En el debate público internacional, especialmente en medios occidentales, la guerra suele presentarse como un enfrentamiento relativamente claro: un Estado —Irán— sometido a una presión militar creciente por parte de Estados Unidos e Israel, en un contexto en el que se especula con la posibilidad de un debilitamiento progresivo del sistema político iraní. Sin embargo, esta lectura resulta insuficiente para comprender la dinámica real del conflicto.
Lo que emerge con mayor claridad a partir de análisis recientes es que no existe una única guerra, sino varias guerras superpuestas, cada una interpretada de forma distinta por los actores implicados.
Desde Washington, la guerra se presenta como una combinación de presión militar y oportunidad diplomática. La narrativa dominante insiste en que la intensificación del conflicto estaría empujando a Irán hacia la negociación. En esta lógica, la diplomacia no aparece como un giro, sino como la consecuencia directa de la eficacia de la coerción. Esta lectura responde a una forma de entender el poder profundamente arraigada en la política exterior estadounidense, donde la presión sostenida debería traducirse en concesiones del adversario.
Sin embargo, esta interpretación es frontalmente rechazada desde Teherán. Como ha expresado el Ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, el intercambio de mensajes no equivale a una negociación en sentido político. Aceptar ese encuadre implicaría reconocer que la apertura diplomática es fruto de la debilidad. Por ello, el discurso iraní insiste en lo contrario: si existe una posibilidad de negociación, es porque la estrategia de resistencia ha conseguido modificar el cálculo del adversario.
Este punto resulta central para comprender la lógica del conflicto. Como ha señalado la académica iraní-estadounidense Narges Bajoghli, medir esta guerra exclusivamente en términos militares conduce a conclusiones erróneas. Aunque Irán esté sufriendo daños significativos en infraestructura y capacidades, la cuestión clave no es si está perdiendo en el campo de batalla, sino si está logrando sus objetivos estratégicos. Entre estos objetivos se encuentran resistir, evitar el colapso, encarecer el conflicto y obligar al adversario a recalibrar su posición.
Esta lectura encuentra respaldo en el análisis de Vali Nasr, profesor de la Universidad Johns Hopkins, quien ha insistido en que interpretar a Irán como un actor irracional constituye uno de los errores analíticos más persistentes en Occidente. Lejos de responder de forma caótica, Teherán sigue una lógica coherente basada en la resistencia prolongada, la gestión del tiempo y la adaptación a contextos adversos.
En esta misma línea, Ali Vaez analista de International Crisis Group, ha señalado en múltiples ocasiones que uno de los rasgos definitorios del sistema iraní es su capacidad de supervivencia. Más que imponerse rápidamente sobre sus adversarios, la República Islámica ha demostrado una notable habilidad para absorber presión, adaptarse a contextos hostiles y prolongar conflictos, siguiendo una estrategia de desgaste, hasta alterar el equilibrio inicial.
Desde esta perspectiva, instrumentos como el estrecho de Ormuz adquieren una relevancia estratégica particular. No se trata necesariamente de un bloqueo físico, sino de la generación de incertidumbre suficiente para alterar el comportamiento de actores económicos clave, como armadores y aseguradoras. La amenaza —más que la acción— se convierte en un mecanismo eficaz de presión, capaz de producir efectos globales sin necesidad de una confrontación directa.
A esta disputa entre Washington y Teherán se suma una tercera narrativa, la israelí, que introduce una lógica distinta. Mientras Estados Unidos mantiene abierta la puerta a una posible negociación, Israel ha señalado de forma reiterada su intención de continuar las operaciones hasta neutralizar lo que considera amenazas existenciales, especialmente en el frente libanés. La posibilidad de establecer una zona colchón en el sur del Líbano y las operaciones asociadas a este objetivo evidencian que no todos los actores comparten ni los mismos tiempos ni las mismas prioridades estratégicas.
A pesar de estas diferencias, existe un elemento de convergencia que merece atención. Los tres actores implicados han recurrido, en distintos grados, a un lenguaje de carácter religioso para legitimar sus posiciones y movilizar apoyos internos. En Estados Unidos, determinados sectores políticos han enmarcado el conflicto en términos morales; en Israel, las referencias bíblicas han servido para inscribir la guerra en una narrativa histórica de supervivencia; y en Irán, el discurso oficial integra de forma estructural elementos religiosos en su interpretación del conflicto. Sin que ello convierta esta guerra en un enfrentamiento estrictamente religioso, sí contribuye a reforzar su presentación en clave existencial, elevando el conflicto más allá de lo geopolítico y dificultando la construcción de marcos compartidos para una eventual desescalada.
Este desacoplamiento entre narrativas no se limita al plano estatal. Como muestran análisis recientes sobre el debate interno iraní, la guerra está siendo vivida de forma profundamente ambivalente dentro de la propia sociedad. La oposición al sistema político no se traduce automáticamente en apoyo a la intervención externa. Por el contrario, el impacto directo del conflicto tiende a generar dinámicas de cohesión defensiva, incluso entre sectores críticos con el gobierno.
En paralelo, la diáspora iraní reproduce estas tensiones en un entorno distinto, donde las posiciones se polarizan y donde, como ha analizado la psicóloga y profesora universitaria Anahita Mahdavi West, el debate se articula con frecuencia en términos excluyentes que dificultan la representación de posiciones intermedias: “si no estás conmigo, entonces eres un agente del régimen o eres islamista”. Lejos de constituir un bloque homogéneo, la diáspora se convierte así en otro espacio de disputa sobre el significado del conflicto.
En este contexto, el análisis de Ali Vaez resulta particularmente relevante. Según Vaez, el problema no radica únicamente en la dificultad de comprender a Irán, sino en la desconexión entre el conocimiento experto disponible y los procesos reales de toma de decisiones en Washington. No es tanto una falta de información como una falta de integración de ese conocimiento en la estrategia política lo que contribuye a explicar los errores de cálculo observados.
La acumulación de estas dinámicas sugiere que el conflicto difícilmente podrá resolverse mediante esquemas convencionales. Como apuntan tanto Nasr como otros analistas de la región, la ausencia de una victoria clara y la persistencia de la guerra en múltiples niveles podrían convertir este enfrentamiento en una demostración de los límites del poder, más que de su eficacia.
Este escenario plantea, además, un problema de salida que no puede resolverse en los términos en los que actualmente se formula. Como han señalado análisis recientes en publicaciones especializadas en política internacional, la posibilidad de un alto el fuego duradero pasa necesariamente por abandonar posiciones maximalistas por ambas partes. Ni la pretensión estadounidense de rediseñar de forma estructural las capacidades estratégicas iraníes, ni la aspiración de Teherán de traducir su resistencia en un reconocimiento pleno de su margen regional parecen compatibles con una desescalada inmediata.
En este sentido, la viabilidad de una negociación dependerá en gran medida de la capacidad de construir un marco intermedio que permita a cada actor presentar el resultado como compatible con su propio relato. Ello exige no solo canales de mediación creíbles —como los impulsados por actores regionales con capacidad de interlocución en ambas partes—, sino también un acompañamiento más activo por parte de potencias con capacidad de influencia real, incluyendo Europa, China o Rusia, que puedan contribuir a equilibrar la asimetría de posiciones y a generar incentivos para una negociación efectiva.
Al mismo tiempo, el desarrollo del conflicto parece estar produciendo un efecto paradójico. Lejos de debilitar de forma inmediata al sistema político iraní, la guerra ha reforzado ciertos núcleos de poder internos, particularmente aquellos vinculados a los aparatos de seguridad, al tiempo que reduce el margen de maniobra de actores reformistas o moderados. Como ha advertido Karim Sadjadpour, la presión externa no necesariamente acelera la transformación política interna, sino que puede, en determinados contextos, contribuir a su bloqueo.
En este sentido, la dinámica del conflicto parece estar favoreciendo una reconfiguración interna del poder más que su debilitamiento. La concentración de autoridad en torno a figuras y estructuras estrechamente vinculadas a los aparatos de seguridad, en un contexto de sucesión como el que se abre en torno a Mojtaba Jameneí, refuerza la capacidad de adaptación del sistema. Dicho de otro modo, el régimen se transforma, se endurece y resiste, pero no capitula, lo que cuestiona uno de los supuestos iniciales de quienes esperaban un colapso rápido.
Este conjunto de factores sugiere que la salida al conflicto no dependerá únicamente de la evolución militar, sino de la capacidad de los actores implicados para redefinir sus propios objetivos en términos políticamente asumibles. En ausencia de ese ajuste, el riesgo no es solo la prolongación de la guerra, sino la consolidación de un equilibrio inestable en el que ninguna de las partes logre imponerse, pero todas contribuyan a intensificar sus efectos.
En última instancia, lo que está en juego no es solo el desenlace de la guerra, sino la capacidad de cada actor para imponer su interpretación de la misma. Porque en este conflicto, más allá de los avances militares o los retrocesos tácticos, lo que se disputa es quién tiene la autoridad para definir qué ha ocurrido, quién ha ganado y bajo qué condiciones se puede considerar que la guerra ha terminado. Y es precisamente en ese terreno —el del significado— donde esta guerra sigue abierta.

