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IGADI 8 de Maio de 2014 VV.AA.

La política exterior de la Federación Rusa no necesita solidaridad

Alexis B. Romanov é historiador e tradutor autónomo

En muchas ocasiones la Federación Rusa se posiciona en el contexto internacional como un contrapeso a EE.UU. y, en general, al Occidente político. Por eso es vista por muchas personas y fuerzas progresistas del mundo, equivocadamente, como una fuerza antiimperialista, como si fuera una continuación de la Unión Soviética. La Rusia de Putin se aprovecha de esta confusión, no hace nada por desmentirla, pero tiene sus propios intereses imperialistas y busca imponerse a su competencia.

La Federación Rusa no debe confundirse con la Unión Soviética

Una vez Putin dijo que la desaparición de la Unión Soviética fue la catástrofe geopolítica más grande del siglo pasado. Teniendo en cuenta su vertiginoso ascenso político y el bienestar personal que le ha permitido la instauración de un capitalismo salvaje en Rusia, es difícil creer que eche de menos lo que pretendía ser el primer estado de obreros y campesinos del mundo.

Es necesario entender, sin embargo, que la desaparición de la URSS no se debió a una conspiración de “fuerzas malas” del extranjero, sino a la pérdida de su propia capacidad de vida. Esta fue la propia conclusión de la División de Análisis Económico del Servicio de Seguridad Soviético KGB a comienzos de los 80. Todos los intentos de renovar el sistema habrían de fracasar. Así, fracasó la política del líder soviético Andrópov, ex jefe de la KGB, quien trató de mejorar la situación reforzando la disciplina y los medios de control. La famosa reconstrucción-“perestroika” de Gorbachov mostró la incompatibilidad de un sistema basado en el monopolio del poder político de un partido sumamente burocratizado, que había perdido su base social e ideológica y se sostenía en privilegios. El centralismo total ahogaba a las repúblicas nacionales, a pesar de que, formalmente, tenían todos los atributos de estados soberanos, incluido el derecho a salir de la Unión.

Tanto el partido, que era cuasi un estado, con su brazo armado, la inteligencia y la policía secreta KGB, así como su reserva en forma de directivos de la Juventud Comunista (quienes tenían acceso a la información estratégica y una mente innovadora), como también los dirigentes del llamado complejo de industria militar (tenían el poder real en la economía, ya que en su sector se producían la mayor parte del producto nacional) y del comercio estatal y transporte (controlaban la distribución de bienes materiales en una sociedad donde escaseaba todo, desde alimentos y ropa hasta la vivienda) veían amenazados sus privilegios, por lo que, siguiendo lo que se denomina el “gatopardismo” "cambiaron todo para que nada cambiara". Es decir, no renunciaron ni al poder que ostentaban ni a sus privilegios y riquezas, sino que declararon el fin de la Unión Soviética y dotaron a Rusia de un barniz de supuesta democracia, manteniendo para sí todo lo que tenían anteriormente.

Asi pues, al ver el historial de los que subieron a la cúpula política en los estados post-soviéticos o se convirtieron en oligarcas, se encontrarán “antecedentes” relacionados con dichos sectores privilegiados de la URSS. Fueron ellos quienes se deshicieron del sistema soviético como de algo inservible. El ala conservadora del partido fue incapaz de poner resistencia.

En cuanto a las clases trabajadores, se veían distanciados del sistema moribundo, por una parte, y no tenían capacidad de organización ni lideres para formular sus propios intereses, por otra parte (una secuela más de la degeneración del sistema soviético).

Las repúblicas post-soviéticas tenían puntos de partida desiguales

Aunque al disolver la unión, se hizo una repartición de patrimonio de manera proporcional, las nuevas repúblicas independientes se quedaron con partes individuales de un complejo único de economía creado por el régimen de Moscú: las grandes empresas que se construían en las repúblicas sólo podían funcionar recibiendo componentes importantes de empresas situadas en otras repúblicas; de esta manera las repúblicas “nacionales” no llegaban a tener jamás economías autosuficientes. Este modelo de economía dispersa conllevaba además la llegada de grandes cantidades de inmigrantes que no se integraban en el entorno cultural local, porque la política del Kremlin no lo favorecía y que, junto con los numerosos militares y sus familiares, se convertían en portadores de una ideología supranacional ruso-“soviética”, que tendían a considerar fácilmente que el uso de la lengua propia por parte de los locales (los habitantes originales de las diversas repúblicas) era muestra de una actitud subversiva respecto de la Unión Soviética.

Ejemplos categóricos de esta inmigración “desentendida” son los numerosos rusohablantes de Letonia, que se negaron a hacerse ciudadanos de pleno derecho, después del fin de la Unión Soviética, porque no podían o no querían pasar una prueba de conocimiento del letón; o la no reconocida internacionalmente República de Transnistria que, con su población mayormente relacionada con el complejo de industria militar, se segregó de Moldavia (huelga decir que a pesar de las declaraciones sobre la igualdad del moldavo, ruso y ucraniano en esa república, ni siquiera las leyes se publican en moldavo ni en ucraniano).

A Rusia también le faltaban partes para lo que le quedaba del complejo único de economía, pero esta falta no le afectaba tanto como a otras repúblicas, porque se había quedado con la parte mayor y central de él y de su infraestructura, con todo el aparato administrativo y militar de la URSS y, lo que resultó ser de importancia estratégica, con grandes yacimientos de portadores de energía.

Las otras repúblicas tuvieron que organizar casi todo de nuevo, enfrentándose al mismo tiempo a los intentos de Rusia de atraerlas de nuevo a su órbita, abusando ideológicamente de la población rusohablante en las repúblicas, haciéndoles creer fácilmente que pasaban dificultades porque los habían arrancado de Rusia por intereses ajenos, y no porque la Unión Soviética había llegado a ser inviable tanto económica como políticamente.

Las protestas populares en Kiev no eran ni pro-europeas ni anti-rusas, eran contra la corrupción

Como en todos los estados postsoviéticos, en Ucrania continuaron en el poder representantes de los antiguos grupos que ejercían el control en la sociedad, pero ahora convertidos en nuevos oligarcas. Los que habían luchado por los derechos nacionales del pueblo ucraniano, aparte de ganar algunos escaños en el parlamento, quedaron alejados del gobierno real. Pero el país necesitaba urgentemente consolidarse como nación, y los nuevos gobernantes y oligarcas también necesitaban su independencia. Por falta de claridad en cuanto al camino a seguir, el país avanzaba con muchas dificultades entre los políticos y la población sobre cómo debía ser su independencia. Finalmente llegó a la presidencia Yanukovich, un protegido de Putin y un personaje absolutamente ajeno a los intereses nacionales del pueblo ucraniano. Ganó los votos de la población rusohablante prometiendo convertir el ruso en la segunda lengua oficial, una promesa que nunca pretendió cumplir, y declarando un acercamiento a la Unión Europea. Mientras tanto, los mafiosos de la cuenca del Donets, de dónde provenía Yanukovich, abusando del poder político se hacían del control de la economía. En 2013, la “familia” de Yanukovich controlaba más de dos tercios de la economía, los empresarios del país entregaban casi la mitad de sus ganancias como pago inoficial a funcionarios corruptos para poder seguir funcionando.

El prometido acuerdo de asociación con la Unión Europa era ya la única esperanza que quedaba para imponer el gobierno de la ley. Y el anuncio del gobierno, un día antes de firmar el acuerdo, de que no firmaría porque no estaba preparado, fue una burla escandalosa que significó una humillación enorme para todo el pueblo.

En Kiev comenzaron entonces las protestas pacíficas en la plaza central, el Maydán, manifestaciones de la gente que no se conformaba con que se pisoteara su dignidad ciudadana. Los manifestantes no eran ni ultranacionalistas, ni neonazis, ni antisemitas, como lo intenta presentar falsamente la propaganda del Kremlin; eran gente con dignidad ciudadana, independientemente de su origen étnico o de la lengua que hablaban. Y era impresionante ver durante las protestas del Maydán cuánta gente, que anteriormente había dudado de la capacidad de Ucrania como estado, se convertía en patriotas decididos a luchar por su país.

En este contexto, cabe señalar y resaltar que Ucrania fue el único país postsoviético – muy a diferencia de Rusia – donde no se vivió ningún tipo de enfrentamiento violento después de su independencia.

La falta de respuesta por parte del gobierno de Yanukovich a la manifestación pacífica de la plaza Maydán, pensando que el invierno que se les venía arriba, haría volver a sus casas a los manifestantes, fue un mal cálculo. En esas duras condiciones se fortaleció aún más el deseo de luchar por un país mejor y derrotar a la corrupción.

Putin contra Ucrania

Por muchas razones geopolíticas e históricas a Rusia le conviene tener a Ucrania en su órbita. Con Yanukóvich como presidente, Putin lo tenía todo bien controlado con Ucrania, mejor que en su propio país con su “democracia controlada”, donde se han hecho interminables operaciones antiterroristas.

La destitución de Yanukóvich por parte del parlamento ucraniano, dentro del marco constitucional, representó un grave revés para Putin, una bofetada: por acción popular se sacaba a su marioneta Yanukóvich, es decir se perdía una parte importante de la esfera de influencia, pero al mismo tiempo surgía el peligro de que el éxito de la lucha por la democracia y contra la corrupción pudiera contagiar a Rusia.

Había que castigar al pueblo ucraniano de cualquier manera. De ahí la campaña de falsedades, calumnias y difamaciones contra todo lo ucraniano. Se ha dicho que la nación ucraniana no existe, porque es un invento “austro-húngaro” (?), que la lengua ucraniana es un dialecto ruso estropeado por la influencia polaca (?), que el territorio del país se formó gracias a “regalos” hechos por Rusia… Y se ha negado tajantemente la hambruna que significó para Ucrania  la colectivización del campo organizada por Moscú, que luego mandó tropas para impedir la salida de campesinos en busca de comida, dejando morir a centenares de miles de personas, así como la rusificación masiva con la persecución de numerosas personalidades de ciencia y cultura de Ucrania.

Crimea como operación punitiva

Para mostrarle a todo el mundo “Aquí mando yo y nadie podrá oponérseme” Putin eligió Crimea.

Haciendo un poco de historia, veremos que la península de Crimea fue incorporada al Imperio Ruso en la segunda mitad del siglo XVIII, junto con otros territorios que formaban el kanato de Crimea. Los conquistadores provocaron una emigración masiva de la población que vivía allí, tanto musulmana como cristiana y favorecieron la afluencia de gente de regiones rusas a diferencia de las regiones ucranianas. La estructura poblacional resultaba típicamente colonial: en las ciudades existía una mayoría rusa junto con fuerte presencia de judíos (que tenían prohibido asentarse en regiones rusas) y, en su entorno, predominaba el campesinado ucraniano con tártaros principalmente de Crimea. La base naval de Sebástopol en Crimea era un enclave con fuerte presencia rusa. Administrativamente la península estuvo separada de la Ucrania continental sólo durante un poco más de 30 años, en la época soviética.

La deportación de todos los tártaros, griegos, armenios, búlgaros, alemanes junto con otras pérdidas de población en la II Guerra Mundial dejó la península en una situación catastrófica que no encontraba solución. Como la energía eléctrica y el agua (fundamental para esta región de riego) se recibía sólo de Ucrania, resultó conveniente cambiar su subordinación administrativa de Rusia a Ucrania, lo que se llevó a cabo en 1954. En condiciones soviéticas, esto no significaba ningún aventajamiento de ucranianos frente a rusos, salvo que pudieron tener escuelas ucranianas (por cierto, en la Federación Rusa los 2 millones de ucranianos no las tienen y a raíz de la anexión fueron cerradas las que existían en Crimea).

Otro hecho que tergiversa la propaganda de Moscú es que el entonces primer secretario del PCUS, Jruschov, quien promovió ese cambio administrativo, no era de los que favorecerían a Ucrania: era ruso, sólo comenzó su vida laboral en la cuenca del Donets y se desempeñó allí como funcionario del partido a nivel local. Fue enviado por Stalin a dirigir a los comunistas ucranianos desde el puesto del primer secretario de Moscú en medio de las purgas masivas y durante diez años tuvo un papel central en las represalias contra el movimiento nacional ucraniano.

Como forma, entonces, de “castigar” a los ucranianos y, al mismo tiempo, de demostrar al mundo su poder, Putin eligió Crimea. El modo de proceder de Putin es un desafío a la opinión pública mundial. Abiertamente pidió al Consejo de la Federación Rusa permiso para emplear fuerza militar en Ucrania (como si ese Consejo tuviera competencia para permitir acciones militares en otro país soberano). Mientras el mundo pensaba que no se atrevería, envió a su personal de operaciones especiales a bloquear ilegalmente unidades militares ucranianas y hacer que el parlamento autónomo, sin contar con el cuórum necesario, eligiera como presidente de gobierno a un político con antecedentes criminales que apenas contaba con un 4 % de los votos de los crimeanos. En solo dos semanas se celebró un referéndum, boicoteado por los tártaros, para proclamar la independencia y adhesión inmediata a Rusia.

Se ha insistido en que más de un 99·% votó a favor de tal curso de acontecimientos, aunque es evidente que aproximadamente un 40 % de los electores no acudieron a las urnas. Otra bofetada a la opinión pública mundial.

Vemos pues que la defensa de los compatriotas rusos en Crimea se parece demasiado a la protección de los alemanes en Checoeslovaquia por Hitler. Sin embargo, la opinión pública mundial ha criticado duramente a los políticos que se atrevieron a mencionar esa similitud evidente.

Y desde Kremlin llega otra bofetada: el vocero del presidente ruso explica que Hitler fue “bueno” en su momento, que si no hubiera comenzado la II Guerra Mundial, habría quedado en la historia como el Gran Reunificador de todos los alemanes en un estado. En otras palabras, Putin en su cruzada por reunificar a los rusos, se encuentra en la fase de “Hitler bueno”. Siendo así, por tanto, no se aceptan críticas. Ante la televisión Putin dijo personalmente una cosa increíble, que delante de los efectivos armados se pondría gente civil para que los militares ucranianos no pudieran disparar. Es un método que practicaron los nazis en los territorios ocupados en la Segunda Guerra Mundial. Y nadie lo desmintió, los “hombrecillos verdes” se pusieron a utilizar tales escudos humanos. ¿Porque cumplían órdenes de su presidente?

Al igual que después de la anexión del territorio checo, el mundo quería convencerse que Hitler no se atrevería a seguir, también ahora el mundo ha querido creer que la Rusia de Putin se contentaría con Crimea.

Seguro del grado de ingenuidad de la gente decente en todo el mundo, Putin manda a los mismos “hombrecillos verdes” de Crimea al este de Ucrania. Ya se han identificado allí a oficiales de inteligencia rusa y “milicianos” que habían actuado anteriormente en la península, advirtiéndose también su acento ruso ajeno a Ucrania. La propaganda rusa dice que es el pueblo que protesta contra la “junta” de Kiev, supuestamente haciendo lo mismo que se hizo en el Maydán. Una mentira que difícilmente puede pasar por algo verdadero, porque en Kíev no hubo grupos armados ocupando sedes de fuerzas de seguridad, ni toma de rehenes, ni presencia de agentes extranjeros. En el este de Ucrania en cada caso resulta ser un grupo de 30 sujetos uniformados y armados que asaltan sedes de la policía o del servicio de seguridad, abren sus arsenales y reparten las armas a gente de origen incierto. Luego el grupo desaparece para reaparecer con el mismo guion en otro lugar, asegurándose de ese modo el surgimiento de desórdenes por parte de sujetos armados descontrolados.

Los periodistas que se han acercado a los armados reportan que estos no saben qué hacer después de ocupar edificios administrativos, no tienen ningún plan, solamente hablan de hacer un referéndum el 11 de mayo. El hecho de pretender hacerlo sin esperar las elecciones presidenciales del 25, que técnicamente sería más factible, indica claramente que detrás hay una intención de sabotear las presidenciales. Se vislumbra el plan del Kremlin para entrar de nuevo a proteger a sus “compatriotas”, ya que Ucrania no tiene ni gobierno ni presidente.

Para no equivocarse sobre quiénes están detrás de las protestas antiucranianas hay que recordar que cuando en el poder estaba la “familia” de Yanukovich no había protestas ni en Crimea ni en la cuenca del Donets. Es cuando aparece la posibilidad real de aplicarse la legislación europea, que imposibilitaría el uso de esquemas de enriquecimiento semicriminal, de pronto apareció gente protestando espontáneamente, pero vestida de uniforme y con armas (Putin asegura que todo esto se vende libremente en comercios), sin insignias de identificación pero sí con banderas de repúblicas inexistentes, que alguien mandó fabricar y pagó su distribución por todos los lugares donde aparecían los “hombrecillos verdes”. Y en seguida reciben apoyo por parte de Rusia, que fundamenta sus acciones con informaciones que tienen poco que ver con la situación real en Ucrania o están falsificadas conscientemente.

Lamentablemente, en estos momentos Putin puede contar con el apoyo de su propia población y de rusos en muchas partes, pues les da una sensación de victoria que necesitan urgentemente. Después de la “humillación” de la pérdida de la Guerra Fría, requieren ser nuevamente importantes. No pueden seguir explotando el recuerdo de su victoria en la Segunda Guerra Mundial. Eso ya no basta.

Al igual que Hitler le dio a su pueblo vencido un nuevo camino, Putin le da a los rusos una nueva dignidad. Son el gran Imperio Ruso nuevamente y Putin es el nuevo zar que los hace grandes.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais