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El Rol de Turquía en la Geopolítica Global: Entre Oriente y Occidente (II) Influencia, ambiciones y mediación: Turquía en Oriente Medio y el juego diplomático

La serie -El Rol de Turquía en la Geopolítica Global: Entre Oriente y Occidente- analiza la evolución interna de Turquía y su proyección exterior. A través de distintos episodios, examinará su papel como potencia regional, sus relaciones con actores claves y su posición ambivalente entre Europa, Asia y Oriente Medio, con el objetivo de comprender su rol en el actual escenario internacional
Liñas de investigación Relaciones Internacionales
Apartados xeográficos Asia Europa
Palabras chave Turquía Erdogan

Ambiciones regionales, estrategias de influencia y la actuación diplomática de Turquía en el Oriente Medio contemporáneo

Desde el ascenso al poder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en 2002, Turquía ha experimentado una transformación profunda de su política exterior, marcando una nueva etapa en su proyección regional, especialmente en Oriente Medio. Esta región, por su proximidad geográfica e imbricaciones históricas, ha ocupado un lugar estratégico en las relaciones diplomáticas de Ankara. El AKP, liderado por Recep Tayyip Erdoğan y con Ahmet Davutoğlu como arquitecto de su doctrina exterior, ha impulsado una visión ambiciosa que busca posicionar a Turquía como una potencia regional emergente, capaz de combinar identidades occidental y islámica, y aprovechar su ubicación táctica entre Europa y Asia.

El interés de Turquía en Oriente Medio no es nuevo, pero bajo el AKP se ha intensificado, adoptando un enfoque más activo y multifacético. La región se presenta como un espacio de oportunidades para expandir su influencia diplomática, económica y cultural, en un contexto marcado por la retirada relativa de actores tradicionales como Estado Unidos y la Unión Europea.

La doctrina Davutoğlu, inspirada en su obra Profundidad estratégica, estableció un marco teórico y práctico para redefinir la política exterior turca. Basada en principios como “cero problemas con los vecinos”, multidimensionalidad diplomática y centralidad geopolítica, esta visión aspiraba a transformar a Turquía en un actor clave, articulando el legado histórico otomano con los desafíos contemporáneos.

Inicialmente caracterizado por un uso intensivo del “poder blando” y una diplomacia activa, la doctrina evolucionó hacia un mayor intervencionismo a medida que se agudizaban las crisis regionales, como la guerra siria. El principio de “cero problemas” derivó en lo que algunos analistas describen como “cero aliados”, debido al deterioro de relaciones con países como Siria, Irak o Egipto. La retórica neo-otomana, aunque negada por Davutoğlu, impregnó parte del discurso oficial y consolidó el uso simbólico del pasado imperial como herramienta de influencia regional.

La relación entre Turquía y Siria experimentó un viraje radical desde una etapa de acercamiento estratégico en la década de 2000 hasta un enfrentamiento abierto tras el inicio del conflicto sirio en 2001. Durante los años previos a la guerra, ambos países eliminaron visados, incrementaron el comercio y cooperaron en seguridad. No obstante, el apoyo de Ankara a la oposición siria, especialmente a grupos sunís radicales, provocó una ruptura total con el régimen de Bashar al-Ásad.

Este conflicto tuvo repercusiones internas y externas: la llegada masiva de refugiados, el aumento de la inseguridad fronteriza y el deterioro de las relaciones con Estados Unidos, debido a la colaboración de este último con milicias kurdas como el YPG. La operación “Rama de Olivo” en Afrin y las tensiones en Manbij evidenciaron el carácter militarizado de la política exterior turca y su impacto en alianzas con la OTAN.

Turquía e Irán mantienen una relación ambigua, marcada por la cooperación en materia energética y de seguridad fronteriza, pero también por una competencia geopolítica en la región. La contención del nacionalismo kurdo y la estabilidad en Irak han fomentado alianzas tácticas, mientras que las divergencias ideológicas (chiísmo vs. sunismo) y las posturas respecto a Israel o Siria generan fricciones recurrentes.

Ambos países han participado en foros multilaterales como el proceso de Astana y, en ciertos momentos, han defendido una solución diplomática frente a la creciente militarización de la región. Sin embargo, Turquía también ha manifestado su oposición a una Irán nuclearizada y ha sido criticada por su acercamiento a Teherán desde sectores occidentales.

La implicación de Turquía en Libia refleja su estrategia de proyección geopolítica en el Mediterráneo oriental. Apoyando al Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), Ankara ha buscado asegurar su influencia en la región a través de acuerdos sobre delimitaciones marítimas y acceso a recursos energéticos. Esta intervención ha generado tensiones con Grecia, Chipre y la Unión Europea, reactivando disputas territoriales en el área.

El respaldo al GNA, sumado a los intereses económicos de empresas turcas en Libia, ha evidenciado un giro pragmático en la política exterior de Ankara, más centrada en resultados tangibles que en valores normativos, lo que ha deteriorado su imagen en el ámbito euro-mediterráneo.

Turquía ha intentado posicionarse como mediador creíble en varios conflictos regionales, incluyendo el programa nuclear iraní, las negociaciones entre Israel y Siria, y la reconciliación entre Hamas y Fatah. Este rol ha sido visto como un intento de Ankara por consolidarse como potencia benigna y puente entre Oriente y Occidente.

No obstante, esta ambición mediadora se ve limitada por la creciente preocupación de parcialidad y por su propia implicación en conflictos donde actúa como parte interesada. La tensión entre su aspiración de mediador neutral y sus intereses geoestratégicos reduce la eficacia de su diplomacia. A pesar de ello, la modernización de la Unión Aduanera con la UE y la cooperación en temas como migración y seguridad podrían ofrecer una vía para requilibrar su posición regional.

En conjunto, la actuación de Turquía en Oriente Medio bajo el AKP responde a una lógica de afirmación de poder regional, marcada por una diplomacia activa, un intervencionismo selectivo y una retórica identitaria que oscila entre el legado otomano y las aspiraciones de modernidad. Su papel como mediador, aunque lleno de contradicciones, subraya su voluntad de influir en la configuración del orden regional.

De la diplomacia activa a la tensión estructural: el nuevo perfil regional de Turquía

En este escenario de reajustes regionales y balances de poder inestables, el reposicionamiento de Turquía en Oriente Medio confirma una tendencia hacia la afirmación de su autonomía estratégica, pero también pone de relieves sus contradicciones inherentes. La reciente firma de un acuerdo de defensa con el nuevo liderazgo sirio marca un giro inesperado tras más de una década de hostilidad, evidenciando la capacidad de Ankara para adaptarse con pragmatismo a las mutaciones del contexto regional. Sin embargo, esta aproximación coexistente entre pacificación y expansión militar plantea interrogantes sobre los verdaderos objetivos a largo plazo del gobierno turco.

En paralelo, el deterioro de las relaciones con Irán, motivado por disputas de influencia en Siria y el acercamiento turco a Israel, ha reactivado antiguos antagonismos, mientras que la anulación judicial del acuerdo energético con Libia ha expuesto las limitaciones jurídicas y políticas de la diplomacia transaccional impulsada por Ankara. Estas fricciones lejos de debilitar su impulso exterior parecen haber reafirmado la voluntad del ejecutivo de consolidarse como actor indispensable en la resolución –o redefinición– de los conflictos regionales.

Así el nuevo ciclo que se abre para la política exterior turca no está exento de dilemas: entre la estabilidad interna y el aventurismo exterior, entre la búsqueda de reconocimiento internacional y la instrumentalización del poder para fines internos. El despliegue diplomático y militar en Siria, la tensión latente con Irán y los tropiezos legales en Libia no son episodios aislados, sino síntomas de una política exterior cada vez más ambiciosa, pero también más expuesta a sus propios límites estructurales. En este contexto, Turquía se enfrenta a una encrucijada: o bien consolida su rol como potencia estabilizadora en la región, o bien corre el riesgo de quedar atrapada en un juego geopolítico donde las victorias tácticas no siempre se traducen en estabilidad estratégica.

Bibliografía

Deutsche Welle (DW). (2024, 10 de diciembre). Turquía, el ganador en Siria. https://www.dw.com/es/turquía-el-ganador-en-siria/a-71017349