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IGADI 4 de Agosto de 2014 Toro Hardy

A cien años de la Primera Guerra Mundial

La globalización económica no es un hecho reciente. Antes de la Primera Guerra Mundial y a lo largo del siglo XIX, ésta floreció a través de un mundo interconectado por el flujo del comercio y las inversiones. Entonces, como ahora, las tecnologías de la comunicación y de la información serían parte esencial del proceso.

Los primeros telégrafos comienzan a ser desarrollados en la década de 1830, pero no es hasta la década siguiente cuando la introducción del código Morse da sentido práctico a los mismos. En un comienzo el uso del telégrafo estaba supeditado al espacio terrestre y a los cables tendidos sobre el mismo. Con la aparición de los cables submarinos de cobre, a partir de 1850, la tecnología telegráfica comienza a atravesar los mares. Para 1900, 190 mil millas de cable submarino interconectaban ya al mundo por vía del telégrafo.

La aparición de las agencias internacionales de noticias, sustentadas en las nuevas tecnologías de la comunicación, representará otro hito fundamental. Cinco grandes agencias dominarán la escena mundial: Havas de Francia, Reuter de Inglaterra, Wolf de Alemania, Associated Press (AP) y United Press International (UPI) de los Estados Unidos. La última de ellas, UPI, será creada en 1907. Gracias a éstas las noticias se transmitirán con rapidez de un extremo al otro del globo, comenzando a dar forma a la aldea planetaria.

Los nuevos medios de información por vía de ondas electromagnéticas representarán otro salto tecnológico. Ello irá aparejado por las iniciativas por regular el espectro electromagnético. La conferencia de Berlín de 1906 será el primer intento global de distribuir de manera organizada ese inmenso espectro.

 Pero junto a lo anterior las naves a vapor acortaran radicalmente las distancias como también lo harán los canales de Suez y Panamá. De la misma manera las redes ferroviarias se expandirán por doquier estableciendo líneas continentales o transcontinentales. Paralelamente a esta revolucionaria desaparición de las distancias se producirán cambios trascendentales en el mundo de los negocios. Estos traerán consigo la homogeneización a nivel planetario de las prácticas de gerencia y contabilidad y de las reglas del comercio.

 Al amparo de estas nuevas realidades los flujos de inversión y comercio se proyectarán en las más diversas direcciones. Entre tanto la paridad fija entre la libra esterlina y el oro preservará la estabilidad monetaria internacional.

 La interdependencia económica derivada de los procesos anteriores hará que la guerra, al menos en los escenarios centrales, pase a ser considerada como inconcebible. En 1910 haría su aparición el inmensamente célebre libro de Norman Angell titulado La Gran Ilusión. En él se argumentaba que los estados no estarían dispuestos a arriesgar la prosperidad derivada del comercio globalizado incurriendo en una nueva guerra.

 Más aún, según refiere Anatole Kaletsky, en 1913 la revista inglesa The Economist publicó un célebre editorial titulado “La guerra se ha vuelto imposible en el mundo civilizado”. En el mismo se señalaba lo siguiente: “Los poderosos lazos e intereses comerciales entre el Reino Unido y Alemania se han acrecentado inmensamente en estos últimos años, lo que hace imposible considerar a Alemania como un enemigo” (“Powder keg of 1914 looks to familiar”, International New York Times, 27 de junio de 2014).

Sin embargo los cuatro jinetes del apocalipsis se hicieron sentir sobre el mundo a partir de 1914, dando al traste con la globalización económica y generando una fragmentación cuyos efectos habrían de proyectarse hasta finales de los setenta del siglo pasado. Hace justamente cien años, por estas mismas fechas, quedaba demostrado que la interdependencia económica valía de muy poco para contener los conflictos bélicos derivados de la geopolítica.

Muchos insisten hoy, sin embargo, que los 562 millardos de dólares de comercio anual entre China y Estados Unidos, o los 550 millardos de dólares entre la Unión Europea y China o los 330 millardos de dólares de intercambio comercial anual entre Rusia y la Unión  Europea o los 38 millardos entre Rusia y Estados Unidos, hacen imposible pensar en una Tercera Guerra Mundial. La tesis del mundo plano proclamada por Thomas L. Friedman presenta al mundo como un gran espacio de convergencia para los negocios y la paz. Quizás valdría la pena que quienes así piensan leyeran a Norman Angell. 

Creer que los efectos uniformadores de la economía constituyen un antídoto frente a los riesgos de una nueva guerra es ignorar las lecciones de la historia. Las grandes potencias, inmersas actualmente en serias desavenencias geopolíticas, deberían mirarse en el espejo de la Primera Guerra Mundial y tomar conciencia de que la interdependencia económica no les servirá de valla de contención.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais