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Revista Zeta 12 de Xuño de 2015 Mansilla Blanco

Turquía: ¿la era post-Erdogan?

Mitin electoral do partido pro-curdo HDP na localidade de Batman, no Curdistán turco.

A pesar de ganar las elecciones legislativas del pasado domingo 7, el islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) del presidente Recep Tayyip Erdogan, no podrá conservar la mayoría absoluta necesaria para modificar la Constitución, viéndose en la disyuntiva de tener que gobernar en coalición. Este freno a las tentativas autocráticas de Erdogan se ve igualmente polarizado ante el avance significativo del partido pro-kurdo HDP, el cual parece aglutinar el voto de descontento de las nuevas clases medias turcas hacia el estilo político del AKP. Si bien el resultado electoral refleja un necesario equilibrio de poderes en la nueva Asamblea Nacional turca, los síntomas de atomización y polarización social y política post-electoral amenazan con recrear un clima de inestabilidad en un país emergente y estratégico para los intereses geopolíticos occidentales, en especial por su condición fronteriza con el conflicto sirio y la consolidación del Estado Islámico en pleno corazón de Oriente Medio.

            El gobernante partido islamista AKP del ahora presidente Recep Tayyip Erdogan parece estar perdiendo su estrella política y electoral de antaño. Por primera vez desde su llegada al poder en 2002, el AKP ha perdido su hegemonía absoluta a pesar de ganar las elecciones legislativas del pasado domingo 7, focalizadas como una especie de plebiscito por ser sumamente estratégicas para los planes políticos de Erdogan y del propio AKP.

            Con el 40,8% de los votos y 258 de los 550 escaños parlamentarios, el AKP está lejos de los dos tercios necesarios (367 escaños) para gobernar en solitario y con mayoría absoluta. Su sempiterno opositor, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), quedó con 131 diputados (25,7%) , mientras la ultraderecha del Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) alcanzó los 82 diputados (16,3%).

La sorpresa, aunque anunciada de antemano, fue la irrupción del pro-kurdo Partido Nacionalista de los Pueblos (HDP) que, con el 13% de los votos y 78 escaños, se convierte en el primer partido político kurdo con amplia representación parlamentaria y, por lo tanto, en el nuevo portavoz de las demandas kurdas.

 

Un nuevo actor político

En este sentido, el HDP liderado por Selahattin Demirtas, un joven dirigente de 42 años que podría convertirse en la llave política y electoral del eventual diseño de una hipotética Turquía post-Erdogan e incluso post-AKP, se convierte en el primer partido kurdo en superar el umbral del 10% de votos necesarios para acceder al Parlamento.

Paralelamente, el HDP también parece constituirse en un inesperado actor de representación política y electoral para un amplio margen de ciudadanos, en particular las nuevas clases medias surgidas en los últimos años por el boom económico turco, así como de nuevos movimientos contestatarios de diverso signo ideológico y político, que han venido oponiéndose al estilo autocrático con tintes demagogos de Erdogan.

Estas nuevas capas sociales ya hicieron sentir su impacto con las emblemáticas protestas del parque Gazi de mediados de 2013, ejerciendo una fuerte presión en las calles contra lo que consideran un presunto intento de Erdogan de “secuestrar” los poderes públicos con fines aparentes de instauración de una eventual hegemonía absolutista.

El mejor ejemplo de este avance del HDP se registró en Estambul, donde se convirtió en la tercera fuerza política, capitalizando el voto de estos sectores descontentos a los que, en su momento, el propio Erdogan calificó despectivamente como una “banda de marginales”.

En lo concerniente al problema kurdo, el HDP ha venido renunciando públicamente al independentismo proponiendo políticas descentralizadoras y autonomistas para el sureste turco, principal bastión de los 18 millones de kurdos que habitan en Turquía. En esta región, en especial en la ciudad de Diyarbakir, los resultados obtenidos por esta formación fueron de indudable mayoría absoluta.

Precisamente, el HDP se ha cuidado de desmarcarse de los sectores independentistas radicales, en particular del Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK). Para ello, la formación pro-kurda parece más bien consolidarse como un movimiento de amplia base social, en particular de aquellos sectores emergentes sin una representación política y electoral clara, descontentos con la hegemonía de Erdogan y de un AKP que, tras estos resultados, puede igualmente sumergirse en un proceso de reforma interno, orientado a eventualmente rediseñar sus estrategias políticas en una posible etapa post-Erdogan.

 

Una gobernabilidad atomizada

De mantenerse la actual atomización política en el poder legislativo, lo cual eventualmente dirimirá un panorama determinado por la necesidad de acordar coaliciones políticas de carácter multipartidista, se especula con un posible adelanto electoral presidencial para los próximos 45 días, según establece la ley electoral.

Este contexto afronta un panorama de eventual inestabilidad post-electoral, que cobraría mayor intensidad en caso de un posible adelanto electoral. Dos días después de las elecciones se registraron algunos enfrentamientos en Estambul, con saldo de tres muertes violentas y una decena de heridos.

Desde el HDP y el AKP se vienen cruzando acusaciones de presunta “guerra sucia encubierta”, perspectiva de la cual igualmente no escaparían otros sectores más radicales, principalmente los nacionalistas de extrema derecha así como otros de carácter islamista, que podrían sacar beneficio político a una hipotética situación de inestabilidad.

En este sentido, las estrategias de Erdogan de perpetuarse en el poder a través de una reforma constitucional vía poder legislativo que le permita cambiar el actual sistema parlamentario a uno de mayor calado presidencialista, se ven aniquiladas con la actual atomización política, en especial tras el ascenso del HDP.

Tras las elecciones municipales de febrero pasado, donde el AKP logró conservar su mayoría con el 40% de los votos, Erdogan afinó una estrategia política al nominarse como presidente de la República turca y elegir al hasta ahora presidente Ahmet Davutoglu como primer ministro y abanderado político del partido islamista. El trueque Erdogan-Davutoglu dentro del AKP mostraba la intención del ahora presidente de definir una eventual mayoría parlamentaria orientada a reformar la Constitución, así como de consolidar un tándem político que, eventualmente, permitiera abrir las compuertas de una hegemonía absoluta para el AKP.

En este sentido, el objetivo de Erdogan era conservar la presidencia hasta 2023, año que conmemorará el centenario de la proclamación de la República turca tras la desintegración del Imperio otomano. Imbuido por el simbolismo histórico, Erdogan esperaba superar al creador de la actual República, Mustafá Kemal Atatürk, como el presidente con mayor duración en el poder.

Con todo, y si bien el AKP ganó sin mayoría absoluta, el panorama turco es sumamente impredecible. Está por ver si sus opositores laicos, el CHP, el MHP y el HDP, logran pactar un consenso aún incierto, o si bien las diferencias se acentúen a tal nivel que la Comisión Electoral deba convocar a nuevos comicios presidenciales en un plazo de mes y medio.

El contexto post-electoral ya evidenció los primeros síntomas de riesgo para la economía turca, ante la caída de la Bolsa de Valores y de un 8% de la cotización de la lira turca. La crisis económica mundial, con particular incidencia en una economía emergente y diversificada como Turquía a pesar de su notable dependencia del sector turismo, así como los efectos del conflicto en la vecina Siria, tomando en cuenta que Turquía es el país con mayor número de refugiados de este conflicto (más de cuatro millones de personas), también están afectando el boom económico vivido por Turquía desde hace una década así como la estabilidad social, un aspecto que igualmente ha polarizado los apoyos electorales del AKP.

 

¿Cambio de dirección?

Las pretensiones absolutistas y la adopción de un estilo polarizador con tintes autoritarios y demagogos han pasado factura a un Erdogan que, incluso, puede ver cuestionado su liderazgo dentro del AKP tras estas elecciones. Si su victoria electoral en 2002 supuso un necesario aire fresco para la política turca, el freno electoral de 2015 a sus pretensiones presidencialistas igualmente puede suponer un necesario cambio de conducción para Turquía, a pesar de los riesgos de atomización y de inestabilidad.

Del mismo modo, los intereses geopolíticos, particularmente occidentales, cobran intensidad en esta etapa post-electoral. Turquía, miembro estratégico de la OTAN, ha experimentado una política de mayor calado autonomista bajo Erdogan, avanzando en mayores vínculos con Rusia, China e Irán, un mayor distanciamiento hacia la Unión Europea (particularmente en lo concerniente a las negociaciones de admisión turca, paralizadas desde hace casi una década), fuertes críticas hacia la política de EEUU en Oriente Medio y una situación de cuasi ruptura de relaciones con Israel, en particular en lo concerniente al problema palestino.

En este sentido, el freno electoral a los planes absolutistas de Erdogan y del AKP posee una incidencia geopolítica clave, principalmente ante la consolidación del Estado Islámico como un actor político autónomo de carácter yihadista en pleno corazón de Oriente Medio, entre Siria e Irak.

Por tanto, los efectos colaterales del conflicto sirio hacia un país estratégico como Turquía implican una mayor atención por parte de EEUU y sus aliados hacia el contexto político turco. En este sentido, las presiones independentistas kurdas, con la eventual posibilidad de constituirse un Estado kurdo independiente en el norte de Irak, recrean una incidencia ante el actual contexto político turco, razón por la que la apuesta por un moderado HDP ha sido bien observada desde Occidente como actor que frene cualquier radicalización del problema kurdo, así como de las pretensiones absolutistas de Erdogan.

El contexto postelectoral turco determinará si estamos observando impredecibles escenarios que eventualmente den cuenta de una Turquía post-Erdogan. Concentrando ahora su atención en recuperar el crédito perdido, está por ver en qué medida la presumible habilidad política del actual presidente turco le permita concretar mecanismos de consenso político interno, recuperando las expectativas de conservar el sistema parlamentario como factor de equilibrio político.

Esta eventual apuesta por los pactos por parte de Erdogan y del AKP pueden igualmente reproducirse en el contexto exterior, a través de un mayor entendimiento con los intereses occidentales.

Caso contrario, la igualmente presumible radicalización política en un contexto postelectoral sumamente atomizado recrearía una situación de inestabilidad sumamente preocupante para una tan Turquía estratégicamente ubicada.

Todo ello pondrá en prueba la capacidad de liderazgo y de maniobras políticas por parte de Erdogan, dentro y fuera del AKP, así como de las nuevas fuerzas políticas emergentes (HDP) y del tradicionalmente poderoso establishment turco, coloquialmente a denominado como el “Estado profundo” (“derin devlet” en turco), heredero de la República kemalista y cuya preponderancia también se ha visto estructuralmente alterada ante la hasta ahora incontestable hegemonía política del AKP.

 

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