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OPCh 9 de Xuño de 2014 Ríos

Xinjiang: el parámetro ausente

Tras el atentado del pasado 22 de mayo, el más sangriento de los últimos cinco años (31 muertos y más de 90 heridos), las autoridades chinas, en solo cuarenta y ocho horas, pusieron en marcha una campaña de un año de duración para frenar la significativa expansión del terrorismo de ascendencia uigur (de los 190 ataques censados en 2012 se pasó a los 300 de 2013, según fuentes oficiales).

La campaña descansa sobre cuatro pilares básicos. El primero, es la represión de los grupos armados. Xi Jinping ha pedido levantar “redes del suelo al cielo” y “murallas de cobre y hierro” para aislar el terrorismo, acabando con la amenaza “de un solo tiro”. Las autoridades harán uso de “medios especiales” para “acabar de raíz” con el problema, haciendo un uso completo de las fuerzas políticas, judiciales, ejército y policía armada. Los tribunales han recibido instrucciones especiales para actuar de manera “enérgica y rápida”. La estrategia se completa con la aplicación de controles más estrictos para evitar la propagación de las acciones terroristas desde Xinjiang a otras zonas del país, mejorando la prevención y la eficacia policial, incluyendo la cooperación ciudadana con ofertas de recompensa para quienes colaboren

El segundo, atacar las causas que supuestamente favorecen el descontento para privar de apoyo social a los grupos terroristas. En la segunda conferencia central de trabajo sobre Xinjiang, realizada tras el citado atentado, Xi propuso acelerar el proceso de mitigación del retraso en el desarrollo del Oeste, pero también hilar fino en los problemas religiosos o fomentar el empleo y la educación, con la creación de internados en zonas agrícolas y de pastoreo, especialmente en el sur, donde más altas son las cifras del abandono escolar.

El tercero, mejora de la comunicación, multiplicando los bloques informativos sobre la problemática de Xinjiang en todos los medios a su disposición.

En cuarto lugar, la cooperación internacional, en especial con Pakistán, pero igualmente con aquellos países de Asia central donde pueden encontrar apoyo las reivindicaciones más extremistas.

¿Tendrá éxito esta estrategia? Las tensiones en Xinjiang responden a causas diversas entre las cuales cabe citar el auge de la propia represión, el incremento de la inmigración Han o el insuficiente respeto a la identidad religiosa o cultural. Todo ello propicia una fractura sociopolítica de difícil reconducción que alienta los avances de la influencia del islamismo más radical.

El aumento de la represión y el endurecimiento de las condenas –incluyendo las penas de muerte- pueden “aliviar” temporalmente el problema, pero difícilmente lo resolverá a medio plazo, pudiendo incluso agravarlo en un contexto de falta de controles institucionales y democráticos sobre la actuación policial y sus excesos. Una mayor represión puede provocar más odio.

La potenciación del desarrollo tampoco es un talismán, si bien, efectivamente, mejorar el empleo o las oportunidades de todo tipo en las zonas más depauperadas puede restar base social al radicalismo. Habría que reconocer, como punto de partida, que algunos programas de desarrollo aplicados solo han servido para ampliar la brecha que separa a los Han de los uigures.

Los problemas de Xinjiang están más cerca del subdesarrollo que de la torpeza en la gestión de lo religioso, que de todo hay. Pero Xinjiang ha estado creciendo en la última década a un ritmo medio superior al 10% y la tensión no ha cedido, al contrario. Ello indica claramente que los efectos colaterales del modelo aplicado (incluyendo la inmigración Han), muy dependiente de los intereses y necesidades del gobierno central, se han minusvalorado.

Por otra parte, si la política de comunicación se reduce a mera propaganda, como acostumbra a ocurrir, es difícil que produzca resultados tangibles. La comunicación, tanto la dirigida al público interno como al exterior, debe reflejar con la máxima objetividad posible la naturaleza del problema y sus diferentes lecturas, lo cual está en las antípodas de una visión carente de matices en la que el extremismo religioso, la violencia terrorista y las reclamaciones de autogobierno parecen formar parte de un todo inseparable.

La clave última de la recuperación de cierto sosiego reside en la potenciación de políticas inclusivas que ayuden a mejorar la relación entre las diversas nacionalidades, entre ellas, la fijación de parámetros concretos y alcistas de la participación de los no Han en la gestión de los asuntos de Xinjiang, no solo en ámbitos testimoniales sino ejecutivos, incluyendo la definición de estrategias económicas autóctonas o la eliminación de las discriminaciones. En la mejora del autogobierno con participación local reside la auténtica clave. Y sobre esto nada se dicho, al menos públicamente.

Xinjiang es de gran importancia para China. Sus riquezas naturales y su valor estratégico, reforzado con las propuestas de corredores económicos y de revitalización de la Ruta de la Seda, redoblan su trascendencia geopolítica. También es un “talón de Aquiles” cuya desestabilización puede generar inestabilidad en el conjunto del país en un momento históricamente decisivo para el proceso de reforma.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais