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El Periódico 28 de Outubro de 2015 Ríos

Tres reveses territoriales

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La complejidad de la arquitectura político-territorial en China, lejos de aclararse, se intensifica más cada día. Tres ejemplos recientes lo acreditan. De una parte, en Xinjiang, en el noroeste del país, la persistencia de la violencia pese a la dureza de la represión, indica que el problema está lejos de una solución y que el abismo entre la comunidad Han y los uigures se acentúa. Pese a que las fuerzas policiales no bajan la guardia, los desafíos de seguridad están al orden del día, al igual que los atentados como el recientemente sucedido en Aksu, con medio centenar de muertos, según algunas fuentes. La presión islamista radical, asociada a la vieja reivindicación de la independencia del Turkestán oriental, se contrapone al discurso del gobierno central a favor de un desarrollo que mitigue las demás contradicciones y carencias, una propuesta que podría resultar insuficiente para salir del actual atolladero.

En Hong Kong, señuelo de la bonhomía de la fórmula “un país dos sistemas”, vivió su primer aniversario del “movimiento de los paraguas”. El fracaso de la reforma electoral propiciada por el gobierno central, a instancias de un movimiento estudiantil que fue capaz de galvanizar las aspiraciones de los sectores más radicalmente democráticos de la región, evidenció la crisis más grave a la que se enfrentó la élite gobernante desde el traspaso de la soberanía británica el 1 de julio de 1997. El balance de esta iniciativa incluye ahora el visible deterioro de la autonomía hongkonesa, la parálisis reformista y la incertidumbre y desconfianza respecto al futuro. El gobierno central no salió bien parado y el porvenir de aquella ingeniosa idea está en el alero.

El tercer pilar de este galimatías es Taiwan, donde lo sucedido en Hong Kong es leído e interpretado en diferido pero no por ello con menos preocupación. En la isla llegan a su término ocho años de intensificación de las relaciones a través del Estrecho. El balance incluye una acentuación de la interdependencia económica y la normalización en numerosos campos. Pero la consigna de acelerar el acercamiento, especialmente en lo político, se ha vuelto en contra de Beijing con el surgimiento, también aquí, de un movimiento estudiantil que ha noqueado a los partidarios de la unificación. Las elecciones legislativas y presidenciales de enero próximo encumbrarán al soberanismo, probablemente con la mayoría más holgada de toda su historia, y las nubes negras asoman en el horizonte.

La utilización de la economía para atar en corto, una clave común a la hora de encarar estos diferendos, no parece ser suficiente para generar una empatía política capaz de disolver las reticencias. La falta de una ambición que reconozca realmente esa diversidad y la traduzca en propuestas adaptadas y que busquen el consenso, conduce al bloqueo. Las dos velocidades no se complementan, se oponen obligando a un cambio de estrategia.

En suma, también en China el problema del acomodo territorial no es menor. No es solo Tibet, ni mucho menos. Esto plantea un contundente reto a un modelo de gobernanza que en los tiempos de Xi Jinping presenta como característica añadida una clara tendencia al centralismo, justificada en la necesidad de apurar la reforma integral del sistema. Esto se manifiesta tanto en el plano del mensaje como de la propia gestión gubernamental. La invocación del sueño chino, por ejemplo, es claramente asociable al sueño de la mayoría Han pero pudiera no incorporar el nivel de diversidad preciso para representar las aspiraciones de otras nacionalidades, especialmente las más reivindicativas. Por otra parte, quienes han vivido o viven al margen de la evolución continental, reclaman un espacio para su propio sueño que dé cabida a unas singularidades que afectan de lleno al sistema político. Su efecto potencialmente desestabilizador es indudable cuando entra en contradicción con el rumbo marcado por las autoridades centrales.

La hipertrofia centralista puede tener así el efecto contrario al deseado. En Beijing, producto quizá de las inercias de la historia y de una matriz ideológica tan devota del autoritarismo como del centralismo, las autoridades siguen participando de la creencia de que la modernización solo puede ser inspirada desde el centro y basarse en sus cánones. No obstante, las sociedades de hoy día manifiestan una complejidad que obliga a establecer un diálogo horizontal que tenga también en cuenta los acomodos de la subsidiariedad. Es este un aspecto difícil de gestionar para quien ha entendido siempre que una iniciativa nacida al margen de su control constituye no solo un desafío sino que conlleva implícitamente una vocación de rivalidad.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais