200407 yunnan china campesinos1014

La superpotencia china y el mundo instantáneo

 Campesinas en Yunnan-China, clic para aumentar
Aún cuando vaya todo bien en las décadas venideras, a China le resta un arduo camino por delante en el que muchas cosas pueden complicarse. Los retos internos son muchos y difíciles. No sólo en lo político, que casi asustan (¿cómo manejar tanta pluralidad emergente pasándolo todo por el embudo de un único partido?), sino también en lo económico y social. La situación en el campo es particularmente complicada, y en el reside aún el 70% de la población. (Foto: Campesinas na provincia china de Yunnan. ©Greenpeace/Gen Yunsheng).
 

Llevamos años, casi una década, conviviendo con el más familiar de los vaticinios: en el siglo XXI, la República Popular China será la gran superpotencia. La razón esencial de tanta certeza es el acelerado crecimiento de la economía china que en sólo veinticinco años ha cuadriplicado su valor y sigue ahora mismo en una tónica similar, sin que nada parezca que puede afectarle, ya sean las turbulencias financieras, la epidemia del SARS o las presiones sobre el yuan.

¿Podrá China realmente confirmarse como la superpotencia del siglo XXI? Es bien cierto que los dirigentes chinos sueñan con recuperar la grandeza perdida y en convertir a su país en el centro del mundo. Pero la gloria no está cantada del todo. Según un reciente estudio del Nacional Intelligence Council de EEUU, el PIB per cápita de China supondría el 40% del de EEUU en 2050. Incluso en el supuesto de que la clase media china represente en 2020 el 40% de la población ““el doble de lo que significa en la actualidad”“, su proporción estaría por debajo del 60% registrado en EEUU. Y la renta per cápita de los integrantes de su clase media sería netamente inferior a la de sus equivalentes en Occidente.

Aún cuando vaya todo bien en las décadas venideras, a China le resta un arduo camino por delante en el que muchas cosas pueden complicarse. Los retos internos son muchos y difíciles. No sólo en lo político, que casi asustan (¿cómo manejar tanta pluralidad emergente pasándolo todo por el embudo de un único partido?), sino también en lo económico y social. La situación en el campo es particularmente complicada, y en el reside aún el 70% de la población. En los medios urbanos, la crisis de las empresas estatales ha agravado el desempleo. La debilidad generalizada del impulso social puede derivar en muchos conflictos. Las desigualdades y los desequilibrios han aumentado exponencialmente. Y es verdad que el gobierno lo sabe y que le preocupa y que desea solucionarlo, pero la realidad es una cosa, y la voluntad, otra bien distinta. Un viento sí tiene China a su favor, que aún estando mal nunca han estado mejor, recuperando paso a paso la sensación histórica de los tiempos de las dinastías Tang o Ming.

China es una superpotencia demográfica; puede pronto llegar a serlo también en lo económico en términos absolutos. No lo es ni lo será a corto plazo en lo ideológico, en lo político, o en lo cultural. Ni tampoco en lo militar, que seguirá siendo muy importante en el siglo XXI.

EEUU, pasando con pies de lana sobre su propia realidad (un presupuesto de defensa que en 2004, según el SIPRI, equivale al 47% de todo lo que se gasta en el mundo, que ya es mucho decir) insiste en que la República Popular es una amenaza por su modernización militar y sus intenciones poco pacíficas en relación a Taiwán. Pero aunque Beijing disponga de ciertos atributos de modernización está muy lejos en lo material, en lo personal, en lo tecnológico, muy lejos de alcanzar a EEUU con un presupuesto que no supone ni el 10% de la única superpotencia de hoy.

La falta de entendimiento con EEUU es un problema. Y no será fácil de resolver, porque presenta demasiados flecos: económicos y comerciales, energéticos, estratégicos, etc. Taiwán es la principal moneda de cambio en ese juego, por otra parte, muy peligroso. Si China logra un arreglo pacífico con Taiwán, el mundo podrá respirar más tranquilo y el camino hacia la confirmación de su rango de superpotencia quedará más expedito. Si fracasa en ese empeño ““y los próximos cuatro años pueden ser clave para decidir el rumbo del conflicto-, la ruina puede asolar la región de Asia-Pacífico.

A diferencia del pasado, este futuro de hoy, en el mundo instantáneo en que vivimos, se decide en plazos cortos. Vaticinar en un mundo tan complejo no resulta nada fácil. ¿Quién podría imaginarse en 1950 que la URSS se desintegraría antes de 2000? ¿Podría estallar China de igual modo? Aunque sea remota, esa posibilidad también existe.