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26 de Outubro de 2020 Toro Hardy

Triste epílogo para el partido de Lincoln

Habiéndose encontrado a corta distancia del triunfo, Mitt Romney perdió las elecciones presidenciales de 2012. El no haber logrado ampliar un poco más su base electoral resultó la causa de esa derrota. Para buscar soluciones a esta limitación el Comité Nacional Republicano preparó, poco después de las elecciones, un informe intitulado “Proyecto de Oportunidades y Crecimiento”. En el mismo no sólo se hacía referencia al fracaso de 2012, sino también al hecho de que el partido había perdido el voto popular en cuatro de las cinco elecciones presidenciales anteriores. La conclusión resultaba clara. Para ampliar su base electoral, los Republicanos debían proyectarse hacia nuevas parcelas poblacionales. De lo contrario, se señalaba, el partido seguiría contrayéndose hacia su espacio medular. De acuerdo al reporte, el voto hispano constituía la opción más promisoria de crecimiento. Ello, por extensión, debía conducir a un cambio profundo en las políticas inmigratorias Republicanas (Chris Cillizza, , “The Republican problem with Hispanic voters”, The Washington Post, March 18, 2013).

El liderazgo del partido Republicano intentó seguir la ruta propuesta por dicho informe, iniciando una reforma inmigratoria. La misma, sin embargo, debió ser abandonada ante la resistencia evidenciada por su electorado tradicional y la poca disposición al cambio mostrada por la bancada Republicana en el Congreso. De hecho, tales intentos condujeron al fin prematuro de la carrera de Erik Cantor, Líder de la Fracción Republicana en la Cámara de Representantes, principal promotor de la reforma. 

El resultado de este fracasado intento por expandir la capacidad de convocatoria del partido, quedó de manifiesto con el triunfo de la candidatura presidencial de Donald Trump. De manera magistral, este supo apelar en términos viscerales y populistas a la base tradicional Republicana desbancando a sus contendientes. Curiosamente, a pesar de este vuelco hacia los espacios medulares del partido con indiferencia hacia fórmulas de convocatoria más amplias, Trump pudo ganar también la presidencia. La razón de ello fue el haber logrado movilizar masivamente a esta base, superando la apatía existente en algunos sectores de ésta. A pesar de perder una vez más la votación popular, en esta ocasión por casi tres millones de votos, los Republicanos pudieron ganar la Casa Blanca gracias al triunfo marginal obtenido en tres estados de la llamada Franja del Herrumbre. 

El sentido común hubiese aconsejado aprovechar la oportunidad de este triunfo obtenido en los márgenes para expandir, esta vez sí, una base electoral a contracorriente del voto popular. Trump, sin embargo, hizo exactamente lo contrario. Una vez tras otra fue golpeando a los sectores poblacionales que hubieran posibilitado esta expansión, atrincherándose en el voto blanco sin formación universitaria. Este último grupo ha buscado aferrarse a las certidumbres de la tradición y a la nostalgia de una sociedad ya superada, en medio de los traumas del cambio económico, cultural, demográfico y social. Al azuzar sus temores de desplazamiento y presentarse como su defensor, Trump supo crear un vínculo de identidad profundo con esta parcela humana. Gracias a este nunca ha bajado su popularidad de alrededor del 42%, lo cual representa un piso muy firme. Sin embargo, tampoco ha logrado que su techo electoral alcance al 50%.

La estrategia de Trump adolece de tres problemas básicos. Primero, los electores blancos sin formación universitaria constituyen un sector poblacional en manifiesta contracción, ampliamente superado por la sumatoria de los blancos con formación universitaria y de las minorías. Segundo, la polarización creada por la visceralidad de su mensaje genera una movilización entre sus contrincantes similar a la propia, con la diferencia de que estos resultan numéricamente superiores. Tercero, la dureza de sus planteamientos le ha enajenado a la mayoría de las mujeres, incluyendo allí a un porcentaje representativo de las del sector blanco sin formación universitaria.  

Más allá de la probable derrota de Trump el próximo 3 de noviembre, el Partido Republicano ha sido penetrado hasta los tuétanos por el vínculo de identidad con los electores forjado por este. De acuerdo a un editorial de The New York Timesdel pasado 24 de octubre: “El partido se ha dejado cooptar y radicalizar por Trump. Su ideología ha sido reducida a una mezcla de paranoia, resentimiento blanco y populismo autoritario”. 

Junto al legado anterior, que no le augura nada bueno al partido de cara a futuras elecciones, Trump le ha dejado también otro que permitirá contrarrestar a aquel. Se trata de la designación de tres jueces de la Corte Suprema de Justicia, así como de una pléyade de jueces federales conservadores. Gracias a este control del Poder Judicial, los Republicanos podrán seguir incrementando los obstáculos al voto popular con miras a mantener a raya el crecimiento electoral Demócrata.  

Se trata de un triste epílogo para el partido de Abraham Lincoln.

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