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IGADI 13 de Abril de 2015 Toro Hardy

Washington: ¿Empantanándose de nuevo en el Medio Oriente?

             Kishore Mahbubani, probablemente el más destacado estudioso de las relaciones internacionales en Asia, declaraba lo siguiente al International Herald Tribune Magazine en junio de 2011: “Objetivamente la mayor potencia mundial debería focalizar su atención en la mayor potencia emergente. Siendo así Estados Unidos debería dedicar el 90% de la misma a China. Sin embargo el 90% de su atención es dedicada a librar dos guerras innecesarias en Irak y Afganistán”. Si bien la aseveración de Mahbubani resultó válida durante la primera década del nuevo milenio, ya para 2011 la atención prioritaria de Washington estaba siendo volcada hacia China con abandono creciente del Medio Oriente. Varias razones influyeron en esta decisión: la constatación de que China representaba su mayor rival estratégico en el siglo XXI; la disminución de su nivel de paranoia con respecto a los riesgos del terrorismo islámico; la pérdida de relevancia estratégica del petróleo del Medio Oriente como resultado de los hidrocarburos de esquisto domésticos y, finalmente, la saturación resultante de los costos humanos y económicos incurridos en Irak y Afganistán.

 Prioridad China

             La respuesta estadounidense al emerger de China buscó materializarse por dos vías distintas: elevando la capacidad competitiva doméstica y enfrentando internacionalmente a China. En relación a lo primero Obama formuló proyectos y propuestas que no lograron avanzar mucho. Para lo segundo planteó una política de tenaza destinada a contener a China. La misma contaba con dos vertientes: una económica representada por la Asociación Tras Pacífica y otra geopolítica expresada en el llamado “Pivote Asia”. Si bien la vertiente económica ha ido encontrando importantes resistencias en su propio Congreso, la segunda fue materializándose a través del apoyo estadounidense a quienes confrontan diferendos marítimos con China. Lo geopolítico tendió así a prevalecer dentro del contexto de un propósito estratégico que resultaba mucho más amplio y ambicioso.

            Sin embargo esta focalización de su atención debió ceder espacio ante eventos inesperados surgidos en marzo de 2014. La vuelta de Crimea a Rusia y las aspiraciones secesionistas de los habitantes del Sureste de Ucrania, hicieron que la contención a China debiera compartir atención con la contención a Rusia. En junio de ese mismo año otro evento inesperado diluyó aún más su orientación estratégica en relación a Pekín.  La invasión a Irak por parte de ISIS y la declaración de éste como Califato universal, hicieron que la mirada estadounidense tuviera que volver a una región del mundo que parecía haber quedado subordinada a un segundo plano.

 El absorbente Medio Oriente

Sin embargo, el Medio Oriente se ha convertido para Washington en una fuerza absorbente inmensamente poderosa, exigiendo parcelas cada vez mayores de su atención. En el proceso no sólo Rusia sino la propia China se han visto ahora relegadas. A las presiones impuestas por ISIS vino a sumarse la cuenta regresiva de las negociaciones nucleares con Irán. Por segunda vez desde la invasión a Irak Estados Unidos se ve inmerso en la irreconciliable falla tectónica entre los mundos sunitas y chiitas, en la cual para complicar aún más las cosas participa esta vez también Israel. En efecto, un Israel insatisfecho con cualquier solución no maximalista en las negociaciones con Irán ha ido fomentando su alianza con el sunismo anti iraní e incrementando sus críticas a la Casa Blanca.

 La política estadounidense hacia el Medio Oriente se ha convertido en la antítesis de su política hacia China. Frente a la consistencia estratégica de esta última, el Medio Oriente le representa la ausencia absoluta de propósito y de brújula. De un lado Washington negocia y logra un acuerdo con Irán en materia nuclear, contraviniendo a Israel y Arabia Saudita sus mayores aliados regionales. Con ello inicia un proceso de distensión con Teherán que se ve acrecentado por vía de la alianza que ambos mantienen contra ISIS en Irak. Del otro lado, apoya a los sauditas y a los países del Golfo en contra de las fuerzas chiitas Houthi en Yemen, las cuales son respaldadas por Irán. En virtud de esto último formula advertencias amenazantes a Irán y se enfrenta al ex Presidente Saleh de Yemen, que durante largos años fue su gran aliado. En Siria, desde luego, las cosas no son más claras: mientras propicia el cambio del régimen de Assad, se enfrenta a ISIS y al Frente Nusra que buscan derrocar a aquel. Este último, por lo demás, es sostenido abiertamente por Arabia Saudita. Y así sucesivamente se va enrollando el escenario, transformándose en  un auténtico monumento al surrealismo.

 

 

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