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IGADI 31 de Agosto de 2015 Toro Hardy

Virtud y casinos en la política estadounidense

     En 1919 se celebra en Filadelfia la Asociación Mundial de Fundamentos Cristianos, la cual reúne a miles de representantes conservadores de todas las denominaciones protestantes estadounidenses. En los años siguientes estos “fundamentalistas”, como pasó a conocérselos, intentarán hacerse con el control de las diversas iglesias protestantes. Su reacción virulenta frente a la modernidad y al humanismo secular, así como su interpretación literal de la Biblia, constituirán lo esencial de su lucha. Para comienzos de los veinte del siglo pasado su avance amenazará a toda la estructura protestante tradicional. Un solo episodio, sin embargo, haría derrumbar su reputación.

     En 1925 tuvo lugar en Dayton, Tennessee, el juicio contra un profesor de biología de nombre John Scopes. Ello por enseñar la tesis evolucionista de Darwin en violación de una prohibición legal promovida en ese Estado por los propios fundamentalistas. La ocasión fue propicia para una confrontación de proyección nacional entre el fundamentalismo cristiano y la ciencia. El primero escogió como abogado acusador a quien en tres ocasiones había sido candidato presidencial Demócrata, William Jennings Bryan, ferviente creyente de la versión bíblica del creacionismo. La Unión Americana de Derechos Civiles escogió como defensor de Scopes al connotado racionalista Clarence Darrow.
 
     Aunque Scope fue condenado a pagar una multa por violación a las leyes de Tennessee, la contundencia de los argumentos científicos de Darrow no sólo puso en ridículo a Bryan, sino que dejó sin sustento a la interpretación literal de la Biblia. Durante las siguientes décadas el fundamentalismo perdería toda credibilidad y sus desmoralizados abanderados entrarían en fase de letargo.  No obstante la convergencia entre la lucha de los derechos civiles, la protesta juvenil contra Vietnam y la liberación sexual, que caracterizaron a los sesenta y a los setenta, promovieron el despertar del fundamentalismo.  Indignados por lo que ocurría a su alrededor, éstos comenzaron a movilizarse de nuevo. 
 

Cambio de bando

     Para finales de los setenta las condiciones estuvieron listas para su reaparición en la escena nacional bajo un movimiento denominado “Mayoría Moral”. En él convergían las distintas expresiones evangélicas del país. Este despertar del fundamentalismo religioso estadounidense se desarrolló dentro de un contexto político particular: el abandono del partido Demócrata por parte de las huestes evangélicas del Sur. Reaccionando frente a los excesos liberales que estaban tomando cuerpo al interior de dicha agrupación, el nuevo fundamentalismo migró hacia el partido Republicano. Ello cambiaría la faz de ambas agrupaciones. Los Republicanos, históricamente asociados al protestantismo tradicional y moderado, pasarán a depender crecientemente del vociferante movimiento evangélico. Por su parte los Demócratas, que hasta entonces habían sido el anclaje natural del fundamentalismo religioso sureño, se verán liberados de su extremismo. Mientras los primeros asumían una identidad de fuertes tintes religiosos los segundos pasaban a vestir un ropaje seglar.

     La presidencia Reagan coincidirá con la consolidación de la “Mayoría Moral” como poder mediático y como fuerza sólidamente organizada. Aquel les asignará un coto clave: la selección de los jueces federales. En un país de Derecho Común, en el que la jurisprudencia de sus tribunales constituye una de las fuentes primordiales en la orientación de la sociedad, ello permitirá iniciar un vuelco conservador en las costumbres. Revitalizados en su oposición a Clinton, quien a sus ojos encarnaba todos los males de la sociedad secular, los fundamentalistas intentarán llevar a alguien afín a la Casa Blanca. El segundo de los Bush encarnará a cabalidad sus aspiraciones. Sarah Palin, de su lado, los entusiasmará en las elecciones del 2008, cosa que no lograría hacer John McCain ni, cuatro años más tarde, Mitt Romney.

Virtud y casinos

     De acuerdo a una encuesta del Washington Post de julio pasado, Donald Trump estaría encabezando la preferencia de los evangelistas de cara a las primarias Republicanas. Ello resulta doblemente curioso. Primero porque dos de los precandidatos, Ben Carson y Mike Huckabe, resultan mucho más cercanos a sus ideas y a sus filas. Segundo, y más significativo, porque Trump no es sólo doblemente divorciado sino que parte importante de su fortuna se identifica con casinos, concursos de belleza y la industria del entretenimiento. No precisamente la encarnación de sus valores. Sarah Posner, experta en fundamentalismo cristiano da con la clave: “Lo que los motiva no es necesariamente la visión de Estados Unidos como nación piadosa sino quizás, y más importante aún, la afirmación de Estados Unidos como país fuerte, poderoso y antes que nada el mejor” (“How Trump has exposed rifts in the religious right”, USC Annenberg, August 19, 2015). Virtud y casinos pasan a asociarse así en la compleja política estadounidense.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais