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IGADI 21 de Decembro de 2015 Toro Hardy

Venezuela ante el fin de la era petrolera

La situación del mercado petrolero global en este final del 2015 no podría resultar más dramática, con los precios del crudo cayendo por debajo de los 35 dólares bajo el impacto de la sobreproducción. De acuerdo a la Agencia Internacional de Energía la oferta petrolera global se sitúa en 96,6 millones de barriles diarios, es decir, 1,8 millones de barriles por encima de la ya abultada de hace exactamente un año. Esta abundancia ha llevado los inventarios de crudo en Estados Unidos a más de 490 millones de barriles, los mayores desde 1930, mientras que los globales se sitúan en el orden de los 1,8 millones, los más altos desde la crisis económica de 2008.

Ahora bien, por más desesperanzadora que luzca la situación para los productores petroleros, se confronta tan sólo un ciclo. A fin de cuenta los países dependientes de este hidrocarburo estamos acostumbrados a estas alzas y bajas, con las caídas de precio empujando a una desinversión que al cabo del tiempo propician la escasez y al subsiguiente aumento de precios. Inmensamente más preocupante es el hecho de que el comienzo del fin de la matriz energética fósil acaba de ser acordado por los 188 estados que conforman la comunidad internacional en la Cumbre de Cambio Climático de París.

Para limitar el aumento de la temperatura en no más de 1,5 grados centígrados, las emisiones globales de dióxido de carbono deberán tocar pico antes de 2030 y ser eliminadas después del 2050. Tal decisión asume un inmenso impacto en la medida en las naciones del mundo entero envían un mensaje inequívoco a los inversionistas con respecto a la prioridad a seguir: el área de la energía limpia. Más aún, las naciones desarrolladas se comprometen a una transferencia de recursos anuales de cien mil millones de dólares a los países en desarrollo, a partir de 2020, para que puedan financiar su transición hacia ese tipo de energía.

Lo anterior ocurre en el momento mismo en que la energía renovable evidencia un salto tecnológico de grandes proporciones. El costo de la energía solar  ha caído en 85% desde el 2000, mientras que el de la eólica ha caído en 85% desde finales de los noventa. En ambos casos se replica la Ley de Moore, identificada con la tecnología de la información, doblándose cada dos años la capacidad de la energía solar y cada dos años y medio la de la eólica. Detrás vienen las energías de la biomasa (la cual se adentra en una segunda generación), de la geotérmica y de las olas. Pero más allá de éstas el precio de las baterías de litio ha caído en 40% desde 2009, mientras su capacidad de almacenamiento ha aumentado radicalmente. Ello comienza a brindar competitividad a los vehículos eléctricos frente a los de pistón. Y así sucesivamente.

Venezuela se encuentra singularmente poco preparada para enfrentar la era que se viene encima. Su dependencia del petróleo es casi total, sus esperanzas de futuro se identifican con unas reservas petroleras que de acuerdo al consenso alcanzado en París deberán permanecer mayoritariamente en el subsuelo y  el grueso de éstas son de petróleo pesado o extra pesado, es decir, las más contaminantes en términos de emisión de dióxido de carbono. ¿Qué podemos hacer? Algunas consideraciones básicas lucen como evidentes.

La primera de ellas apuntaría hacia una revalorización del gas. A pesar de ser también un combustible fósil este es considerado, en función de su mayor limpieza con respecto al petróleo, como el puente natural hacia la era de la energía renovable. En tanto tal tiene garantizado una mayor longevidad comercial. Ocupando el octavo lugar del mundo en reservas de gas Venezuela puede jugar un papel importante en ese proceso de transición. Ello implicaría no sólo enfatizar la producción de este hidrocarburo sino reorientarlo hacia la exportación en lugar de hacia el consumo doméstico como se prevé.

En segundo lugar, y a la inversa de lo anterior, el petróleo debe ser crecientemente destinado hacia su procesamiento petroquímico en el país. Dado que el consumo petrolero se verá sometido cada vez más a impuestos y a desincentivos en los mercados del mundo, es importante mercadearlo como producto final en áreas de mayor resguardo como lo sería, por ejemplo, la de los plásticos. Ello implicará inescapablemente importantes inversiones en tecnología de captura y almacenamiento de carbono, tanto al nivel de la extracción como del procesamiento. En relación a esto último podría citarse el ejemplo de Singapur que, a pesar de contar con algunos mayores centros petroquímicos y de refinación petrolera del mundo, posee bajos niveles de contaminación ambiental gracias a la captura y almacenamiento del carbono generado.

En tercer lugar hay que avanzar, ya sin escapatoria, hacia la diversificación económica. Siguiendo ejemplos como los de México a partir del petróleo o de Chile con el cobre, Venezuela debe encontrar opciones productivas. La única ventaja de hacerlo tarde vendría dada por la posibilidad de identificar nichos productivos resguardados frente al salto tecnológico que también se viene encima y que desestructurará a más de una economía diversificada.

La era del facilismo rentista terminó. Si los venezolanos no aprendemos a ser creativos y  productivos no habrá tabla de salvación.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais