Rebelión bajo el Cielo

Los recientes conflictos laborales surgidos en las fábricas de Honda y Foxconn implantadas en China, originando incluso una severa ola de suicidios como trágica expresión de protesta (13 personas muertas), así como en varias ciudades costeras, han revelado el lado más sombrío (asombrosamente indignante) del “éxito” chino y evidenciado el atolladero de la política de Hu Jintao, quien asumiera en 2002 la secretaría del PCCh con el firme propósito de orientar la reforma hacia lo social.

Igualmente, los ataques perpetrados por personas desesperadas en guarderías y escuelas primarias (15 niños asesinados) de varias provincias tienen su causa, como ha reconocido el propio primer ministro Wen Jiabao, en el agravamiento de las contradicciones sociales.

Unos y otros sucesos han tenido una notable, aunque desigual, repercusión mediática en China, circunstancia poco habitual, sugiriendo quizás el interés de algunos sectores del Partido por avanzar más rápido en la reforma social, frente a quienes priorizan otros elementos asociados al nuevo modelo de desarrollo. Pese a los ocho años que Hu Jintao lleva en el cargo y aun siendo cierto que se han introducido algunas mejoras, especialmente en el campo, la situación dista mucho de ser idílica. Su liderazgo en este orden es muy débil.

El problema de fondo es la distribución desigual de la riqueza. El 10 de mayo, la agencia oficial Xinhua, citando a la Academia de Ciencias Sociales, alertaba sobre el peligro de explosión social: más del 10 por ciento de los chinos más ricos percibían 23 veces más que el 10 por ciento más pobre en 2007, unas 7,3 veces más que en 1988. Cong Yaping y Li Changjiu, analistas económicos en Centro de Estudios Internacionales de Xinhua, advertían que el índice Gini de China – un indicador de la desigualdad en la renta en el que cero es equidad perfecta y 1 es desigualdad absoluta- ha excedido el 0,5, lo que equivale a una amenaza a la estabilidad social. El umbral de alarma, según lo reconocido comúnmente por la comunidad internacional para el coeficiente de Gini es 0,4. Un informe del Banco Mundial indicaba que el índice de China había aumentado hasta 0,47 en 2009. Fuentes oficiales aseguran que este año ha llegado al 0,48. Unos y otros cálculos alertan del riesgo de explosión social.

A consecuencia de los suicidios y las huelgas se han pactado algunos aumentos salariales en algunas empresas, secundados por algunos gobiernos locales que han elevado el salario mínimo. Pero aun siendo claramente importante, no se trata solo de retribución. Los ritmos de trabajo en muchas de las empresas costeras son insufribles (bien lo deben saber las multinacionales como Apple, Sony, Dell, Nokia, o HP, por mucho que miren hacia otro lado), con un régimen disciplinario y laboral paracarcelario, un ambiente que anula a las personas tratándolas como si fueran máquinas, etc., producto de una cultura empresarial que todo lo reduce a la obtención del máximo beneficio. En estos centros, allá donde hay sindicatos, estos toman partido por la patronal, dejando en la más absoluta intemperie a una colectividad laboral que ha optado por autoorganizarse espontáneamente echando mano de los sms o medios alternativos y reclamando elecciones abiertas y democráticas de los delegados sindicales. El hecho de que en algunos lugares los gobiernos locales hayan dejado transcurrir las huelgas, terminantemente prohibidas y habitualmente reprimidas en este modelo de socialismo sin sindicalismo, indica su mala conciencia y el prudente temor a que el recurso a la represión agrave el problema.

El crecimiento chino ha descansado en las últimas décadas en los bajos costes de la mano de obra más vulnerable: 150 millones de inmigrantes rurales que están viviendo un cambio generacional y que muestran su hartazgo ante la falta de avances en su estatus social. La flexibilidad de la fuerza laboral ha sido uno de los atractivos más valorados por los inversos extranjeros. La economía china se ha multiplicado por varios dígitos, al igual que los beneficios de todo tipo de empresas, pero el colectivo laboral ha perdido terreno. La parte del PIB consagrado a salarios conoció un pico en 1983 (56,3%), pero no ha hecho más que declinar desde entonces, llegando al 36,7% en 2005, permaneciendo estancada hasta hoy. Son muchas las empresas que violan a diario la normativa vigente (la ley de contratación laboral aprobada en 2007) sin que nada ocurra por ello. Se sienten protegidas.
 
La colectividad obrera no se encuentra entre los grandes beneficiarios del “milagro” chino. La desprotección a que se ven sometidos los trabajadores clama al cielo. La problemática laboral ha venido acumulando en los últimos lustros una agenda explosiva. La mayoría de los trabajadores chinos sobrevive con bajos salarios y careciendo de los derechos más elementales. La armonía que predica Hu Jintao no puede estar basada en la injusticia. Y hoy es lo que impera bajo el cielo chino.