Especial Irán 2026: Nota de coyuntura Internacional 5
Imaxe dun vídeo tipo Lego-Explosive Media.

De misiles a memes: la guerra cultural entre Irán y Estados Unidos

Mientras continúan las operaciones militares y se intensifica la confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel, la guerra no se está librando únicamente en el plano estratégico o territorial. En paralelo, se despliega una batalla menos visible pero igualmente decisiva: la disputa por el control del relato en el entorno digital. A través de formatos aparentemente triviales —como vídeos animados de estética simple y alto potencial viral—, los actores implicados buscan no solo influir en la percepción internacional del conflicto, sino también redefinir su significado, sus protagonistas y las condiciones bajo las cuales podrá interpretarse su desenlace.
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En los conflictos contemporáneos, la superioridad militar ya no garantiza la victoria. En términos de lo que el analista militar Frank Hoffman definió como “guerra híbrida”, donde lo militar y lo informativo se entrelazan, el conflicto actual muestra hasta qué punto la comunicación es ya un frente decisivo.

En este terreno, aparentemente banal pero profundamente estratégico, los vídeos animados —incluidos los conocidos como “vídeos tipo Lego”— se han convertido en herramientas de influencia global.

Lejos de ser simples piezas propagandísticas improvisadas, estos contenidos forman parte de una arquitectura comunicativa sofisticada. La antropóloga iraní Narges Bajoghli ha mostrado cómo el aparato mediático vinculado al Estado iraní —especialmente en torno al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— lleva décadas invirtiendo en productoras, formación audiovisual y estrategias narrativas. La novedad no es la propaganda, sino su mutación.

El cambio más relevante es generacional. Frente a la estética tradicional del régimen —solemne, religiosa, centrada en el martirio— emerge ahora un lenguaje visual adaptado a la cultura digital global: animaciones coloridas, ritmos de rap, mensajes simples y altamente compartibles. No buscan persuadir mediante argumentos complejos, sino activar emociones rápidas: humor, ridiculización, identificación.

En este contexto, los vídeos tipo Lego cumplen una función clara: simplificar la guerra y volverla consumible en clave digital. Reducen el conflicto a una narrativa visual accesible para públicos que no consumirán análisis geopolíticos extensos, pero que sí conectan con secuencias breves, música reconocible y códigos emocionales de rápida circulación.

Sin embargo, lo más interesante no es el formato, sino el contenido. En estos vídeos, la figura de Donald Trump aparece sistemáticamente representada como un “bully”: arrogante, impulsivo y aislado. En algunas piezas, se le muestra contactando con líderes europeos como Keir Starmer, Emmanuel Macron o Friedrich Merz, quienes —tras colgar el teléfono— reaccionan con indiferencia o incluso burla. El mensaje es inequívoco: Estados Unidos está solo.

En algunas de las piezas que han circulado recientemente, esta construcción del adversario se apoya además en un repertorio verbal y musical reconocible para audiencias jóvenes. Las letras, sobre bases de rap, recurren a rimas simples como “loser”, “come closer”, “you’re a poser” o “liar”, acompañadas de imágenes sencillas y muy poco texto. Junto a ello, introducen referencias a acusaciones previas contra Trump, como sus vínculos con el caso Epstein o la contradicción entre su promesa de evitar nuevas guerras y su implicación actual en el conflicto. El objetivo no es solo desacreditar al adversario a nivel internacional, sino también incidir sobre públicos jóvenes estadounidenses, más permeables a estos códigos que a análisis complejos.

Este enfoque no es casual. La estrategia parece orientarse a exponer las contradicciones del adversario más que a recurrir a ataques directos contra símbolos universales.  No necesita hacerlo. La estrategia iraní consiste en dejar que sea el propio Trump quien erosione su legitimidad internacional. Su comportamiento —incluyendo episodios recientes en los que se ha representado a sí mismo con una estética cercana a la iconografía cristológica antes de retirar dichas imágenes tras la polémica— refuerza la narrativa iraní sin necesidad de amplificación externa.

Aquí reside una de las claves de esta guerra cultural: la asimetría narrativa. Mientras Irán construye una imagen de sí mismo como actor racional, moderno y tecnológicamente adaptado, su adversario proyecta, en ocasiones, una imagen de desmesura e imprevisibilidad. Esto permite a Teherán disputar un terreno donde históricamente ha sido débil: la percepción global.

Como ha señalado el historiador y analista iraní Arash Azizi, estas narrativas no se dirigen a una única audiencia, sino que operan simultáneamente en varios niveles: interno, regional y global. Los vídeos no solo buscan influir en la opinión pública internacional, sino también reforzar la cohesión interna y enviar mensajes a la diáspora iraní, cada vez más fragmentada.  Este desplazamiento tiene implicaciones también en la diáspora iraní. Figuras como Reza Pahlavi, el príncipe heredero en el exilio, o Masih Alinejad, activista por los derechos de las mujeres, han apoyado abiertamente la estrategia de presión occidental.

Sin embargo, este posicionamiento puede generar un efecto contraproducente. En distintos sectores iraníes, tanto dentro como fuera del país, se percibe con incomodidad, incluso con abierto rechazo, su respaldo a acciones militares que afectan a la población civil.

El riesgo, en términos políticos, es evidente. Al alinearse con potencias percibidas como agresoras, estos sectores pueden quedar deslegitimados tanto dentro como fuera de Irán. La narrativa del régimen, que los presenta como instrumentos de intereses extranjeros, gana así credibilidad.

En este escenario, la batalla por el relato adquiere una dimensión estratégica central. No se trata solo de quién tiene razón, sino de quién logra imponer su interpretación de los hechos. Y en ese terreno, los vídeos aparentemente triviales —los memes, las animaciones, las piezas virales— se convierten en vectores de influencia más eficaces que muchos discursos oficiales.

La guerra en Oriente Medio sigue siendo, sin duda, una guerra de misiles, alianzas y equilibrios de poder. Pero es también, cada vez más, una guerra de imágenes. Y en ese campo, donde la velocidad importa más que la profundidad, Irán ha demostrado una capacidad de adaptación que muchos de sus adversarios aún no han terminado de comprender.