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OPCh 14 de Decembro de 2015 Toro Hardy

Washington: la inescapable presencia de quien no es arte ni parte

Si algún punto de fricción en el Este de Asia pudiese convertirse en el detonante de una gran guerra, este sería el archipiélago Senkaku/Diaoyu. Ello no sólo por la intensidad de los sentimientos nacionalistas que dicho diferendo invoca entre las partes, China y Japón, sino por la existencia de un Tratado de Defensa recíproco entre Washington y Tokio. Una pequeña escaramuza armada en dichas islas podría convertirse en la chispa que desencadenase una confrontación que involucrase a EEUU.

La historia

Bien vale la pena recordar la historia. Tras su derrota en la guerra sino-japonesa de 1894-1895, Pekín se vio obligado a firmar el desigual Tratado de Shimoneski mediante el cual cedía a Tokio la isla de Formosa (Taiwan) así como las islas adyacentes que pertenecían a aquella. Ello incluía a las Diaoyu que en lo sucesivo pasaban a ser conocidas como Senkaku.

En la Declaración del Cairo de diciembre de 1943, firmada en tiempos de la Segunda Guerra Mundial por las potencias beligerantes contra Japón, se estableció que los territorios sustraídos a China por dicho país debían de serle restaurados. Entre éstos se mencionaba de manera expresa a Formosa.  En la Proclamación de Postdam, de julio de 1945, las potencias victoriosas reafirmaron los términos de la Declaración del Cairo.

 No obstante en 1951 Estados Unidos y otros estados firmaron el Tratado de Paz con Japón (conocido como el Tratado de San Francisco), en el cual se asignaba al primero la administración de un conjunto de islas al Sur del Paralelo 29 que pertenecían o estaban bajo el control de Japón. Valga agregar que Pekín, ya bajo el mando comunista, no fue signatario de dicho Acuerdo.

En 1971 Tokio y Washington firmaron un Tratado que devolvía al primero las islas que desde 1951 estuvieron bajo la administración del segundo. Allí se incluían a las Senkaku/Diaoyu. En respuesta a la firme oposición de Pekín, Estados Unidos declaró que la devolución a Japón de las islas que habían estado bajo su administración no implicaba una toma de posición con respecto a los reclamos de soberanía sobre las mismas que pudiesen existir.

En 1978 fue firmado el Tratado de Paz y Amistad Sino-Japonés. De acuerdo al mismo se acordaba que en función de los intereses más amplios entre los dos países se dejaba la resolución del diferendo sobre el archipiélago Senkaku/Diaoyu para el futuro. Ello implicaba congelar el tema, encargando de su resolución a las próximas generaciones.

Entre tanto tres de las islas de dicho archipiélago estuvieron en manos de un propietario privado de nacionalidad japonesa. En septiembre de 2012 el gobierno japonés del Primer Ministro Noda nacionalizó las mismas, dando a entender el alto nivel de prioridad política que se asignaba a éstas. Ello elevó al rojo vivo las tensiones con China. Apenas tres meses después Shinzo Abe, un connotado nacionalista, llegaba al poder en Japón.

 El próximo paso en la escalada correspondió a China, quien en noviembre de 2013 creó una Zona de Identificación y Defensa Aérea (ZIDA) de 1.000 kilómetros de largo por 600 kilómetros de ancho en el Mar del Este de China que incluía al archipiélago Senkaku/Diaoyu.

Desde la llegada al poder del Primer Ministro Abe, valga agregar, ha venido teniendo lugar un intento por desmantelar paso a paso el artículo 9 de la Constitución japonesa. Ello daría al traste con la vocación pacifista establecida por ésta. No obstante, mientras el gobierno Abe busca darle a su país libertad de maniobra militar, desea al mismo tiempo preservar el paraguas protector que deriva del Tratado de Defensa firmado con EEUU en 1960.

Narcisismo político

La tensa situación anterior se plantea dentro de la peor de las configuraciones posibles. No sólo el Premier Shinzo Abe es un ferviente nacionalista, sino que también el Presidente chino Xi Jinping lo es. Ambos, y particularmente el segundo, se desenvuelven por lo demás dentro de las fuertes presiones de endurecimiento provenientes de sus respectivas opiniones públicas. Todo ello dentro del contexto de las heridas no cicatrizadas de la historia.

No obstante en 2012 y 2014 Obama colocó a su país en el epicentro de los acontecimientos al declarar que el Tratado de Defensa de su país con Japón cubría al archipiélago Senkaku/Diaoyu. Ello deforma por completo la dinámica del diferendo. Tal apoyo explícito le permite a Tokio elevar sus apuestas más allá de lo que seguramente lo haría en otras circunstancias. De la misma manera reafirma a China en su convicción sobre la inequidad del status quo así como en la sensación de “encierro” marítimo que nutren su actitud expansiva en los mares que rodean a su país.

Este deseo de Washington de querer ser el protagonista principal de todas las tramas evidencia un narcisismo político descomunal. Ello podría resultar gracioso de no ser porque puede dar lugar a una tragedia de grandes proporciones. ¿Qué necesidad tiene EEUU en declarar una beligerancia potencial en un conflicto de tanta sensibilidad como éste en el que no es arte ni parte?

 

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