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La doble naturaleza del proyecto chino

 Estatua de Confucio en Yueyang (Hunan), clic para aumentar
El confucianismo vuelve por sus fueros en la cotidianeidad política y social de China. No se trata de volver atrás, pero si de no renunciar a todo cuanto del pasado pueda servir en el presente para asegurar la estabilidad y la armonía social cuando las claves ideológicas que en su día propiciaron el ascenso al poder del PCCh manifiestan serias quiebras fácticas, cuando el fracaso de las soflamas maoístas anticonfucianas es más evidente que nunca y cuando la nueva complejidad social originada por la reforma promueve transformaciones tan singulares cuyo funcionamiento sólo es concebible si se analiza desde la óptica civilizatoria. (Foto: Estatua de Confucio en Yueyang, Hunan. ©Steve Webel).
 

Desarrollar y modernizar el país, convirtiéndolo en una gran potencia industrial, comercial y tecnológica para facilitar una elevación sustancial y duradera del nivel de vida de su inmensa población constituye la esencia del proyecto chino. Siendo esto cierto, habitualmente prestamos atención preferente a la dimensión económica de su reforma, a sabiendas de que, en lo político, por activa y por pasiva, los dirigentes chinos han dado a entender la existencia de claros límites en su proyecto. ¿Pero es sólo economía o política lo que está en juego?

Si nos quedamos instalados en esa dimensión superficial y evidente de lo político y lo económico, y en las innumerables contradicciones que esa asimétrica evolución suscita en lo ideológico cuando es un Partido autodenominado comunista quien dirige tan complejo proceso, probablemente no alcanzamos a comprender la motivación de fondo que anima la actual senda. Esa visión quedará siempre incompleta si no integra otros dos factores, cada día más presentes y visibles en el comportamiento chino: el civilizatorio y el histórico. Ambos nos pueden ayudar a entender mejor las claves y el sentido futuro de su emergencia. Prescindiendo de la cultura o de la historia, y queriendo reducirlo todo a un debate “occidental” acerca del modelo de sociedad que pueda surgir de la reforma (la omnipresente discusión acerca de si China es o no socialista, sobre la que ellos pasan de puntillas remitiéndonos a esa verdad ambigua que dice estar en los hechos), no llegaremos a comprender la verdadera identidad del cambio chino.

En efecto, el confucianismo vuelve por sus fueros en la cotidianeidad política y social de China. No se trata de volver atrás, pero si de no renunciar a todo cuanto del pasado pueda servir en el presente para asegurar la estabilidad y la armonía social cuando las claves ideológicas que en su día propiciaron el ascenso al poder del PCCh manifiestan serias quiebras fácticas, cuando el fracaso de las soflamas maoístas anticonfucianas es más evidente que nunca y cuando la nueva complejidad social originada por la reforma promueve transformaciones tan singulares cuyo funcionamiento sólo es concebible si se analiza desde la óptica civilizatoria. Es el caso, por ejemplo, del impulso al interclasismo en el PCCh, que recuerda la necesidad de evitar el surgimiento de poderes alternativos al mandarinato; o la cruzada moral impulsada por Hu Jintao, que toma buena nota de que todas las dinastías empezaron a decaer cuando sus gobernantes se volvieron más y más corruptos. Ese repunte de tantos factores presentes en la milenaria tradición china (no solo confuciana, también legalista), refuerzan la singularidad de su proceso y contribuyen a remarcar su nacionalismo, propuesta subyacente y cada vez más explicita, que puede facilitarle la perpetuación presente y futura.

El otro factor es la historia. Esa es la segunda clave de fondo de la reforma. Lo que parece intentar la “dinastía” del PCCh es poner fin a un ciclo de decadencia que se inició cuando en el siglo XVIII el emperador Qianlong, conquistador de Xingjiang, Tibet o Mongolia, dijera en 1793 al rey Jorge III de Inglaterra que tenía de todo en abundancia y que no le faltaba nada, rechazando la instalación de una embajada en Beijing o mejores términos para desarrollar el comercio (las importaciones de té eran seis veces mayores a las ventas británicas a China). La Inglaterra de Jorge III, que había puesto fin a milenios de predominio de la agricultura como fundamento material de las sociedades modernas, decidió entonces preparar el asalto. Aquel aislamiento, impuesto por aquella dinastía Qing (1616-1911) que prohibió el contacto marítimo con el exterior, le costó a China pasar del centro a la periferia del universo. Por eso, la significación de la apertura al exterior promovida por Deng Xiaoping con su reforma, es de un alcance muy superior a la propia ruptura con el autosostenimiento maoísta.

Los símbolos de la decadencia del pasado son hoy baluartes irrenunciables del proceso chino. Al aislamiento, apertura; a la negativa a comerciar con el exterior, producción orientada a la exportación. Pero hay más: al atraso científico, innovación tecnológica; y a la inferioridad defensiva, un considerable esfuerzo militar, especialmente aumentando su poder naval. En ambos casos, cabe esperar una tenaz insistencia por parte de los líderes chinos, ya que dichas flaquezas le desarmaron ante el empuje de los “bárbaros” llegados de Occidente. Y, por último, esta gigantesca operación histórica explica la obsesión con Taiwán, expresión de un tiempo de debilidad que le impidió preservar su integridad territorial.

Todo ello tiene trascendencia no solo en el orden interno, para comprender el funcionamiento del sistema y la sociedad, sino que también contribuye a definir que podemos esperar de su comportamiento en el sistema internacional. El énfasis en la singularidad civilizatoria hace difícilmente atractivo el modelo chino más allá del limitado escenario asiático. Carece de sentido imaginar cualquier forma de mesianismo pequinés. Por otra parte, aunque se han registrado históricamente episodios de conquista de Corea (tres veces fracasadas en tiempos de la dinastía Sui), o Japón (dos veces fracasadas en tiempos de la dinastía Yuan), o también los viajes de Zheng He (dinastía Ming), lo cierto es que los chinos raramente se han sentido atraídos por el extranjero. No obstante, hoy sus necesidades son otras, pero cabe imaginar que para afrontarlas tenderán a priorizar el modus operandi de su civilización, buscando antes la ganancia común que la agresión.

Es verdad que China no entiende su emergencia si ello implica renuncia a su soberanía. Se trata de reencontrarse consigo misma y con el mundo en un tiempo totalmente nuevo, pero poniendo al día su identidad más característica. Muchos asuntos internos serán prioritarios en su agenda, aunque deberá hacer frente a los retos que plantea una presencia exterior que podría llegar a ser cuestionada por otras potencias con las que mantiene una competencia estratégica.

No cabe esperar del PCCh que renuncie formalmente a nada, ni al marxismo ni a ese confucianismo ad hoc hoy en boga. Intentará resistir cualquier presión y no arrancará hoja alguna de sus libros. En ello tampoco verán contradicción, sino diversidad y hasta armonía. Por esa misma razón, a sus ojos, las sucesivas etapas históricas vividas, incluidas las contemporáneas, no se niegan unas a otras sino que se suman y, llegado el caso, se valoran aplicando porcentajes ““tanto bueno y tanto malo-, rechazando de plano tirarlo todo por la borda. Historia y cultura, pues, y no solo economía y política, hunden sus raíces en el origen y objetivos del cambio chino. Son sus pilares más profundos y pudieran llegar a ser los factores más determinantes del actual proceso.