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OPCh 8 de Agosto de 2013 Ríos

La agravada crisis entre Tokio y Beijing

Todas las miradas apuntan a Shinzo Abe, el primer ministro japonés, a la espera de saber si el próximo 15 de agosto cumplirá o no con el rito de visitar el santuario Yasukuni. Si lo que desea es evitar nuevas tensiones con Seúl y Beijing, se abstendrá de hacerlo. Aunque, probablemente, el gesto será totalmente superfluo e insuficiente para lograr la cumbre que ha propuesto a China para limar asperezas. Beijing le acusa de practicar un doble juego: extiende una mano mientras golpea con la otra. Y le recuerda que el punto muerto en las relaciones bilaterales tiene su origen en la controversia por la soberanía sobre las islas Diaoyutai/Senkaku, la clave del deterioro actual, y no en otra cosa.

Abe, que no visitó Yasukuni durante su primer mandato como primer ministro (2006-2007) pero si en octubre de 2012, antes de su elección, declaró que los miembros de su gabinete podrían actuar en conciencia en este asunto. Tomomi Inada, ministra para la reforma administrativa y una de las dos mujeres del gobierno, ya anticipó su deseo de acudir al santuario. En abril lo hicieron tres ministros, con el viceprimer ministro Taro Aso y 168 diputados, provocando la anulación de visitas previstas de altos funcionarios de Corea del Sur y de China, incluyendo el primer ministro Li Keqiang.

A la polémica sobre Yasukuni se suma la presentación de un nuevo buque de su Fuerza de Autodefensa Marítima, el Izumo, nombre de un crucero utilizado durante la invasión a China a principios del siglo XX. El buque, definido como un portahelicópteros pero muy parecido a un portaaviones y que podría adaptarse para tal función con pequeños ajustes, fue interpretado en China como una nueva muestra del renovado afán militarista de Tokio y una prueba más del intento de eludir la constitución pacifista por la vía de hecho. La coincidencia de la presentación del buque con el aniversario del bombardeo de Hiroshima no es casualidad. Beijing habla ya de “preocupante rearme” y advierte sobre los terribles efectos de una carrera armamentista en la región.

El papel de Japón en la segunda guerra mundial está muy vivo entre los chinos (y en Corea). Recientemente se dio a conocer el descubrimiento de pruebas del uso de armas biológicas por parte de las tropas japoneses en Yunnan, a cargo de la temida Unidad 731, responsable de la guerra bacteriológica que experimentaba con prisioneros de guerra. Hace poco, Shinzo Abe, de visita en una base militar japonesa, se hacía fotografiar a bordo de un caza con el número 731... ¿Casualidad? Por no hablar de las nuevas invocaciones descalificando las reclamaciones de las mujeres víctimas de las agresiones sexuales de las tropas niponas.

Según arrojan los resultados de una encuesta realizada en ambos países por el Diario de China y la consultora japonesa Genron NPO, nueve de cada diez personas sienten antipatía hacia la otra nación, los peores datos en mucho tiempo. Lo mal cerrado de las heridas históricas pesa lo suyo en dicha percepción, pero sobre todo es consecuencia directa de la controversia por las islas Diaoyu/Senkaku. La misma encuesta revela que mientras la mayoría de japoneses prefiere negociaciones y arbitraje internacional para resolver el litigio, los chinos son partidarios de asegurar el control del área disputada y proteger su territorio. 

Japón, por otra parte, sigue metiendo el dedo en el ojo de Beijing a propósito de Taiwán: tras firmar el acuerdo de pesca con la isla, ahora, agradecido por la ayuda prestada por Taipei durante el terremoto de 2011, sugiere un apoyo incondicional a su ingreso en el foro de desastres naturales de la ONU, inviable sin el beneplácito de China continental, siempre muy sensible a cuanto esté relacionado con la presencia internacional de la isla.

El tono marcial utilizado por Shinzo Abe para lograr las mayorías políticas que precisaba electoralmente a fin de desarrollar su estrategia de gobierno pretende aquilatarse ahora con contradictorias declaraciones de buena voluntad que Beijing con seguridad no atenderá de buenas a primeras a la vista de la activación de la estrategia nipona de contención de China. Pero ambos vecinos necesitan introducir moderación en grandes dosis. La experiencia nos indica la importancia de evitar la precipitación y reducir riesgos. Y eso se evita con diálogo. No solo entre gobiernos. Sobre todo entre las respectivas sociedades, tantas veces víctimas de los desaciertos de los gobiernos.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais