Assad como la de las milicias yihadistas e incluso la de otras que no lo son.

Una futura Siria fragmentada en pequeños Estados independientes, de suníes, alauitas, kurdos, aparece cada vez más como el posible objetivo final buscado por EE UU, Israel y sus aliados europeos y árabes. Se necesitan Estados más débiles, más dependientes, más controlables.

Se experimentó con Yugoslavia; Irak y Afganistán van en ese camino, como Libia.

La hipócrita intervención militar que está a punto de iniciarse puede durar días, semanas o meses, será previsiblemente en cualquier caso acotada, se intentará controlar sin duda sus peligrosas consecuencias regionales al máximo, pero de seguro sí provocará más dolor, más muerte, más destrucción, más odio e inestabilidad mundial.

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