Especial Irán 2026: Nota de coxuntura Internacional 6
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Irán, Ormuz y el desgaste del poder estadounidense

Mientras Washington oscila entre amenazas maximalistas, pausas tácticas y anuncios contradictorios sobre el fin de la guerra, Irán ha logrado transformar una posición de aparente debilidad en una estrategia de resistencia prolongada. Lejos de producir el colapso esperado, el conflicto ha revelado tanto la capacidad de adaptación iraní como los límites de una política estadounidense cada vez más errática y subordinada a cálculos internos. En este escenario, el estrecho de Ormuz ya no representa únicamente una vía energética estratégica, sino una herramienta de presión política y simbólica en una guerra donde no solo se disputan territorios o capacidades militares, sino también el control del relato, la percepción global del conflicto y la redefinición del orden regional.
Liñas de investigación Relaciones Internacionales
Apartados xeográficos Oriente Medio

Durante años, gran parte de la narrativa occidental sobre Irán se construyó sobre una idea aparentemente simple: un régimen aislado, económicamente asfixiado y sostenido únicamente por la represión interna terminaría colapsando si era sometido a suficiente presión militar y financiera. La guerra abierta impulsada por Estados Unidos e Israel parecía diseñada precisamente bajo esa lógica. Sin embargo, más de dos meses después, el escenario es muy distinto al imaginado por Washington y Tel Aviv.

El régimen iraní no cayó. No capituló. Tampoco perdió completamente su capacidad de respuesta militar ni su influencia regional. Por el contrario, logró adaptarse rápidamente a una guerra que, lejos de resolverse mediante una victoria relámpago, derivó en un conflicto de desgaste donde la principal fortaleza iraní no es la superioridad militar convencional, sino su capacidad para sostener la incertidumbre.

Ahí reside uno de los principales errores estratégicos de la administración de Donald Trump: haber interpretado el conflicto desde parámetros clásicos de supremacía militar, subestimando la lógica asimétrica construida por Irán durante décadas. Teherán entendió hace tiempo que jamás podría competir con la capacidad aérea estadounidense o israelí. Por eso desarrolló otra doctrina: drones, misiles, lanchas rápidas, operaciones ambiguas y redes regionales de aliados capaces de ampliar el conflicto sin necesidad de enfrentamientos frontales permanentes.

Irán no necesita ganar militarmente para evitar perder políticamente. Esa parece ser hoy la lógica central del conflicto. El analista iraní Hamidreza Azizi lo define como una estrategia de “ni guerra ni paz”: evitar tanto la confrontación total como una desescalada que pueda interpretarse como rendición. El objetivo no es destruir a Estados Unidos o a Israel, sino elevar permanentemente los costes políticos, económicos y estratégicos de la confrontación.

En este contexto, el Estrecho de Ormuz dejó de ser únicamente una vía marítima para convertirse en la principal baza de presión iraní. Paradójicamente, no fue Irán quien primero alteró la normalidad del estrecho, sino la ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel, que abrió una nueva fase de militarización regional. La posterior respuesta iraní transformó Ormuz en un espacio de vulnerabilidad permanente para el sistema energético global.

Pero quizá el aspecto más interesante de esta guerra no sea únicamente militar, sino narrativo. Mientras Washington mantiene un discurso grandilocuente y errático, Irán ha demostrado una sorprendente capacidad de adaptación comunicacional. Durante las primeras semanas proliferaron vídeos satíricos y montajes tipo Lego ridiculizando a Trump, Benjamin Netanyahu y al secretario de Defensa estadounidense. Más tarde, la narrativa evolucionó hacia mensajes dirigidos directamente a la sociedad norteamericana, apelando incluso a la Constitución estadounidense y diferenciando entre el pueblo y sus dirigentes políticos. Detrás de esta estrategia existe también una batalla por el control del relato: quién logra imponer internacionalmente la imagen de víctima, agresor, resistencia o legitimidad. Irán entendió que la guerra contemporánea no se libra únicamente en el terreno militar, sino también en redes sociales, plataformas digitales y percepciones globales.

Mientras tanto, la propia credibilidad de Trump se erosiona aceleradamente. Sus amenazas de destruir la “civilización persa”, sus ultimátums prorrogados y sus posteriores retrocesos alimentaron incluso un acrónimo convertido en meme político: TACO, “Trump Always Chickens Out”. El reciente congelamiento del llamado “Project Freedom”, anunciado inicialmente como una operación decisiva para garantizar la libre navegación en Ormuz, reforzó esa percepción de volatilidad e improvisación estratégica.

El contraste es evidente: en esta crisis, el actor que aparece como más imprevisible ya no es Irán, sino Estados Unidos. Washington oscila entre amenazas maximalistas, pausas tácticas, anuncios contradictorios y declaraciones de victoria prematura. Marco Rubio llegó incluso a afirmar que “la guerra ha terminado”, justo cuando continúan los incidentes marítimos, los ataques indirectos y la tensión regional. Detrás de estas declaraciones también pesa la política interna estadounidense: el plazo de sesenta días que permite al presidente mantener operaciones militares sin autorización explícita del Congreso ya expiró, y la Casa Blanca necesita ganar tiempo político evitando reconocer una guerra abierta prolongada.

Todo esto ocurre, además, en un contexto internacional mucho más fragmentado que el de hace dos décadas. El multilateralismo ya venía debilitado desde el primer mandato de Trump, pero esta guerra acelera todavía más esa erosión. “America First” nunca significó menos intervencionismo; significó un intervencionismo subordinado exclusivamente al interés estadounidense, incluso a costa de deteriorar alianzas y organismos internacionales.

La guerra también ha dejado profundamente erosionada la arquitectura de seguridad del Golfo, históricamente dependiente del paraguas militar estadounidense. Durante décadas, las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo asumieron que Washington garantizaría la estabilidad regional frente a amenazas externas. Sin embargo, el desarrollo del conflicto con Irán ha introducido dudas crecientes sobre la fiabilidad de esa protección. En las capitales del Golfo empieza a consolidarse la percepción de que Estados Unidos ha priorizado esencialmente la seguridad de Israel, incluso a costa de exponer a sus aliados árabes a la represalia iraní y a una escalada regional prolongada. La salida confirmada de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP refleja también esa fragmentación progresiva de un bloque que durante décadas actuó con relativa cohesión energética y estratégica. A medio plazo, esta crisis probablemente obligará a actores como Arabia Saudí, Kuwait, Qatar o el sultanato de Omán, a revisar sus doctrinas de seguridad y explorar mecanismos más diversificados de protección y mediación.

No resulta casual que, junto al desgaste progresivo de la influencia estadounidense, comiencen a ganar visibilidad actores intermedios y mediadores regionales que hasta hace pocos años ocupaban posiciones mucho más periféricas en el tablero geopolítico. Países como Pakistán empiezan a proyectar un protagonismo diplomático y estratégico creciente en Oriente Medio, mientras China consolida silenciosamente su influencia económica y energética en la región. En este contexto, la visita anticipada del ministro iraní Abbas Araghchi a Pekín antes del viaje de Trump adquiere un significado especialmente revelador. Más que un simple gesto diplomático, parece responder a un intento de Teherán de coordinar posiciones con China antes de cualquier redefinición estadounidense del conflicto y evitar que Washington utilice posteriormente su diálogo con Pekín para legitimar nuevas presiones o eventuales acciones ofensivas contra Irán. Una vez más, la dirigencia iraní demuestra una estrategia calculada orientada no solo al terreno militar, sino también al diplomático y narrativo.

Más allá del desenlace inmediato, el conflicto parece acelerar la transición hacia un orden internacional más fragmentado, donde las potencias tradicionales conservan capacidad militar, pero pierden progresivamente capacidad de control político y capacidad de imponer marcos estables de gobernanza.

La gran conclusión es incómoda para Washington: no existe una solución militar sencilla para un problema profundamente político. La guerra no ha destruido el sistema iraní; ha acelerado la transformación de un orden regional donde el poder ya no se mide únicamente por capacidad militar, sino también por resiliencia, narrativa y capacidad de generar incertidumbre estratégica.

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